La película
300
de
Zack Snyder, la saga de los
trescientos soldados espartanos que se sacrificaron en las Termópilas para impedir
la
invasión del ejército persa de Jerjes, fue
atacada como el peor tipo de
militarismo patriótico, en una obvia alusión a las
tensiones recientes con Irán y los
sucesos en Irak. ¿Pero en realidad son tan claras las cosas? Más bien, habría que
defender la película a toda costa contra esas acusaciones.
Hay dos puntos que debemos considerar; el primero tiene que ver con la historia misma. Se
trata de la historia de
un país pequeño y pobre (Grecia) que ha sido
invadido por el ejército de un
Estado mucho más grande, y más desarrollado en esa época, que además cuenta con
una
tecnología militar de avanzada. ¿No son acaso los elefantes persas, los gigantes y
las enormes flechas de fuego la antigua versión de las armas de alta tecnología? Cuando el último
grupo de sobrevivientes espartanos y su rey
Leónidas mueren bajo los cientos de flechas, ¿no son de alguna manera bombardeados
a muerte por tecnosoldados que manejan armas sofisticadas a distancia, al igual que los soldados
estadounidenses que oprimen botones de cohetes desde lejos, en barcos de guerra bien protegidos en
el
golfo Pérsico?
Además, las palabras de Jerjes cuando pretende convencer a Leónidas de que acepte la
dominación persa no parecen de ningún modo el
discurso de un fanático musulmán fundamentalista; trata de someter a Leónidas a
través de
la seducción, pues le promete
la paz y los placeres sensuales si se une al
imperio global persa. Lo único que le pide es el gesto formal de
arrodillarse ante él, de reconocer la supremacía persa. Si los espartanos hacen
esto, se les otorgará
autoridad suprema sobre toda Grecia. ¿El presidente
Reagan no le exigió lo mismo al gobierno sandinista de
Nicaragua? Sólo tenían que decirle “Hola, Tío” a los Estados
Unidos…
¿Y no muestran la corte de Jerjes como una especie de paraíso
multicultural abierto a diferentes estilos de vida? Todos participan en orgías,
diferentes razas, lesbianas, gays, tullidos, inválidos, etcétera. Entonces, ¿los espartanos, con su
disciplina y espíritu de sacrificio, no están
mucho más cerca de los talibanes que defienden Afganistán contra la ocupación
estadounidense (o, de hecho, de la unidad de elite de la Guardia Revolucionaria Iraní, dispuesta a
sacrificarse en caso de una invasión estadounidense)?
El arma principal de los griegos contra la avasalladora superioridad militar es la
disciplina y el espíritu de sacrificio… Y para citar a
Alain Badiou: “
Necesitamos una disciplina popular. Diría incluso… que ‘aquellos que nada
tienen sólo tienen su disciplina’. Los pobres, los que no cuentan con medios financieros ni
militares, los que carecen de poder, lo único que tienen es su disciplina, la capacidad de actuar
en conjunto. Esa disciplina ya es una forma de organización”. En esta época de
permisividad hedonista como ideología imperante, ha llegado el momento de que la izquierda se
(re)apropie de la disciplina y del espíritu de sacrificio: en estos valores no hay nada
intrínsecamente “
fascista”.
Pero esa
identidad fundamentalista de los espartanos es aún más
ambigua. Una declaración programática hacia el final de la película que define la
agenda griega como “
contra el dominio de la mística y de la tiranía, hacia el brillante futuro”,
detallada más adelante como el
imperio de la libertad y la razón, parece un programa elemental de la Ilustración,
¡incluso con un
sesgo comunista!
Recordemos, también, que al comienzo de la película Leónidas rechaza de pleno el mensaje de
los “
oráculos” corruptos, según los cuales los dioses
prohíben la expedición militar para detener a los persas. Como nos enteramos
después, los persas habían
sobornado, en efecto, a los “oráculos” que, al parecer, recibían
mensajes divinos a través de un trance extático, al igual que el
“oráculo” tibetano que, en 1959, le transmitió al
Dalai Lama el mensaje de que debía salir del Tíbet, y que –como sabemos
hoy– ¡
figuraba en la nómina de la CIA!
¿Y cómo entender el aparente absurdo de la noción de
dignidad, libertad y razón, basada en la disciplina militar extrema, que incluía
la práctica de eliminar a los
niños débiles? Ese “absurdo” no es otra cosa que
el precio de la libertad: la libertad no es gratuita, como aparece en la película.
