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Sociedad

Pasión multimillonaria

Los museos secretos de los principales coleccionistas argentinos de arte

Eduardo Costantini, Amalia Lacroze de Fortabat, Nelly Arrieta de Blaquier, Jorge Helft y Mauro Herlitzka comparten un gusto por el que gastan millones. En las paredes de sus residencias cuelgan con orgullo obras de prestigiosas firmas como Van Gogh, Gauguin, Rivera, Berni y Duchamp. Pero no son los únicos: la nueva moda de inversión artística crece entre los jóvenes empresarios.

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Por Patricio Lennard | 21.05.2007

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Eduardo Constantini compró un autrorretrato de Frida kahlo por tres millones de dólares, en una subasta en Nueva York. | Foto: Cedoc

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En los catálogos pertenecientes a las dos galerías que su padre y sus tíos tenían en París y en Londres antes de que se desatara la Segunda Guerra, está la prueba de que Cézanne, Picasso, Renoir y Matisse realizaron allí muestras individuales. Una época dorada, en la que su padre se llegó a codear con la crema y nata del arte europeo, pero de la que Jorge Helft (72), uno de los mayores coleccionistas de arte de la Argentina, dice no haber heredado prácticamente nada.

Nacido en París en 1934, en una familia interesada por el arte y las antigüedades (su padre era reconocido mundialmente como uno de los mayores expertos en orfebrería francesa del siglo XVIII), Jorge Helft prefiere definirse como un “ coleccionista a secas”. No en vano, además de su impresionante colección de arte (que tiene repartida entre su coqueto piso de la calle Montevideo y otras dos casas en el barrio de San Telmo), es dueño del mayor archivo que existe sobre Borges (compuesto por prácticamente todas las primeras ediciones de sus libros, manuscritos, fotos y objetos personales), de una importante colección de estampillas (que reunió entre los 6 y los 20 años), de otra de autógrafos de personalidades (con firmas de Marlene Dietrich, Orson Welles y Yehudi Menuhin, entre otros), sin contar las colecciones casi completas de las revistas Caras y Caretas, Sur, Primera Plana y Revista de Occidente, y la de programas de conciertos y óperas (que ronda las mil quinientas piezas) que él empezó a juntar la primera vez que fue al Teatro Colón, allá por 1949.

Descubridor de artistas. Junto a su ex esposa Marion, de quien se separó hace once años y con quien tuvo tres hijos (Nicolás, que es director de Villa Ocampo; Daniel, que es periodista y director de Blumberg News en Buenos Aires; y Miguel, también periodista, y corresponsal de The New York Times en San Francisco), Jorge Helft comenzó a comprar obras de arte a poco de haberse casado. Actividad a la que se entregó de lleno una vez que decidió jubilarse, luego de trabajar durante dieciocho años como ejecutivo de una compañía exportadora de cereales, y otros ocho como director ejecutivo de una industria textil. “ Una de las primeras obras que compré (que siento que dio origen a mi colección) fue una de Julio Le Parc, que adquirí en 1968, durante una fabulosa muestra del artista en el Instituto Di Tella”, cuenta Helft, sentado en un sillón en el living de su casa y rodeado de algunas de las obras que lo acompañan cotidianamente (una Venus azul de Yves Klein, una acuarela de Picasso y la impactante escultura Narciso de Mataderos , del argentino Pablo Suárez).

Casi nunca compro en remates, no me gusta, y nunca compro arte sin haberlo visto en vivo y en directo. No me permito comprar obras que sólo he visto en la foto de un catálogo”, explica quien busca diferenciarse de coleccionistas como Amalia Lacroze de Fortabat, Nelly Arrieta y Carlos Pedro Blaquier, o Eduardo Costantini (los otros “ pesos pesados” del coleccionismo argentino) por el hecho de no haber pagado nunca una fortuna por un cuadro. No obstante esto, Helft posee una de las colecciones de arte nacional más importantes, y es considerado un auténtico pionero del coleccionismo de arte argentino contemporáneo. Acaba de publicar Con pasión, recuerdos de un coleccionista, de Ediciones de La Flor. “ Tengo muchos Berni, sobre todo del período que arranca en la década del 60, con la serie de Juanito Laguna y Ramona Montiel. También tengo obras importantes de Grete Stern, Alberto Heredia, Liliana Porter, Guillermo Kuitca. Las primeras obras que le compré a Kuitca se las pagué 100 dólares, cuando él tenía 18 años, porque ya en ese momento le tenía fe. Hoy es el artista argentino más cotizado en el mundo.” Además, Helft es dueño de una colección de obras de Marcel Duchamp (única en el país), y en su dormitorio tiene colgadas una pintura y una serie de dibujos y grabados de Paul Klee, uno de sus artistas predilectos.

