En los catálogos pertenecientes a las dos galerías que
su padre y sus tíos tenían en París y en Londres antes de que se desatara la
Segunda Guerra, está la prueba de que
Cézanne, Picasso, Renoir y Matisse realizaron allí muestras individuales. Una
época dorada, en la que su padre se llegó a codear con la crema y nata del arte europeo, pero de la
que
Jorge Helft (72),
uno de los mayores coleccionistas de arte de la Argentina, dice no haber heredado
prácticamente nada.
Nacido en París en 1934, en una familia interesada por el arte y las antigüedades (su padre
era reconocido mundialmente como uno de los mayores expertos en orfebrería francesa del siglo
XVIII), Jorge Helft prefiere definirse como un “
coleccionista a secas”. No en vano, además de su
impresionante colección de arte (que tiene repartida entre su coqueto piso de la
calle Montevideo y otras dos casas en el barrio de San Telmo),
es dueño del mayor archivo que existe sobre Borges (compuesto por prácticamente
todas las primeras ediciones de sus libros, manuscritos, fotos y objetos personales), de una
importante colección de estampillas (que reunió entre los 6 y los 20 años), de otra de
autógrafos de personalidades (con firmas de
Marlene Dietrich, Orson Welles y Yehudi Menuhin, entre otros), sin contar las
colecciones casi completas de las revistas
Caras y Caretas,
Sur, Primera Plana y Revista de Occidente, y la de programas de conciertos y óperas (que
ronda las mil quinientas piezas) que él empezó a juntar la primera vez que fue al Teatro Colón,
allá por 1949.
Descubridor de artistas. Junto a su ex esposa Marion, de quien se separó hace once
años y con quien tuvo tres hijos (Nicolás, que es director de Villa Ocampo; Daniel, que es
periodista y director de
Blumberg News en Buenos Aires; y Miguel, también periodista, y corresponsal de
The New York Times en San Francisco), Jorge Helft comenzó a comprar obras de arte a poco
de haberse casado. Actividad a la que
se entregó de lleno una vez que decidió jubilarse, luego de trabajar durante
dieciocho años como ejecutivo de una compañía exportadora de cereales, y otros ocho como director
ejecutivo de una industria textil. “
Una de las primeras obras que compré (que siento que dio origen a mi colección) fue una de
Julio Le Parc, que adquirí en 1968, durante una fabulosa muestra del artista en el Instituto Di
Tella”, cuenta Helft, sentado en un sillón en el living de su casa y rodeado de
algunas de las obras que lo acompañan cotidianamente (una
Venus azul
de
Yves Klein, una acuarela de
Picasso y la impactante escultura
Narciso de Mataderos
, del argentino
Pablo Suárez).
“
Casi nunca compro en remates, no me gusta, y nunca compro arte sin haberlo visto en vivo y
en directo. No me permito comprar obras que sólo he visto en la foto de un
catálogo”, explica quien busca diferenciarse de coleccionistas como
Amalia Lacroze de Fortabat,
Nelly Arrieta y
Carlos Pedro Blaquier, o
Eduardo Costantini (los otros “
pesos pesados” del coleccionismo argentino) por el hecho de no haber pagado
nunca una fortuna por un cuadro. No obstante esto, Helft posee una de las colecciones de arte
nacional más importantes, y es considerado un auténtico
pionero del coleccionismo de arte argentino contemporáneo. Acaba de publicar
Con pasión,
recuerdos de un coleccionista, de Ediciones de
La Flor. “
Tengo muchos Berni, sobre todo del período que arranca en la década del 60, con la serie de
Juanito Laguna y Ramona Montiel. También tengo obras importantes de Grete Stern, Alberto Heredia,
Liliana Porter, Guillermo Kuitca. Las primeras obras que le compré a Kuitca se las pagué 100
dólares, cuando él tenía 18 años, porque ya en ese momento le tenía fe. Hoy es el artista argentino
más cotizado en el mundo.” Además, Helft es dueño de una colección de obras de
Marcel Duchamp (única en el país), y en su dormitorio tiene colgadas una pintura y
una serie de dibujos y grabados de
Paul Klee, uno de sus artistas predilectos.
Herencia de familia. Pero a la hora de determinar cuál es
la colección de arte más importante de la Argentina, los nombres que suenan casi
de manera indiscutida son los de Nelly Arrieta y Carlos Pedro Blaquier.
Separados desde hace varios años (aunque no divorciados, lo que evitó que la
colección se dividiera), Nelly Arrieta –presidenta desde hace treinta años de la
Asociación de Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes– vive en uno de los
cuatro pisos que su familia posee en un lujoso edificio frente a la Plaza San Martín.