Se reconquista a
través de una lucha ardua en la que es necesario estar dispuesto a
arriesgarlo todo. La despiadada disciplina militar espartana no es simplemente lo
contrario de la “
democracia liberal” ateniense; es su condición inherente y constituye sus
cimientos: el sujeto libre de la razón sólo puede emerger a través de una cruel autodisciplina. La
auténtica libertad no es la
libertad de elegir que se ejerce a prudente distancia, como optar por una torta de
frutillas o por una torta de chocolate; la verdadera libertad es
inseparable de la necesidad. Hacemos una auténtica elección libre en el momento en
que la elección pone en juego nuestra propia existencia… y la llevamos a cabo porque,
sencillamente, “
no podemos hacer otra cosa”.
Cuando nuestro país se halla bajo ocupación extranjera y nos convoca el líder de la
resistencia para que nos unamos a la lucha contra los invasores, la razón que nos da no es “
eres libre de elegir”, sino “¿no te das cuenta de que esto es lo único
que puedes hacer si quieres conservar tu dignidad?”. No sorprende, pues, que todos los
radicales igualitarios y precursores de la modernidad, desde
Rousseau hasta los jacobinos, admiraran a Esparta e imaginaran la República
Francesa como una nueva Esparta: hay un núcleo emancipatorio en el espíritu espartano de disciplina
militar que se mantiene y perdura, aun cuando le restemos toda la parafernalia histórica del
régimen de clases, la explotación brutal de los esclavos sometidos al terror, etcétera.
Mucho más importante es, quizás, el aspecto formal de la película: se filmó en su totalidad
en
un depósito de Montreal; el paisaje y varios de los personajes y objetos fueron
construidos digitalmente. El carácter artificial del fondo parece
contagiar a los actores “reales”, que a menudo parecen
personajes de historieta (la película está basada en la novela gráfica
300
de
Frank Miller).
Además, la naturaleza artificial (digital) del ambiente genera una
atmósfera claustrofóbica, como si la historia no sucediera en la realidad
“real”, con horizontes infinitos e ilimitados, sino en un “
mundo cerrado”, una especie de mundo en relieve de un espacio cerrado. Desde
el punto de vista estético, la película es superior a
La guerra de las galaxias
y la serie de
El señor de los anillos
: a pesar de que también en esas series varios objetos y personas fueron
creados digitalmente, la impresión que causan es, no obstante, la de
actores digitales (y reales) y objetos (elefantes, Yoda, Urks, palacios,
etcétera.)
ubicados en un mundo “real”; en
300, por el contrario, todos los protagonistas son actores “reales”
ubicados en un fondo artificial; la combinación produce el efecto de un mundo
“cerrado” mucho más siniestro, una mezcla “cyborg” de personas reales
integradas en un mundo artificial. Pero sólo en
300 la combinación de actores “reales”, objetos y fondo digital llega a crear
un espacio estético autónomo y nuevo de verdad.
La práctica de combinar artes diferentes, de incluir en un arte la referencia a otro, tiene
una larga tradición, en especial con respecto al cine; por ejemplo, en muchos de los cuadros de
Hopper, cuyo tema es el de una mujer detrás de una ventana abierta que mira hacia afuera, es clara
la mediación de la experiencia del cine (muestra un plano sin su contraplano). Lo que hace notable
a
300 es que, en esta película (y no por primera vez, por supuesto, pero de un modo mucho
más interesante desde el punto de vista artístico, que, digamos, el
Dick Tracy
de Warren Beatty), un arte técnicamente más desarrollado (cine digitalizado) remite a uno
menos desarrollado (la historieta o cómic). El efecto logrado es el de
la “verdadera realidad” que pierde su inocencia y aparece como parte
de un universo artificial cerrado, es decir, la figuración perfecta de nuestra
problemática socioideológica.
Los críticos que sostienen el fracaso de la “síntesis” de las dos artes en
300 están, pues, equivocados, y precisamente porque tienen razón: por supuesto que
falla la “síntesis”, por supuesto que el universo que vemos en la
pantalla está atravesado por un
profundo antagonismo y una
gran inconsistencia, pero ese mismo antagonismo es el signo de
la verdad.
*Traducción del inglés: Luz Freire
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