Santa Cruz avanzó hasta 2001.No es un error. Finalmente, aquí, en Río Gallegos, debajo de un cielo
de postal y entre nubes que van más allá de la velocidad permitida, pude entender aquella frase de
Marc Chagall que me persiguió durante años: “Aun cuando retrocedo, avanzo”. Una
peculiar máquina del tiempo –seguramente impulsada por el viento pertinaz de este
sitio– llevó a la provincia a la primavera de 2001. En esta ciudad, muchos, miles, han
perdido el miedo. El Gobierno perdió la calle, y, con ella, la iniciativa; basta que alguien en un
semáforo, incluso por error, toque la bocina para que el resto de los automóviles se sume al coro.
Si otro cruza la vereda con una cacerola, a ésa se le sumarán al poco rato diez o veinte más, y lo
mirarán preguntando dónde es el escrache. Santa Cruz lleva nueve semanas en estado de ebullición:
el Lear Jet de la provincia viajó el viernes dos veces a Buenos Aires llevando funcionarios. La
excusa fue usar el avión con fines sanitarios, pero ninguna ambulancia se acercó jamás a la pista,
y gran parte del gabinete local pudo salir de Río Gallegos antes del cacerolazo de las 22. Otros,
los de segunda o tercera línea, decidieron refugiarse en el Casino. Cientos de personas con
cacerolas recorrieron la noche del viernes buscando políticos en los restaurantes de lujo. El
concejal Juan Carlos “Karateka” Gómez fue echado de la confitería Mónaco; Rudy Ulloa,
el ex chofer de Kirchner devenido en uno de los símbolos del poder local, salió con el rostro
empalidecido del bar del Hotel Comercio y le ordenó a uno de los caceroleros:
—¡Dale, hacelos circular!
A mediados de la semana, el ministro de Economía, Juan Bontempo, tuvo que cambiar el sitio
donde comer con las “mujeres emprendedoras” que acababa de premiar: iba a ser El
Horreo, en pleno centro, y finalmente fueron al bar Británico, que no tiene ventanas y se ubica en
una calle lateral.
Al salir de la Legislatura en la noche del jueves, el ginecólogo Juan Carlos Figueroa,
diputado por el pueblo, cometió un acto de sincericidio:
—¡Compañeros, perdimos! –le dijo a la multitud que se agolpaba contra las vallas
de la Cámara. Y recibió una lluvia de huevazos.
La vocación de Figueroa por las frases célebres comenzó con el escrache al chalet del
Presidente cuando advirtió a la gente que “no hay que pisarle el pasto a Kirchner” y
presentó luego en su banca un proyecto para dotar de un estatus especial al jardín del Presidente,
proyecto de ley que extendió su área y lo puso bajo la custodia de la Gendarmería.
De hecho, ahora, unos veinte gendarmes custodian la casa vacía del Presidente, que ya mudó
sus objetos más queridos a la nueva mansión de El Calafate.
—Antes, el Lupo andaba siempre por acá. Mirá, se sentaba ahí. Siempre en la misma mesa.
Pero ahora ya hace mucho tiempo que no puede ni pisar –dicen los vecinos de esta ciudad en la
que todos se conocen, nadie sabe el nombre de las calles y todo parece haberse dividido en dos
bandos irreconciliables.
El personal de la Casa de Gobierno lleva varios días de asueto y casi no hay datos oficiales.
El supuesto gobernador Carlos Sancho (ex vice de Acevedo que asumió como tal luego del golpe de
Estado provincial provocado por las diferencias entre Acevedo y K por la repatriación de los fondos
y el conflicto de Las Heras) pasó los últimos días pescando en La Buitrera y parte del gabinete se
reúne por la noche en extramuros: el último encuentro fue en el barrio El Carmen, en la sede de la
radio del mismo Rudy Ulloa.
Fue justamente el ex chofer de K ahora dueño de un multimedios quien, sin querer, dejó en
evidencia la falta de gobierno: su diario gratuito, El Periódico, publicó el miércoles un aviso que
fue la comidilla de la ciudad.