Acostumbrados a aparecer en el selecto
ranking de los coleccionistas internacionales más importantes que realiza
periódicamente la revista
Art Review
(émulo de la lista que la revista
Forbes
arma con las personas más ricas del mundo), los Blaquier tienen repartida su colección entre
la residencia del barrio de Retiro, el campo de la familia en la ciudad de Lobos y que bautizaron
La Biznaga, y un palacete en San Isidro, en donde Carlos Pedro suele organizar fiestas y
recepciones, llamado La Torcaza. “
Los Blaquier tienen varias colecciones separadas”, dice un conocido de la
familia, que pide mantenerse en el anonimato: “
Poseen una colección muy importante de armas antiguas, otra de platería criolla y de
platería francesa del siglo XVIII, otra de bronces del Renacimiento y también arte precolombino.
Dentro de su colección de arte, quizá lo más importante sean los cuadros impresionistas, entre los
que hay joyas de Gauguin, Degas, Rendir y Monet.”
Reacios a mostrar su colección a personas ajenas a su círculo íntimo, los Blaquier
(que han amasado una de las fortunas más grandes de la Argentina gracias al
ingenio azucarero Ledesma, en Jujuy, empresa que Nelly heredó de sus padres y que
su ex esposo dirigió durante décadas) son también dueños de una impresionante colección de
arte rioplatense del siglo XIX, con obras de artistas “viajeros” como
el alemán
Rugendas, los franceses
Pallière y Monvoisin, y acuarelas costumbristas sobre la primitiva Buenos Aires
del inglés
Emeric Essex Vidal. En lo que hace a arte argentino del siglo XX, es famosa su
colección de pinturas de
Emilio Pettoruti, una de las confesadas debilidades tanto de Carlos Pedro y de
Nelly Arrieta como de sus cinco hijos. Algo que quedó a la vista cuando ella organizó a fines de
2004, en el Museo Nacional de Bellas Artes, la
mayor retrospectiva sobre la obra de Pettoruti hasta el presente, en la que varios
de los cuadros de su colección privada (entre ellos, el
Quinteto)
fueron expuestos al público.
El sueño del museo propio.
Con un perfil mucho más alto que el de los Blaquier,
Eduardo Costantini (60) es seguramente (junto a Amalita Fortabat) el coleccionista
de arte más reconocido de la Argentina. Prototipo del
self-made man, Costantini pasó de ganar sus primeros pesos vendiendo bufandas y chalecos
tejidos en los 70, a bordo de un Citroën por la avenida Santa Fe, a amasar una fortuna gracias a
inspiradas maniobras financieras y exitosos emprendimientos inmobiliarios. Así, en la década del
80, comenzó a comprar obras de arte sin sospechar que su afán por coleccionar (que se iría
convirtiendo en una auténtica pasión) desembocaría en la creación del
Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA). “
Empecé a coleccionar cuando tenía 24 años, y fue algo que se dio espontáneamente. Un día
pasé por una galería y vi un Berni que me gustó mucho, pero que no me pude comprar entonces, y ahí
nomás me decidí a comprar un par obras de otros dos artistas que no eran tan caras”,
recuerda el empresario en su charla con PERFIL. “
Recién a mediados de los 90 empecé a coleccionar con una estrategia institucional comprando
obras que, en algunos casos, no tenían tanto que ver con mis gustos, pero que yo consideraba que
debían formar parte de la colección de un museo.”
En el MALBA –donde está “
la que hoy es la colección de arte latinoamericano más importante del
mundo”, según afirma Costantini con orgullo inocultable–, hay colgadas obras
maestras como
Manifestación
de
Antonio Berni, el
Retrato de Ramón Gómez de la Serna
de
Diego
Rivera, el
Autorretrato
con mono y loro
de
Frida Kahlo (adquirido en 1995 por la friolera de tres millones de dólares), y
Abaporu
, el óleo de 1928 de la brasileña
Tarsila do Amaral, que –al decir del empresario– es
“la obra más importante de la historia del arte brasileño”, una pieza
por la que ya ha recibido dos ofertas millonarias en lo que va del año (una de ellas de “un
grupo de empresarios brasileños, dispuestos a repatriar el cuadro a toda costa”), de las
tantas que Costantini confiesa haber recibido ya por esta obra.
Casado desde hace un año con una joven brasileña casi treinta años menor que él (llamada
Clarise), y afincado en Nordelta (el espectacular country que construyó en el Tigre), en una casa
de lujo en la que dice tener colgadas varias obras del argentino
León Ferrari, Costantini se ha dedicado en estos últimos años (luego de que el
grueso de su colección fue a parar al MALBA) a
diversificar sus compras como coleccionista. “
Después de montar el museo, las paredes de mi casa quedaron casi vacías. Y aunque seguí
comprando arte latinoamericano y argentino, empecé a interesarme más por adquirir obras
contemporáneas de artistas internacionales.” Algo que, según apunta alguien de su
entorno que pide reserva de su nombre, “
tiene que ver con un deseo suyo de dejar de comprar en el mercado internacional ‘como
un latinoamericano’, para ir dejando atrás el perfil de coleccionista que tuvo en el mundillo
del arte durante mucho tiempo”. Un dato que el mismo Costantini parece confirmar
cuando revela que la próxima obra que tiene en vista es una pintura de
Yves Klein, que está a punto de salir a remate en la filial neoyorquina de
Sotheby’s.
