—Las noticias que alertan sobre el poder de carteles peruanos que controlan el tráfico de
droga en la Argentina ya se han vuelto una constante. A partir de su experiencia en Colombia,
¿podría decir que el narcotráfico aquí también se ha vuelto incontrolable?
—Tengo una posición muy definida sobre la política criminal frente a las drogas.
Creo, como lo he sostenido en varios textos, que la prohibición es una política realmente
equivocada en la medida en que genera organizaciones criminales. Los eventuales éxitos en la
represión de uno de estos carteles, si bien posibilitan una disrupción parcial del mercado, y por
consiguiente una disminución temporal de la oferta, también promueven incentivos para que otras
personas ingresen al negocio. Cuando se observa un éxito en un determinado país, la producción
rápidamente se desplaza a otro. Eso es lo que han demostrado los estudios que investigaron esta
relación en los últimos 30 años. Fue lo que pasó en los 60, cuando se logró eliminar las
plantaciones de marihuana en México y luego se mudaron a Colombia. La política vigente frente a las
drogas está condenada al fracaso, siempre y cuando se mantengan niveles altos de consumo. En esa
medida, yo no creo que el narcotráfico sea incontrolable en la Argentina, al contrario, puede ser
que aquí se logre expulsar a las mafias, pero éstas encontrarán lugar en otros países.
—¿Cuál sería la solución? Porque parece lejana una articulación internacional que no
permita refugio a los carteles.
—Yo creo que debemos legalizar y regular el mercado de las drogas. No se trata de una
liberalización sin ningún tipo de control, para que cualquier joven pueda ir al supermercado de la
esquina y comprar heroína, sino que yo propongo, y esto lo he defendido en varias investigaciones,
la legalización y regulación diferenciada de las drogas según su dependencia y toxicidad. En ese
caso, algunas serán de oferta mucho más restringida y otras más regulada, imitando lo que se ha
terminado haciendo con el alcohol y el cigarrillo. Esto es algo que algunos economistas y juristas
llaman formas de mercado pasivo, en las que el Estado tolera y controla, pero no estimula el uso de
drogas, sino que trata de disuadir sin llegar a la prohibición. La política actual sólo logra
desalentar a los que quieren probar drogas, pero a los que ya son dependientes los somete a
organizaciones criminales. Por ejemplo, yo creo que no se debería penalizar el consumo, que debería
haber campañas de prevención fuertes y que la represión debería centrarse en los grandes carteles y
no en los pequeños dealers.
—¿Cree que es posible legalizar la droga en los países de la región?
—Nuestros países no pueden hacer legalizaciones regionales, porque el problema de la
prohibición es global. La despenalización sólo avanzará cuando en los Estados Unidos se produzca un
cambio de corriente ideológica sobre el tema. Hay un estudio muy interesante que muestra cómo en
los años 20 se dio un debate en ese país, con una posición puritana y otra pragmática. Esta visión
proponía enfrentar el problema desde la salud pública, y no desde el pecado, para regularlo sin
someterlo a la prohibición. Pero triunfó la postura más conservadora y una vez establecida la
prohibición aumentó el temor de muchos políticos a ser tildados de soft on drug (débil con las
drogas) y poner en peligro su carrera. Aquel que critique la política actual de las drogas es
inmediatamente visto como insensible hacia los jóvenes o amigo de las mafias, algo totalmente falso
pero que impide establecer debates serios. El segundo elemento es el derivado de lo que muchos
sociólogos denominan como la profecía autocumplida, que viene de (Robert) Merton. Es la que dice
que en materia de drogas sólo hay consumos problemáticos o adicciones, pero no es cierto. Hay
muchas personas que viven toda su vida consumiendo marihuana y tienen una vida tranquila, lo mismo
que muchos usuarios de cocaína y heroína. Claro que hay otros que no, pero usualmente son una
minoría. Pero si tenemos la percepción de que todos los usuarios de drogas son problemáticos, y
vemos cuál es la situación de marginalidad que tienen los que consumen drogas, así confirmamos esa
teoría, aunque no sea cierta.
—¿Entonces propone legalizar todas las drogas?
—Yo planteo legalizar todas las drogas, pero admitiendo que hay algunas que requieren
una regulación mucho más estricta que otras. Yo he escrito un artículo en el que defino cuatro
tipos ideales de políticas para las drogas. Primero, tenemos dos modelos dentro del marco de la
prohibición: la política del derecho penal extrema, que se liga a la llamada guerra contra las
drogas; y la del derecho penal mínimo, que son las estrategias que admiten despenalizar el consumo
y algo de la distribución al por menor, pero no la producción, que son las políticas experimentadas
en Holanda, Suiza, y ciertas ciudades alemanas e inglesas. Luego, por fuera de la prohibición
también hay dos propuestas: la de liberalización, que fue defendida en algún momento por Milton
Friedman, que planteaba someter las drogas a las reglas del mercado, algo que me parece
problemático porque ciertas drogas sí generan problemas de salud pública que ameritan una
regulación estricta y, por último, las políticas de regulación, que descriminalizan las drogas pero
las someten a regulaciones muy estrictas. No creo que en el corto ni en el mediano plazo la
legalización ocurra, aunque es deber de los académicos seguir planteando que ésa es la alternativa
globalmente más apropiada.
—Dice que hay drogas que causan problemas de salud pública, ¿podría establecer cuáles son
las diferencias que observa?
