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Ensayo

Los asesinos no nacen: se hacen

Miles de alumnos de la Universidad de Virginia les rindieron tributo a sus 32 compañeros ultimados a balazos por el estudiante coreano Cho Seung-Hui, de 23 años, quien luego se suicidó. En esta aguda reflexión, la autora critica a un periodista de The Washington Post por minimizar el hecho diciendo que el asesino estaba loco, y revisa de quién es la responsabilidad de estos crímenes, en los Estados Unidos y también aquí.

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Por Mori Ponsowy * | 03.05.2007

"Nuestros hijos están creciendo en medio de la violencia, y nosotros sólo los dejamos...". | Foto: Cedoc

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"Cho Seung-Hui estaba simplemente loco”, escribió Richard Cohen, un conocido columnista de The Washington Post , cuyo artículo se reprodujo en La Nación. Aunque la mayor parte de los medios y comentaristas se pliegan a esa opinión, ese “simplemente” me preocupa. La locura no es “simple”, y quien lo diga peca de ligereza. Tildar a cualquiera de “loco” es arrebatarle las cualidades que lo hacen humano. Los locos no son responsables de sus actos. Son inocentes, como niños o, peor, como ese oso hormiguero que mató a su cuidadora en el zoológico de Florencio Varela.

¿Qué motivos hay detrás de la rapidez con que ciertos medios acceden a tildar de loco a Cho? Por un lado, está nuestra necesidad de comprender. Cuando ocurre una desgracia como la que ocurrió la semana pasada en la Universidad Tecnológica de Virginia, pareciera que sólo si logramos explicar, de alguna manera, la conducta del asesino podemos quedar en paz para si no olvidar, al menos seguir adelante con nuestras vidas.

En efecto, la rapidez con que en esta ocasión –y sobre todo en los medios de comunicación estadounidenses– se trazó el diagnóstico de Cho es más que elocuente. A menos de veinticuatro horas de la masacre, los medios intentaban dar alguna explicación: primero se dijo que Cho podía haber actuado bajo el efecto adverso de antidepresivos; luego vinieron los testimonios de profesores y compañeros que decían que su comportamiento no era normal. Dos días después llegó a la cadena televisiva NBC el paquete con fotos y videos que Cho envió por correo antes de matarse. Y ahí siguieron los diagnósticos, paseándose desde la ansiedad y la fobia social hasta la paranoia, la esquizofrenia y la psicosis.

Sin embargo, la conducta humana rara vez es simple. Las causas suelen ser múltiples y complejas, se entrecruzan y superponen como las notas de una melodía o los hilos de un tapiz, y hacemos mal al intentar explicar en veinte o cincuenta líneas hechos como el que ocurrió en Virginia. Estoy convencida de que no es sólo nuestra necesitad de comprender lo que nos lleva a formar fila como soldaditos detrás de la etiqueta de la locura. Creo que hay algo más. Algo que tiene que ver con nuestra propia conciencia, con nuestra tranquilidad moral.

Si Cho estaba loco, ¿quién tiene la culpa? Catalogar a Cho Seung-Hui simplemente de loco, como lo hizo Richard Cohen, no sólo exime a Cho de toda culpa sino que también lo exime a él como periodista, exime a la sociedad norteamericana y nos exime a nosotros, los demás. Decir que Cho estaba loco es la manera más fácil de salvarnos, de separarnos de ese acto horrendo que él y sólo él cometió. Catalogar a alguien de “loco” lo coloca en un lugar separado del resto de los seres humanos, lejos de los que no estamos locos. Catalogar a alguien de “loco” divide el mundo de manera categórica en un él y un nosotros, olvidando que la salud mental y la locura no son sino parte de un continuo y que, en mayor o menor medida, todos tenemos rasgos paranoicos, neuróticos o fóbicos.

Catalogar a alguien de “loco” es deshumanizarlo por completo, privarlo de responsabilidad. Catalogar a un asesino de “loco” significa perdonarlo y castigarlo, simultáneamente. Perdonarlo, porque si estaba loco no fue su voluntad sino su pasión o su locura lo que lo llevó a actuar de manera contraria a las leyes y la ética; castigarlo, porque lo expulsamos del mundo moral, para sepultarlo sin remedio en el mundo amoral de los enfermos y discapacitados. Un mundo al que no pertenecemos los otros, los que estamos sanos. Al decir que Cho Seung-Hui estaba “simplemente loco”, Cohen se lava las manos y deja, al mismo tiempo, limpísimas las de todos los demás. Incluidos Bush y sus secuaces.