Herencia de familia. Pero a la hora de determinar cuál es la colección de arte más importante de la Argentina, los nombres que suenan casi de manera indiscutida son los de Nelly Arrieta y Carlos Pedro Blaquier. Separados desde hace varios años (aunque no divorciados, lo que evitó que la colección se dividiera), Nelly Arrieta –presidenta desde hace treinta años de la Asociación de Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes– vive en uno de los cuatro pisos que su familia posee en un lujoso edificio frente a la Plaza San Martín.

Acostumbrados a aparecer en el selecto ranking de los coleccionistas internacionales más importantes que realiza periódicamente la revista Art Review (émulo de la lista que la revista Forbes arma con las personas más ricas del mundo), los Blaquier tienen repartida su colección entre la residencia del barrio de Retiro, el campo de la familia en la ciudad de Lobos y que bautizaron La Biznaga, y un palacete en San Isidro, en donde Carlos Pedro suele organizar fiestas y recepciones, llamado La Torcaza. “ Los Blaquier tienen varias colecciones separadas”, dice un conocido de la familia, que pide mantenerse en el anonimato: “ Poseen una colección muy importante de armas antiguas, otra de platería criolla y de platería francesa del siglo XVIII, otra de bronces del Renacimiento y también arte precolombino. Dentro de su colección de arte, quizá lo más importante sean los cuadros impresionistas, entre los que hay joyas de Gauguin, Degas, Rendir y Monet.”

Reacios a mostrar su colección a personas ajenas a su círculo íntimo, los Blaquier (que han amasado una de las fortunas más grandes de la Argentina gracias al ingenio azucarero Ledesma, en Jujuy, empresa que Nelly heredó de sus padres y que su ex esposo dirigió durante décadas) son también dueños de una impresionante colección de arte rioplatense del siglo XIX, con obras de artistas “viajeros” como el alemán Rugendas, los franceses Pallière y Monvoisin, y acuarelas costumbristas sobre la primitiva Buenos Aires del inglés Emeric Essex Vidal. En lo que hace a arte argentino del siglo XX, es famosa su colección de pinturas de Emilio Pettoruti, una de las confesadas debilidades tanto de Carlos Pedro y de Nelly Arrieta como de sus cinco hijos. Algo que quedó a la vista cuando ella organizó a fines de 2004, en el Museo Nacional de Bellas Artes, la mayor retrospectiva sobre la obra de Pettoruti hasta el presente, en la que varios de los cuadros de su colección privada (entre ellos, el Quinteto) fueron expuestos al público.

El sueño del museo propio. Con un perfil mucho más alto que el de los Blaquier, Eduardo Costantini (60) es seguramente (junto a Amalita Fortabat) el coleccionista de arte más reconocido de la Argentina. Prototipo del self-made man, Costantini pasó de ganar sus primeros pesos vendiendo bufandas y chalecos tejidos en los 70, a bordo de un Citroën por la avenida Santa Fe, a amasar una fortuna gracias a inspiradas maniobras financieras y exitosos emprendimientos inmobiliarios. Así, en la década del 80, comenzó a comprar obras de arte sin sospechar que su afán por coleccionar (que se iría convirtiendo en una auténtica pasión) desembocaría en la creación del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA). “ Empecé a coleccionar cuando tenía 24 años, y fue algo que se dio espontáneamente. Un día pasé por una galería y vi un Berni que me gustó mucho, pero que no me pude comprar entonces, y ahí nomás me decidí a comprar un par obras de otros dos artistas que no eran tan caras”, recuerda el empresario en su charla con PERFIL. “ Recién a mediados de los 90 empecé a coleccionar con una estrategia institucional comprando obras que, en algunos casos, no tenían tanto que ver con mis gustos, pero que yo consideraba que debían formar parte de la colección de un museo.”

En el MALBA –donde está “ la que hoy es la colección de arte latinoamericano más importante del mundo”, según afirma Costantini con orgullo inocultable–, hay colgadas obras maestras como Manifestación de Antonio Berni, el Retrato de Ramón Gómez de la Serna de Diego Rivera, el Autorretrato con mono y loro de Frida Kahlo (adquirido en 1995 por la friolera de tres millones de dólares), y Abaporu , el óleo de 1928 de la brasileña Tarsila do Amaral, que –al decir del empresario– es “la obra más importante de la historia del arte brasileño”, una pieza por la que ya ha recibido dos ofertas millonarias en lo que va del año (una de ellas de “un grupo de empresarios brasileños, dispuestos a repatriar el cuadro a toda costa”), de las tantas que Costantini confiesa haber recibido ya por esta obra.

