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Cultura

A 150 años de "Madame Bovary"

La heroína confundida

Un siglo y medio atrás se publicaba una de las novelas más relevantes de la historia de la literatura universal, fundamental en la gestación de la obra de autores del siglo siguiente como Marcel Proust o William Faulkner. Señalado como uno de los fundadores del realismo del XIX, Gustave Flaubert debió enfrentar un juicio por el que fue su libro más célebre, acusado de “dañino” para los lectores, “en especial, en manos de mujeres casadas”.




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Por Sonia Budassi | 02.05.2007

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Emma no puede controlar el flujo de sus sentimientos ni lo que provoca | Foto: Cedoc

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Efectos inesperados, la literatura aporta, desde los griegos hasta hoy, términos y categorías a otras disciplinas. Filosofía, sociología o neurolingüística se nutren de personajes que actúan como verdaderas ideas-fuerza para otros fines. En cualquier manual de psiquiatría podemos encontrar, por ejemplo, una definición parecida a ésta: “ El bovarismo deriva de la famosa novela de Gustave Flaubert. En términos psicopatológicos, consiste en una alteración del sentido de la realidad, de raíz esquizoide, por la que una persona se considera otra de la que realmente es. Introdujo el término el psicólogo Jules de Gaultier, antes del advenimiento de Freud y del psicoanálisis”. El escritor francés Daniel Pennac incluye en su decálogo de lectura (Como una novela) el “ derecho al bovarismo”; algo así como un permiso para evadirse en cualquier frívola aventura que proponga un libro de aquellos con tapas chillonas, títulos en gruesas letras multicolor, corazones enormes, señores y princesas a caballo que algunos compran a escondidas por prejuicio intelectual.

A 150 años de la publicación de una de las obras más relevantes del siglo XIX, el nombre de su protagonista sigue resonando como un jingle en versión alta cultura. O no tanto: en una película argentina reciente, el protagonista descubre la infidelidad de su pareja y le dice: “¡Madame Bovary era una heroína porque se atrevía a engañar a su esposo en una sociedad en la que las mujeres eran reprimidas! Pero hoy todas las mujeres engañan a los esposos... así que ¡no sos una heroína!, ¡sos una pelotuda más!”. Más allá de la aparente banalidad, en la impronta flaubertiana se esconde la oportunidad de captar el espíritu de la obra o de revisar ciertos lugares comunes que, por efecto de repetición y simplificación, subsisten sobre una de las novelas más valoradas de todos los tiempos.

Keep it simple. “ La pregunta es por qué, a pesar de la obvia heterogeneidad del proyecto modernista, un cierto abordaje universalizador de lo moderno ha dominado durante mucho tiempo la crítica de arte y la crítica literaria”, afirma el crítico alemán Andreas Huyssen en Más allá de la gran división (Adriana Hidalgo). El planteo es ambicioso, pero útil para revisar los equívocos –siempre necesarios para la mistificación– que rodean a Madame Bovary como obra fundadora del realismo. Si novelas previas como las de Stendhal o Balzac tienen una estudiada intención mimética –cuyos párrafos, por momentos, hoy se leen más como inventarios que como ficción–, la posterior aparición de Madame... propone un cambio de foco en el modo de concebir la relación entre literatura y realidad.

Lo que sedujo a Marcel Proust, por ejemplo, fue más la capacidad de Flaubert de gestar un mundo paralelo –aunque problable y verosímil– asentado en la capacidad creadora del lenguaje, que el trabajo de campo sobre diversos universos sociales –labor a la que, desde luego, Flaubert se entregaba con pasión. Se ha dicho bastante sobre el estilo indirecto libre que –a diferencia de sus contemporáneos– trabajó Flaubert. “ Seremos de hielo al contar las pasiones y aventuras en las que la mayoría de la gente pone ardor; seremos, como se dice ahora, objetivos e impersonales”, escribe Charles Baudelaire en un comentario a la obra. Es aquella distancia y la sensible observación las que alejan a Flaubert de sus predecesores; en especial de Balzac, quien no puede evitar hacer comentarios económicos, políticos o éticos acerca de sus personajes y de los acontecimientos narrados.