“Oportunidad”, decía el recuadro. “Por ausentarme de la ciudad vendo a la
primera oferta razonable casa céntrica sobre calle Alcorta. Buen estado, poco uso. Tratar en la
calle Alberdi 43. Telefax 02966-439555/428625.” La “casa de calle Alcorta” es la
Casa de Gobierno provincial; y la dirección de Alberdi 43 remite a la Inmobiliaria Sancho,
Sanfelice y Asociados, donde también trabaja Máximo K, el hijo presidencial, que administra las
rentas de las propiedades familiares.
Rudy no pudo aún averiguar quién fue el infiltrado que publicó el aviso y tuvo que resignar
su deseo de levantar toda la tirada: cuando lo leyó, ya era tarde. La cabeza de Ulloa, de todos
modos, también está un poco en Buenos Aires: dos fuentes distintas confirmaron a PERFIL que Ulloa
sería el nuevo propietario de Página /12, del que Clarín se habría desprendido. El desembarco de
Rudy coincide con el retorno de Fernando Sokolowicz en el matutino.
Pero, y entonces, ¿quién gobierna Santa Cruz?
A media voz, diversas fuentes señalaron a PERFIL al titular de Yacimientos Carboníferos de
Río Turbio, Daniel Peralta, quien ya viajó a Buenos Aires al menos en dos oportunidades en plena
crisis para recibir línea presidencial.
¿Quién gobierna Santa Cruz?, fue la pregunta simple que sacó de sus casillas al diputado K
Carlos Marsicano, de Puerto Deseado, durante la transmisión del programa Lanata PM desde el salón
de actos del Obispado local.
—Usted, como periodista, debe saber quién es el gobernador de la provincia…
–dijo Marsicano.
—Sinceramente, no. ¿Quién gobierna la provincia?
—¿Sabe qué pasa, Jorge? Uno al país lo tiene que recorrer y dedicarle más tiempo…
—Mire, yo estoy acá rodeado de gente de Santa Cruz (más de setecientas personas
presenciaban la emisión en vivo). Y de todos modos, tengo algo de idea sobre lo que está pasando;
si quiere le puedo contar dónde pesca Sancho o cuándo viaja Peralta… pero lo que le pregunto
es muy concreto: ¿quién gobierna la provincia?
—(Marsicano hace un largo y tenso silencio) Usted me dice dónde pesca Sancho y ésas son
las cuestiones que hacen que no se pueda entender… la gente, yo les dije el otro día a los
maestros en Puerto Deseado, que éstas no son las cuestiones que hacen que el país sea mejor, que
construyamos un puente más allá de las diferencias que podamos tener…
—Mariscano, perdón, pero me sigue sin dar un nombre. Es lo único que le pido. ¿Quién
gobierna la provincia?
—Y… escúcheme… cuando se fue el gobernador Acevedo (largo abucheo y
silbidos del público presente) asumió Carlos Sancho, que era el vicegobernador, esa cuestión la
sabe cualquiera….
—¿Usted está seguro de que Sancho está manejando todo?
—¿Cómo dice?
—Le pregunto si está seguro de eso.
—(Silencio) Y bueno, pero entonces… (silbidos) Usted está haciendo una cuestión
contra el gobierno de Kirchner. Yo le pido entonces que usted lance un partido político acá en
Santa Cruz.
A las cuatro y media de la tarde de ayer, sábado, el congreso provincial de Adosac, el gremio
docente, votó un paro de 96 horas a partir del lunes. Mañana, precisamente, el titular del gremio
se reunirá en Buenos Aires con Daniel Filmus, ministro de Educación y candidato a jefe de Gobierno
porteño.
Santa Cruz será, entonces, la única provincia del país que tratará el conflicto docente a
nivel nacional, ya que el resto –incluso Neuquén, donde un docente fue fusilado– debió
conciliarlo en casa. Pero la pérdida del miedo y la protesta en la calle van mucho más allá de las
aulas.
LA PATOTA DEL POLO GRIS. —Acá no hay Falcon verde, hay Polo gris, los coches
de la Brigada de Investigaciones –dice una fuente de la Justicia local a PERFIL.
“Viene la patota?”, preguntan los mensajes de texto en las marchas.
