Manuel Mujica Láinez fue un escritor póstumo. En su tiempo,
Jorge Luis Borges era quien recogía la atención, y Manucho solía bromear al
respecto:
“¡Cómo se van a ocupar de mí después de muerto!”.
Cuando el 21 de abril de 1984 murió en El Paraíso –mansión cordobesa donde vivió sus
últimos quince años–,
el acontecimiento alimentó la hinchazón frívola de buena parte de los semanarios,
pero pocos destacaron la pérdida de un escritor notable.
Su obra fue nutrida y abarcó diversos ámbitos. Tradujo obras de
Racine,
Marivaux y
Molière. Como biógrafo, se dedicó a
Cané,
Ascasubi y
Estanislao del Campo. Fue secretario del Museo de Arte Decorativo (1937-1946),
candidato a diputado por el partido Demócrata en 1951 y, durante algo más de treinta años,
periodista del diario
La Nación. Como narrador se estrenó en 1938 al publicar
Don Galaz de Buenos Aires
, para luego engendrar una veintena de libros, entre novelas, biografías, ensayos, crónicas y
cuentos, que fueron traducidos a más de quince idiomas.
Por su
origen aristocrático, acrecentado por su estancia juvenil en Francia e Inglaterra
y, posteriormente, por sus constantes “escapadas”,
fue catalogado como un
escritor extranjerizante. Sin embargo,
su empeño por confeccionar una arqueología de la decadencia del señorial porteño lo
convirtió en un agudo cronista de Buenos Aires. Y lo hizo con irónicos destellos propios
de estas tierras.
Radiografió la ciudad con su saga porteña, y confeccionó una implacable mitología de la
urbe. Basta recordar los relatos de Misteriosa Buenos Aires o Aquí vivieron. Cabe pensar
entonces que Manucho, simplemente, decidió cerrar un capítulo con su ciudad para ir más allá,
maquinando con imperial displicencia su válvula de escape hacia otros rumbos de inspiración
profusa.
Sus influencias fueron diversas, pero bien podría pensarse a
Leopoldo Lugones y
Alberto Gerchunoff como las más próximas. Forjó una intensa amistad con Borges,
quien prologó su novela
Los ídolos
y le dedicó un poema de
La moneda de hierro
. Escribió también algunas obras notables, como
La casa y
El escarabajo. Sin embargo fue con
Bomarzo
(1962), su hit novel, que logró reconocimiento y prestigio internacional.
Mamotreto renacentista. Cuando
Bomarzo estuvo lista, la sorpresa fue grande: no sólo por la cantidad de páginas
invertidas, sino por el tema elegido –el Renacimiento italiano– y las
inflexiones premeditadamente ingenuas vertidas sobre la homosexualidad. En rigor,
Bomarzo se estructura como una novela histórica, inspirada en una exhaustiva y lúcida
investigación de una sociedad en transformación, donde la opulencia de las villas se opone a la
mísera condición de la mayoría.
El resultado es un soberbio relato que trasciende la cosmovisión poesía/magia/escepticismo
para proyectarse como la gran crónica del Renacimiento. Y algo similar sucede con su
prosa, la que se presenta con un barroquismo arcaizante pero que de inmediato disfraza en un
movimiento y articula con reminiscencias irónicas e indagaciones psicológicas que la vuelven
compleja e intrigante. De hecho, la intrincada construcción en la escritura fue resuelta por Mújica
Láinez escribiendo con el lenguaje del Siglo de Oro –gesto mayestático de su parte–,
pero desde una perspectiva del siglo XX. Ejemplo de ello son sus incorporaciones de palabras como
“robot” o “psicólogo”, o de personajes como
Hitler.
Sin dudas,
su acierto está en recrear el menoscabo de ese universo violento y refinado, donde
príncipes, bufones, artistas y cortesanos inquietan con su danza extática de imposición
civilizatoria decadente y fascinante. Para ello se vale de un denso tejido literario que
prodiga con acierto y descompone en vivaces secuencias oníricas.
La novela es protagonizada por el giboso duque
Pier Francesco Orsini, a quien el astrólogo familiar le ha presagiado la
inmortalidad. La vida eterna fue retomada por el autor en otros trabajos –
El escarabajo
y
El unicornio
– y resultó una de sus obsesiones: “
Estoy absolutamente seguro de que voy a vivir otra vida, cosa que representa, sin lugar a
dudas, un alivio ante la pavorosa idea de la muerte”, afirmó en cierta ocasión.
Excéntrico y atormentado, Orsini canaliza sus bondades y frustraciones, vanidades
y miserias en una composición manierista cerca de su propio castillo, conocido como el jardín de
los monstruos, un espacio lúdico y colosal ornado por figuras fantásticas rebosantes de símbolos
eróticos y espantosos.
Con
Bomarzo Mujica Láinez obtuvo el
Premio Nacional de Literatura y compartió con
Rayuela
el premio Kennedy de 1964. Además, fue distinguido por el gobierno italiano por la difusión
de su patrimonio cultural –de hecho
Bomarzo, un recóndito lugar cerca de Viterbo, ni siquiera figuraba en los mapas turísticos
italianos. Merecidos reconocimientos para un escritor esencial de la literatura argentina; un
narrador de vigoroso talento que fluctuaba entre lo sublime y la resignación mundana.
Un esteta al rescate de la belleza de las palabras, franco compositor musical de la
gramática.