Pareciera que ésa es la tendencia del pensamiento contemporáneo: eximir de responsabilidad al hombre individual. No pasa una semana sin que los diarios publiquen alguna noticia relacionada con descubrimientos genéticos o neurológicos: “ Científicos británicos descubren el gen de la depresión ”, “ El altruismo está en el cerebro ”, “ Hallaron genes que explican la impulsividad ”. Los titulares parecieran indicar que el origen de nuestra conducta está en nuestra biología. Este escenario no deja lugar para la libre toma de decisiones ni para la acción responsable y nos convierte en autómatas sometidos a un destino. Pero si nadie es responsable de sus actos, tampoco podríamos culpar a genocidas como Miloševic o Videla, pues sus acciones serían consecuencia de un cóctel nefasto de genes autoritarios y violentos. Consecuencia, en suma, de su locura.

No exagero. Escribe Richard Cohen –que tiene fama de ser un periodista de izquierda– en el artículo citado: “ Los terroristas del 11 de septiembre de 2001 estaban locos. Cada uno de ellos. Osama bin Laden está loco(...) Hitler probablemente siempre estuvo loco (...) Pol Pot estaba loco y Stalin estaba loco, y también Idi Amin ”.

Qué manera, la de Cohen, de poner a todos estos asesinos en la misma bolsa, junto a Cho, cuando la verdad es precisamente la contraria: Hitler NO estaba loco, ni tampoco lo está Osama bin Laden. ¿Ignora Cohen la cantidad de psiquiatras que evaluaron la salud mental de Eichmann durante su juicio en Nuremberg? ¿Ignora que Franz Stangl, el comandante de Treblinka, el mayor campo de exterminio nazi, tampoco estaba loco, y que en 1971 admitió que actuó con total libertad y que, si hubiera querido, habría podido evitar hacer lo que hizo? No sé si Cho estaba loco, pero sí sabemos que premeditó su crimen. Que lo planeó detalladamente. Que no actuó en un rapto de locura.

Cohen también afirma que los norteamericanos “ enloquecimos tras del 11-S de 2001”. No me extraña: la locura es un buen escudo. Para Cohen es el mundo el que se ha vuelto loco y, al decirlo, exculpa a todos por igual. Como si no hubiera una diferencia incalculable entre la matanza sistemática de millones de personas perpetrada por un Estado y el asesinato de 32 estudiantes. Como si no hubiera una diferencia enorme entre el derrumbe de las Torres Gemelas, ideado por un terrorista, y la guerra en Irak –que ya lleva tantos muertos como los de las Torres– ideada por un presidente, por un Estado, por un país.

Naturaleza y crianza: no es lo mismo chicha que limonada. ¿Cho estaba realmente loco? ¿Actuó bajo el influjo de voces extrañas o de alucinaciones? ¿Lo hizo en un rapto de pasión? ¿Sufría de algún desbalance químico en el cerebro? Pasarán los años y nunca lo sabremos con seguridad. Pero de lo que sí podemos estar seguros es de que la salud mental y la locura no son de ninguna manera cosas simples. Ambas dependenno sólo de los genes con que llegamos al mundo sino también de las experiencias que vivimos, del entorno en que nacemos, de la sociedad que nos cobija o nos repele.

Nature and nurture, dicen una y otra vez biólogos, neurólogos y psiquiatras: naturaleza y crianza. ¿Qué significa eso? Que no es lo mismo nacer con el gen de la obesidad en Myanmar o Afganistán, que en Canadá o Estados Unidos. Que no es lo mismo nacer con el gen de la violencia en el seno de una familia de padres amorosos, que llegar al mundo como el hijo de una pareja de drogadictos. Nacemos con ojos verdes, negros o azules pero no nacemos obesos o violentos. Los genes que “causan” el color de los ojos no operan de la misma manera que los genes que “causan” la depresión. En casi todo lo relativo a la personalidad y la conducta, los genes apenas marcan una “tendencia”. Se trata de genes que necesitan condiciones propicias para “ despertarse”. Es así como sólo un 50% de las personas que poseen el gen de la depresión terminan siendo depresivas. ¿Qué pasa con el otro 50%? Tuvieron padres afectuosos y tolerantes; vivieron en un ambiente familiar pacífico; no pasaron por una guerra.

La criminalidad violenta en Estados Unidos es diez veces más alta que entre la de los europeos. Según la National Education Association de EE.UU., en el último año murieron 19 niños a raíz de muertes violentas con armas de fuego en Gran Bretaña, 57 en Alemania, 153 en Canadá y 5.285 en Estados Unidos. En Japón, la cifra en este rubro es cero. ¿ Cho habría hecho lo mismo si nunca hubiera emigrado de Corea? ¿Si viviera en un país pacifista y no bajo la égida de Bush? ¿Si nuestra época exaltara la razón y no la desmesura? ¿La bondad y no el poder?

Por lo visto, Richard Cohen no se formuló estas preguntas. Quizá sea más fácil creer en la locura de todos esos personajes que admitir que el mal, verdaderamente, existe sobre la tierra y ronda entre nosotros.