Las historias sobre grupos de choque no son nuevas ni locales. En Las Heras, varias personas
fueron detenidas y encapuchadas, y otras atadas al paragolpes del auto que las transportaba. El
comisario Horacio “Mono” Herrera fue imputado por alguno de estos hechos y luego,
claro, sobreseído. El resto de las denuncias duerme el sueño de la injusticia en el Juzgado de Pico
Truncado. Los grupos se forman otras veces con obreros de la empresa Austral Construcciones, de
Lázaro Báez (un nuevísimo millonario que muchos vinculan con el Presidente) gracias al aporte de un
sándwich y una cerveza. El vértigo de la protesta también atrajo a algunos desconocidos en este
lugar donde, como se dijo, todos se conocen:
—¿Y esos? –se preguntó un periodista el jueves frente a la Legislatura mientras
observaba a cuatro extraños de campera, pasamontañas y mochilita.
—No son de nadie –le confesó, cómplice, un policía.
El hombre siguió preguntando y, al rato, el jefe de Seguridad de la Cámara asumió la
paternidad:
—Son nuestros.
Los cuatro extraños rodeaban dos camionetas viejas de la Policía, con el tanque lleno pero
sin motor. Desaparecieron tan rápido como llegaron al descubrir que su presencia había sido
advertida. Un escalofrío recorrió la espalda de los curiosos: ¿y si las estaban por incendiar? ¿Qué
hacían ahí dos camionetas sin motor cortando una esquina?
A las 9.30 de la mañana del sábado, José Walter Mansilla, de la empresa de vigilancia
Fortaleza, robó un camión del hipermercado Tehuelche y cruzó varias cuadras a contramano chocando a
unos diez automóviles estacionados durante su trayecto. Cuando llegó a la esquina de 25 de Mayo y
Maipú intentó impactar contra la residencia del Presidente, pero volcó antes de hacerlo. La
historia del “loco que se estrelló en la casa del Lupo” fue ignorada por los medios
oficiales, pero ganó en minutos los corrillos de Gallegos.
¡SUELTAME, PASADO! “¿Quiénes se creen que son? ¡Hay que correr a los
caceroleros! ¡Vamos a ir a la casa de cada uno!”, decía en 2002, exaltado, el entonces
gobernador Kirchner, en el Comando del Frente para la Victoria. En el país sucedía entonces la
caída de la Alianza y el tres veces gobernador local había decidido recortar las asignaciones
familiares en los salarios superiores a $ 1.500: se anuló el pago por cónyuge y por hijo en edad
escolar, y el resto de las bonificaciones se redujo en un sesenta por ciento, quedando sólo la
correspondiente a los discapacitados. En enero, la gente comenzó a salir a protestar a la calle con
sus cacerolas. Santa Cruz tenía entonces sus quinientos millones de dólares en el exterior, de modo
que era difícil explicar la falta de recursos.
“¿Cómo puede ser que los compañeros se queden callados y permitan ese tipo de cosas?
(insistió el gobernador en el acto de referencia). Hay que salir a defenderse, no podemos permitir
que nos agredan más, ni la Municipalidad ni ninguna estructura que corresponda a nosotros. ¡Somos
muchos! ¡Salgamos a la calle y se terminó!”
El discurso K, emitido entonces por FM Abril, hoy forma parte de las reliquias del verdadero
K que atesora el periodista Héctor Barabino.
“Volvamos a tener la dignidad y el orgullo de ser militantes del Frente para la
Victoria (siguió K). ¿Cómo puede ser que vengan estos cien con las cacerolas? ¡Vamos a correrlos!
¿Qué se creen que somos nosotros? Si ellos son cien, nosotros seremos dos mil, o tres mil!”
El progresista y participativo discurso del gobernador no cayó en saco roto: a los pocos
días, el 26 de abril, un centenar de funcionarios que salió con palos y cadenas de la radio de Rudy
Ulloa abolló las cacerolas y a sus portadores provocando unos ocho heridos graves, mujeres entre
ellos. A menos de doscientos metros de la batalla, en un complejo cultural local donde se
desarrollaba la Feria del Libro, Kirchner y Miguel Bonasso se mantuvieron ajenos a los incidentes.
