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Como una novela

El diario íntimo puede llegar a alcanzar la misma potencia y ambigüedad que una novela.

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Por Damián Tavarovsky | 20.05.2007 | 02:23

A mediados de los años 70, Philippe Lejeune publicó un libro llamado El pacto autobiográfico, donde era cuestión de la autobiografía y, en menor medida, los diarios íntimos y los cuadernos de notas. Las tesis allí expuestas se fueron abriendo camino hasta convertirse en una pequeña escuela académica, un tema legítimo de estudio universitario. De repente, un conjunto de escrituras llamadas “menores” conquistaban el estatuto de textos centrales. Esa línea se desarrolló de múltiples maneras e incluso en Argentina, donde no pocos buenos textos se han publicado sobre el tema. El más reciente de ellos es Una posibilidad de vida. Escrituras íntimas, de Alberto Giordano, publicado por la editorial Beatriz Viterbo. Analizando autores como Bioy Casares, Pizarnik y Puig, Giordano llega a señalar, quizá con razón, que narradores como John Cheever o Julio Ramón Ribeyro son “más interesantes como diaristas que como escritores”.
A esta altura, ya no cabe duda de que el diario íntimo y el cuaderno de notas pueden llegar a alcanzar la misma intensidad, potencia, ambigüedad y seducción que una novela. Cualquiera que lea el Diario íntimo de Benjamín Constant, puede llegar fácilmente a esa conclusión. El libro acaba de ser publicado por la editorial Selecciones de Amadeo Mandarino, en una buena traducción de Jorge Salvetti. Amadeo Mandarino es una pequeña editorial en la que Constant ya había sido publicado El Cuaderno Rojo (también un escrito autobiográfico), más una veintena de libros y plaquetas de autores como Sebastián Bianchi, Raúl Lozza, Walace Stevens y Pasolini. Dentro de ese catálogo, hay una plaqueta perfecta: La nuez de oro y otros ensayos, de Cristina Campo. Campo fue una excelente poeta italiana, traductora de Simone Weil, mística y excéntrica; y el libro reúne los cinco ensayos que publicó en Sur (uno de ellos traducido por María Zambrano), más un sexto inédito en español. Volviendo a Constant, sus novelas Adolfo y Cecilia circularon mucho entre nosotros (incluso de Cecilia hay una excelente traducción de Silvina Bullrich), pero tanto El Cuaderno Rojo como su Diario Intimo arrojan otra luz sobre su obra. Constant nació en 1767 y murió en 1830. De origen suizo, es en verdad un escritor francés, aunque muy singular. Mientras que su literatura es romántica, sus ideas políticas son liberales (paradoja que en el siglo XX sólo ocurre en ensayistas como Isaiah Berlin). Formado filosófica y literariamente en Alemania, políticamente estaba fascinado por el liberalismo anglosajón. Amante de Madame de Staël (en una relación tan volcánica y romántica que, como casi todo el romanticismo, se vuelve kitsch) al mismo tiempo, como diputado, fue uno de los primeros defensores en Francia de los derechos civiles. El Diario Intimo está lleno de pasajes encantadores. Reflexionando sobre sus tres influencias, escribe: “El francés y el inglés nos dicen: ‘Miren cómo describo los objetos’. El alemán: ‘Miren cómo me impresionan los objetos’”. Y, por supuesto, casi como una ley del género, está lleno de chismes, comentarios negativos, y sarcásticos: “Leo un nuevo libro de Schlegel, cuyo prefacio es el colmo de la insolencia. No se queja tanto de sus adversarios como de las molestias que le ocasionan sus admiradores a los que trata de imbéciles oficiosos que hablan sin comprenderlo”. Siguiendo con el tema de los diarios íntimos, parece increíble que todavía no haya una edición argentina del Diario de Angel Rama, uno de los más importantes críticos uruguayos, muerto en 1983. Vale como muestra una entrada del 21 de marzo de 1978: “No hay vida intelectual. Chismografía, pequeños intereses, exhibicionismos pueblerinos. Pero nada de auténtica pasión por la tarea intelectual, ni diálogo sobre sus proposiciones. Uslar Pietri contesta (mal) un artículo de Paz, y ninguna reacción a ese intento de diálogo. Comidos por la vida trivial y la pueblerina imitación de lo que creen las maneras de los escritores. Repiten gestos a falta de poder asumir los significados intelectuales que rigen esos gestos”.

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