El caso argentino y el control de armas. En septiembre de 2004, en Argentina tuvimos una tragedia similar en la Escuela “Islas Malvinas” de Carmen de Patagones, provincia de Buenos Aires. Un chico de quince años, estudiante de primer año de Polimodal, entró al aula, se paró frente a la pizarra y, al darse vuelta, disparó a quemarropa con una 9 milímetros sobre sus compañeros hasta agotar el cargador. Mató a tres adolescentes e hirió a cinco. Había conseguido el arma sacándola del lugar donde la guardaba su padre, que trabajaba en la Prefectura.

El caso de la Universidad de Virginia y el de la Escuela “Islas Malvinas” provocaron reacciones parecidas. En ambos países se reavivó el debate sobre el control de armas. De hecho, Virginia es uno de los estados de la Unión en los que es más fácil comprar armas de fuego. Sólo hace falta tener una licencia de conducir expedida recientemente y llenar un formulario donde el solicitante declara no padecer ninguna enfermedad mental. También las armas son comunes entre la población de Carmen de Patagones. Según dicen sus habitantes, las distancias son largas y la gente necesita andar armada para cazar o defenderse.

Alejandro Slokar, secretario de Política Criminal de la Nación, dijo hace unos días que en nuestro país muere una persona por herida de arma de fuego cada tres horas. Es la segunda causa de muerte violenta después de los accidentes de tránsito. Slokar estima que existen más de dos millones y medio de armas de fuego en la Argentina. La cifra en Estados Unidos es de noventa millones versus catorce millones de europeos, sobre una cantidad equivalente de habitantes.

Cifras como éstas hicieron que se dijera que las tragedias de Virginia y de Carmen de Patagones no habrían ocurrido de existir un control de armas más estricto. Puede ser. Sin embargo, y a pesar de que el control de armas me parece indispensable (¡ el 60% de las armas del mundo está en manos de civiles!), decir que lo sucedido en Virginia se debe a la proliferación de armas es, de nuevo, una simplificación similar a atribuirlo a la locura. Armas y locura son una parte de la explicación, pero no toda.

El efecto mariposa y la responsabilidad de todos. Los monstruos de nuestro tiempo, los más grandes asesinos en masa, no nacen, sino que se hacen. Hitler no estaba loco. Tampoco lo está Osama bin Laden. Antes que trazar el perfil psicológico de Cho Seung-Hui, mejor haríamos en examinar nuestra sociedad. ¿Qué valores les transmitimos a nuestros hijos? ¿Qué juegos les dejamos usar en sus Play-stations? ¿Qué películas les dejamos ver? ¿Cuánto tiempo dedicamos a escucharlos? Más aún: ¿qué películas vemos nosotros? ¿Qué canales de televisión elegimos? ¿Qué responsabilidad –como padres, como ciudadanos y, es especial, como periodistas– tenemos en todo esto?

A veces, es más cómodo mirar para otro lado que intervenir. Nuestros hijos están creciendo en medio de la violencia. Violencia en los noticieros, en el cine, en los juegos que eligen jugar en los Sacoa, en sus consolas de video y sus computadoras. Y nosotros no hacemos más que dejarlos. Visualmente, para los niños, no hay diferencia entre las imágenes del 11-S que la televisión transmitió hasta la saciedad y las imágenes que ven en sus películas preferidas.

¿Es éticamente correcto que los medios audiovisuales transmitan las imágenes que transmiten del modo en que lo hacen? ¿El buen periodismo consiste en mostrar el horror y multiplicarlo? Las imágenes de la matanza de Virginia tuvieron el mismo peso que el comercial de yogur light que vino después o que el comercial de detergente que afirma que ensuciarse es bueno: todo es lo mismo porque, en el fondo, se trata de entretener. Las peores desgracias se degradan y pierden su especificidad al convertirse en treinta segundos de entretenimiento más.

Es probable que Cho estuviera loco. Pero no simplemente loco. La maldad existe en el mundo y nosotros estamos en él. Hablamos mucho de cómo nuestra acción influye sobre el medio ambiente natural, de cómo somos responsables del cambio climático o del agujero en la capa de ozono. Pero olvidamos que nuestras acciones y nuestras omisiones, que nuestras palabras y también nuestro silencio, causan efectos sobre el mundo moral que nos rodea. Es como cuando arrojamos un guijarro al agua. Provoca ondas cada vez más amplias.

La imagen del guijarro es elocuente. La locura existe. Pero también el mal. Y ambos, locura y mal, son altamente contagiosos. No vivimos en el vacío: el ambiente moral lo hacemos todos. Procuremos que nuestras acciones sean guijarros que lleven al bien. Que cuando sea demasiado tarde no tengamos, como Cohen, que echarle la culpa a la locura de los demás.

*Poeta y traductora venezolana residente en Buenos Aires

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