Ulloa aseguró que sus cien amigos se encontraban allí, en la radio, comiendo un asado. En el lugar
no hay ningún quincho.
El lunes 23, el Presidente tuvo melancolía de aquella batalla contra los cacerolazos y
decidió desalojar la recién instalada Carpa Blanca docente. Esa noche, el obispo de Santa Cruz,
Juan Carlos Romanín, enterado de las intenciones oficiales, reunió a los docentes con el comandante
mayor de la Gendarmería, Enrique Ayala. A las once de la noche llegaron al Obispado Pedro Muñoz,
titular de Adosac; Daniel Escobar, de Adosac- Puerto Deseado; Javier Pérez Gallart, abogado del
mismo gremio, y el gendarme Ayala. Allí, el uniformado dijo que debían desalojar, que la decisión
estaba tomada y que les quedaban cinco minutos.
—No tengo opción. Es una orden de arriba –insistió el comandante Ayala.
Romanín le preguntó desde “qué tan arriba”.
—Del jefe de la Gendarmería Nacional –dijo Ayala.
—Entonces, llámelo –terció el obispo Romanín.
A los pocos minutos, el comandante general Héctor Berbane Schenone respondía el llamado.
Romanín volvió a preguntar el motivo de la orden de desalojo.
—Es una orden de arriba –se justificó Schenone.
El obispo intentó, en vano, explicarle lo riesgoso de echar a la gente ya instalada, pero la
respuesta era invariable. Pérez Gallart tomó el teléfono y le preguntó al jefe de la Gendarmería
cuál era el delito que se les imputaba.
—Y si no hay delito –le dijo el abogado–, no entiendo por qué van a
intervenir ustedes. En el peor de los casos, cortar la calle es una contravención municipal.
Schenone no se movía un centímetro de su discurso,
—Es una orden de arriba.
—¿De quién? ¿De un juez? ¿De qué juez?
—No. Es una orden de Aníbal Fernández.
Ayala retomó la conversación con su jefe y repitió el mensaje:
—Me acaba de decir que desaloje en dos horas.
Era la una de la mañana del martes. Pérez Gallart hizo entonces un último intento: le pidió
ayuda al juez federal Daniel Camaño, al que encontró en el bar Británico. El juez convocó al jefe
policial Wilfredo Roque y al comandante Ayala.
Para esa altura, los gendarmes ya iban desplegando frente a la Carpa Blanca de los maestros
enormes mangueras antidisturbios. Y los docentes se preparaban para lo peor. Eran las tres y cuarto
de la madrugada.
Finalmente, un nuevo llamado a Buenos Aires cruzó al juez con el ministro del Interior. Media
hora antes de que el plazo se venciera, los gendarmes enrollaron las mangueras y volvieron a sus
cuarteles.
EN SUSPENSO. El silencio pesa, como pesa el grito. El silencio parece melaza en el
aire.
Aprendí eso en 1990, cuando vi a treinta mil personas marchando en silencio en San Fernando
del Valle de Catamarca, una ciudad de 140.000 habitantes. Silencio y la respiración nerviosa de las
velas. Aquel sitio nunca volvió a ser igual. Resulta ocioso discutir ahora cuánto y cómo cambió. No
volvió a ser el mismo: es lo que pasa cuando la gente se sacude el miedo.
Aquí, en Río Gallegos, unos cuantos miles de personas se hartaron de ver a funcionarios que
se enriquecen con la rapidez del tren bala.
Se cansaron de asentir, silenciosos y obedientes, y se cansaron también de los avisos que en
la televisión local informan que todo está más que bien y que los maestros viven en Disneylandia.
La gente camina más rápido que de costumbre, y están alegremente nerviosos, como si se
hubieran enamorado.
Nadie pudo saber cuánto va a durar, ni cómo va a terminar la clase que nos dan los maestros
de Santa Cruz.
Sólo se puede estar seguro de una cosa: de lo mismo que todos aquí respiran y que ni el
viento del Sur puede alejar. Esto es el comienzo de algo.
*Desde Río Gallegos.
INVESTIGACION: J L / LUCIANA GEUNA / ANDRES FIDANZA (en Río Gallegos) ROMINA MANGUEL (en
Buenos Aires)
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