Seamos vulgares. Por primera vez, el objeto de una obra literaria podía girar alrededor de personajes “ comunes y corrientes”, y ser tratado con gravedad sin necesidad de recurrir a la comedia o el grotesco. En su desprecio por la burguesía, Flaubert pudo reflejar las contradicciones de su época –algo que sedujo a críticos marxistas como Lucaks– y crear un mundo cuya densidad –acciones, escenarios y diálogos concebidos al detalle para construir un todo complejo y dinámico– todavía atrapa al lector contemporáneo. “ Seamos vulgares en la elección del asunto”, escribe Baudelaire. Pero la fuerza pregnante de la novela reside en que Emma Bovary no termina de ser burguesa, ni libertina, ni atormentada. Todo lo existente parece convivir en su interior. Su estado más estable es el de la confusión.

Flaubert plantea, en una progresiva construcción de escenas perfectas, la degradación de una vida inmanejable. Entre la rebeldía y la ingenuidad, Emma no puede controlar el flujo de sus sentimientos ni lo que provoca; ni ver la tan citada diferencia entre los amores folletinescos y los reales. La insatisfacción es el velo permanente de la novia, de la amante, de la esposa: “Nada, por lo demás, era merecedor del más liviano esfuerzo: todo mentía. Bajo la sonrisa se oculta el bostezo, el hastío bajo el placer, y los más sabrosos besos sólo dejan en la boca el irrealizable anhelo de una voluptuosidad más alta”.

A su alrededor, un coro de personajes se debaten en planteos “de fondo” y exponen con naturalidad los avatares sociales y morales de la convulsionada Francia de la época. Uno de los momentos más intensos, por la deliberada composición de claroscuros, sucede en los capítulos finales, cuando cura y farmacéutico velan a la protagonista mientras discuten el dogma católico y el liberal.

Todos somos Madame Bovary. ¿Flaubert habrá intuido la coincidencia futura? Cuando a Emma se le cae un libro del bolsillo, el farmacéutico Homais lo toma “ contemplándolo, exhorbitados los ojos y boquiabierto. ‘El amor... conyugal... –dijo separando lentamente las dos palabras –. ‘¡Muy bien! ¡Muy bien! ¡Preciosísimo! ¡Y con ilustraciones...! ¡Esto ya es demasiado! ¿No se te ha ocurrido pensar que podría caer en manos de mis hijos, prender en sus cerebros, manchar la pureza de Atalía?’”. Algo así dijo el fiscal –que meses más tarde ganaría el juicio contra Las flores del mal de Baudelaire– que cuestionó severamente los “ detalles lascivos” de la novela y temió las consecuencias que la lectura del libro podía generar “ en muchachas y en mujeres casadas”.

La efectiva defensa del abogado de Flaubert puso en cuestión un elemento que luego tomaría buena parte de la teoría literaria. En su extenso discurso, dice que debe separarse al narrador del autor y afirma: “ Flaubert es un hombre serio”. Y explica que el escritor quiso “ tomar temas de estudio de la vida real; crear tipos verdaderos de clase media, y llegar a un resultado útil”. Desde luego que la noción de utilidad sólo es eficaz en términos jurídicos. Pero si es atinada –y hasta obvia en nuestros días– la división autor-narrador, ¿por qué esa confesión, entre pretensiosa y desesperada de Flaubert al decir “ Madame Bovary soy yo”?

Los críticos no pueden resistirse a buscar respuestas en su biografía para llegar a la razonable conclusión de que él conocía, pero consumía desde otro lugar, los libros que lee Emma. La frase, provocadora, es digna de ser envidiada por los operadores actuales de marketing cultural. Pero si el realismo flaubertiano no tiene relación con lo “objetivo”, sino con la ficción misma, no debe entenderse la frase en sentido lineal. En la correspondencia de Flaubert hay pistas; cierta conciencia de la importancia que tendrá Madame Bovary para la literatura, y una obsesión más cercana a la mística que a la noción de “profesionalismo” por encontrar el estilo adecuado. En una carta de 1857, como en tantas otras, deja firmes impresiones de una estética imposible de reducir: “ Mientras más bella es una idea, más sonora es la frase. Créame: la precisión del pensamiento determina –y es ella misma– la de la palabra”.  
 

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