Casado desde hace un año con una joven brasileña casi treinta años menor que él (llamada Clarise), y afincado en Nordelta (el espectacular country que construyó en el Tigre), en una casa de lujo en la que dice tener colgadas varias obras del argentino León Ferrari, Costantini se ha dedicado en estos últimos años (luego de que el grueso de su colección fue a parar al MALBA) a diversificar sus compras como coleccionista. “ Después de montar el museo, las paredes de mi casa quedaron casi vacías. Y aunque seguí comprando arte latinoamericano y argentino, empecé a interesarme más por adquirir obras contemporáneas de artistas internacionales.” Algo que, según apunta alguien de su entorno que pide reserva de su nombre, “ tiene que ver con un deseo suyo de dejar de comprar en el mercado internacional ‘como un latinoamericano’, para ir dejando atrás el perfil de coleccionista que tuvo en el mundillo del arte durante mucho tiempo”. Un dato que el mismo Costantini parece confirmar cuando revela que la próxima obra que tiene en vista es una pintura de Yves Klein, que está a punto de salir a remate en la filial neoyorquina de Sotheby’s.

La dama del arte. Otra que también cumplirá en breve el sueño de tener el museo propio es la ex dueña de la cementera Loma Negra, Amalia Lacroze de Fortabat. Un museo cuyo edificio, diseñado por el arquitecto Rafael Viñoly, está en pie en el dique 4 de Puerto Madero desde 2001, pero que por distintas razones –financieras, sobre todo– aún no se ha podido terminar. Si todo sale como está previsto, lo que se podrá ver cuando el museo abra sus puertas en marzo de 2008 es la colección de arte argentino que la empresaria ha atesorado durante más de 30 años, con obras de los pintores viajeros de principios del s. XIX (Monvoisin, Vidal, Revol, Pallière), joyas como Los capataces de Prilidiano Pueyrredón, y obras de Xul Solar, Pettoruti, Berni, Alberto Greco, García Uriburu y Macció, ya dentro de lo que es el siglo XX.

Lo que no se integrará al acerbo del museo, por la sencilla razón de que éste estará dedicado al arte argentino, es el famoso cuadro que Amalita posee de Joseph Turner (el célebre artista inglés que vivió en la primera mitad del siglo XIX, y que es considerado el máximo exponente del romanticismo) o las gemas firmadas por Van Gogh, Renoir y Gauguin que tiene repartidas entre su casa de la Avenida del Libertador y su penthouse neoyorquino. Se rumorea, no obstante, que el retrato que Andy Warhol le realizó a la empresaria a comienzos de los 80 sí formará parte de la colección, y que muy posiblemente inaugurará el recorrido.

Coleccionista reconvertido. El que le ha seguido los pasos a Amalita en el mundo del coleccionismo es Alejandro Bengolea (42), su único nieto varón, en cuyas manos cayó la dirección del holding empresarial de la familia en el peor momento de la crisis (entre 2000 y 2002), hasta que su abuela, disconforme con su desempeño, lo desplazó del cargo. Pero Bengolea, a diferencia del perfil de su abuela, forma parte de una nueva camada de coleccionistas que irrumpieron a principios de los 90 (ver recuadro), interesados sobre todo en el arte argentino más contemporáneo, y de la que Mauro Herlitzka (54) es uno de sus exponentes más perspicuos. Presidente de arteBA Fundación desde hace tres años, impulsor de la Fundación Espigas (un centro de documentación sobre arte), Herlitzka nació en una familia de coleccionistas, inició una colección de monedas a las 11 años, y a los 18 ya estaba comprando arte europeo, con una especial predilección por el barroco italiano. Una colección que él armó durante años, pero de la que asegura haberse desprendido. “ Yo soy dueño de mi colección, no la colección de mí”, desliza antes de aclarar que vender sus obras europeas de los siglos XVI, XVII y XVIII le permitió comprar mucha obra de artistas argentinos contemporáneos, y también (aunque en menor grado), de artistas internacionales.

Con 40 millones de dólares se puede formar una colección de arte latinoamericano de calidad, o comprar medio Picasso”, desafía Herlitzka, quien se define a sí mismo como un “ coleccionista reconvertido” que en estos últimos quince años ha adquirido obras importantísimas de Berni, Alberto Heredia, Jorge de la Vega y Alberto Greco, y también obras paradigmáticas de los 90 y comienzos de 2000 de artistas como Pablo Siquier, Leandro Erlich, Marcos López y Marcelo Pombo. Una tendencia de la que también se han hecho eco otros coleccionistas de peso en el panorama local, como Hugo Sigman (empresario farmacéutico, dueño de los laboratorios Biogénesis y Elea), Eduardo Grüneisen (ex dueño de la petrolera Astra, actual propietario junto a su hermano Ricardo de la cadena de librerías Yenny-El Ateneo, y poseedor de una importantísima colección de Xul Solar y de obras de Noé y De la Vega), o Rubén Cherñajovsky (dueño del grupo Newsan, que administra las marcas de electrónica Sanyo y Noblex), y que en su colección privada posee, además de arte argentino contemporáneo, obras del cotizado inglés David Hockney y valiosas piezas del expresionismo alemán.

 
 

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