La dama del arte. Otra que también cumplirá en breve el sueño de tener el museo
propio es la ex dueña de la cementera Loma Negra,
Amalia Lacroze de Fortabat. Un museo cuyo edificio,
diseñado por el arquitecto
Rafael Viñoly, está en pie en el dique 4 de Puerto Madero desde 2001, pero que por
distintas razones –financieras, sobre todo– aún no se ha podido terminar. Si todo sale
como está previsto, lo que se podrá ver cuando el museo abra sus puertas
en marzo de 2008 es la colección de arte argentino que la empresaria ha atesorado
durante más de 30 años, con obras de los pintores viajeros de principios del s. XIX (Monvoisin, Vidal, Revol, Pallière), joyas como
Los capataces
de
Prilidiano Pueyrredón, y obras de
Xul Solar, Pettoruti, Berni, Alberto Greco, García Uriburu y Macció, ya dentro de
lo que es el siglo XX.
Lo que no se integrará al acerbo del museo, por la sencilla razón de que éste estará dedicado
al arte argentino, es el famoso cuadro que Amalita posee de
Joseph Turner (el célebre artista inglés que vivió en la primera mitad del siglo
XIX, y que es considerado el
máximo exponente del romanticismo) o las gemas firmadas por
Van Gogh, Renoir y Gauguin que tiene repartidas entre su casa de la Avenida del
Libertador y su penthouse neoyorquino. Se rumorea, no obstante, que el
retrato que
Andy Warhol le realizó a la empresaria a comienzos de los 80 sí formará parte de
la colección, y que muy posiblemente inaugurará el recorrido.
Coleccionista reconvertido. El que le ha seguido los pasos a Amalita en el mundo
del coleccionismo es
Alejandro Bengolea (42), su
único nieto varón, en cuyas manos cayó la dirección del holding empresarial de la
familia en el peor momento de la crisis (entre 2000 y 2002), hasta que su abuela, disconforme con
su desempeño, lo desplazó del cargo. Pero Bengolea, a diferencia del perfil de su abuela, forma
parte de una
nueva camada de coleccionistas que irrumpieron a principios de los 90 (ver
recuadro), interesados sobre todo en el
arte argentino más contemporáneo, y de la que
Mauro Herlitzka (54) es uno de sus exponentes más perspicuos.
Presidente de arteBA Fundación desde hace tres años, impulsor de la
Fundación Espigas (un centro de documentación sobre arte), Herlitzka nació en una
familia de coleccionistas,
inició una colección de monedas a las 11 años, y
a los 18 ya estaba comprando arte europeo, con una especial predilección por el
barroco italiano. Una colección que él armó durante años, pero de la que asegura haberse
desprendido. “
Yo soy dueño de mi colección, no la colección de mí”, desliza antes de
aclarar que vender sus obras europeas de los siglos XVI, XVII y XVIII le permitió comprar mucha
obra de artistas argentinos contemporáneos, y también (aunque en menor grado), de artistas
internacionales.
“
Con 40 millones de dólares se puede formar una colección de arte latinoamericano de
calidad, o comprar medio Picasso”, desafía Herlitzka, quien se define a sí mismo
como un “
coleccionista reconvertido” que en estos últimos quince años ha adquirido
obras importantísimas de
Berni, Alberto Heredia, Jorge de la Vega y Alberto Greco, y también obras
paradigmáticas de los 90 y comienzos de 2000 de artistas como
Pablo Siquier, Leandro Erlich, Marcos López y Marcelo Pombo. Una tendencia de la
que también se han hecho eco otros coleccionistas de peso en el panorama local, como
Hugo Sigman (empresario farmacéutico, dueño de los laboratorios Biogénesis y
Elea),
Eduardo Grüneisen (ex dueño de la petrolera Astra, actual propietario junto a su
hermano Ricardo de la cadena de librerías Yenny-El Ateneo, y poseedor de una importantísima
colección de
Xul Solar y de obras de
Noé y
De la Vega), o
Rubén Cherñajovsky (dueño del grupo Newsan, que administra las marcas de
electrónica Sanyo y Noblex), y que en su colección privada posee, además de arte argentino
contemporáneo, obras del cotizado inglés
David Hockney y valiosas piezas del expresionismo alemán.


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