—Distintos estudios han demostrado que no es verdadera la oposición entre drogas
ilegales y drogas legales, como el alcohol y el tabaco, que serían menos dañinas. El gran giro a
favor de la legalización se dio cuando se conocieron investigaciones empíricas que probaron que
había usuarios de drogas ilícitas que podrían llevar una vida funcional, ser padres de familia o
buenos trabajadores. El primer riesgo de las drogas es que deben ser controladas o sancionadas,
porque el consumo de algunas puede producir comportamientos violentos o disminuir la actividad
sensitiva del que las utiliza, como es el caso del alcohol. El otro problema es que pueden generar
adicción, algunas más que otras. Por ejemplo, la heroína es una droga muy adictiva, pero que genera
comportamientos disfuncionales sólo cuando los usuarios no pueden acceder a ella. Así fue como en
Suiza o en Inglaterra se desarrollaron programas para darles heroína a muchos usuarios que son
relativamente funcionales. El crack, por el contrario, es una droga muy asociada a incidentes de
violencia, mientras que el tabaco es muy adictivo y genera daños a la salud pero no ocasiona
problemas de comportamiento. En cambio, la marihuana es poco adictiva, genera una cierta adicción
psicológica y pocos problemas de comportamiento. Pero la cocaína es mucho más adictiva y consumida
en dosis altas puede generar comportamientos problemáticos. Lo importante al regular las drogas es
definir usos, abusos y adicciones. Eso permitiría una regulación relativamente razonable.
—¿Cómo serían las políticas de regulación que usted propone?
—Algunos académicos hablamos de una regulación diferenciada de la producción, oferta y
distribución de las sustancias, con distintas prohibiciones, como que no se admita publicidad o
venta a menores, por ejemplo. En ese caso, también tendríamos un mercado paralelo pero sería mucho
más controlable y habría una oferta globalmente manejada por el Estado, con venta permitida sólo en
algunos sitios y con el requerimiento previo de una prueba de adicción. Lo que ha demostrado la
experiencia del cigarrillo es que con campañas públicas adecuadas de información, con restricciones
al consumo pero no con la prohibición, se pueden tener efectos notables en términos de disminución
de la adicción y de los problemas de salud pública que trae asociados y, lo más importante, sin
aumentar los problemas de mafias, corrupción, inestabilidad institucional y marginación de los
usuarios. Cuando se logró vencer las presiones de las tabacaleras, se creó un mercado pasivo:
disuadido por el Estado, pero tolerado. Yo creo que ésa es la solución.
—Parecería ser que el narcotráfico termina inundando todo, desde el control policial,
hasta el rol del Estado. ¿Los intereses que corrompió ese flagelo son los que impiden que avance
una postura como la que usted propone?
—Yo soy muy crítico de los narcotraficantes, pero también de la prohibición de las
drogas, y no veo una contradicción en esta postura. Creo que los carteles serían favorables a la
despenalización, porque así podrían legalizar sus fortunas. La gran paradoja de América latina es
que, como no hemos legalizado las drogas, nos ha tocado recurrir a la legalización de los
traficantes, tal es el caso de los integrantes de las mafias que reciben protección a cambio de
información. Puede que los traficantes y la burocracia que vive de eso sean los actores más
interesados en que no se regularice el mercado, pero son más importantes los temores de la sociedad
y de ciertas familias que creen que la prohibición los protege, lo cual no es cierto. Algunos
piensan que con la legalización sus hijos van a estar sometidos a que les ofrezcan drogas en todos
lados, cuando es todo lo contrario: con la prohibición hay dealers a la salida de los colegios
porque es un buen negocio, y no hay nadie ofreciendo alcohol o cigarrillos porque no es redituable.
La prohibición da una ilusión de protección, por eso hay que desmontar estos temores.
—Colombia es uno de los países más sumergidos en el narcotráfico, ¿cómo es ponderada en
su país la posición que usted defiende?
—Es minoritaria. Yo escribí un artículo que se llama “Entre el desfase de los que
saben y los que hacen”, porque cuando uno observa a los que investigamos las drogas en la
academia, descubre que mi posición es mayoritaria. No digo que todos seamos legalizacionistas, pero
los que hemos estudiado detalladamente el tema, desde el punto de vista del derecho, la economía,
la sociología y la ciencia política, la mayoría coincide con lo que yo pienso. En cambio, si uno
lleva esa posición a los decidores y a la opinión pública, la postura es muy distinta. Pero yo
prefiero seguir teniendo una posición más radical, para demostrar que hay políticas alternativas
posibles.
—¿Coincide con la postura que advierte que el Estado colombiano ha colapsado por el
avance del narcotráfico?
—El poder de las mafias en Colombia es muy grande, pero yo no creo que Colombia tenga
un Estado colapsado, o en vías de colapso. Es cierto que hay mucha penetración de las mafias en el
poder político, pero ya se ha podido reaccionar frente a este problema en el pasado, como en 1989
contra el Cartel de Medellín, cuando se logró derrotar esa amenaza, aunque todavía no hemos podido
controlar el surgimiento de nuevas mafias. No obstante, confío en que el Estado colombiano tiene
resistencias democráticas suficientes. Es el caso, por ejemplo, que evidencia la actual reacción
muy valorable del Poder Judicial en su lucha contra la penetración de organizaciones
narcoparamilitares en la política y la fuerza pública. Eso demuestra la capacidad de resistencia
del Estado colombiano.
—¿Qué diferencias puede establecer entre la relación que tiene la droga con los
paramilitares y la que tiene con la guerrilla?
—La guerrilla ha obtenido ingresos del narcotráfico para financiar su actividad
revolucionaria, lo que ha generado efectos terribles en términos de incrementar su potencial
bélico, pero también en la degradación de la ética guerrillera. Del Che Guevara a los comandantes
guerrilleros colombianos, hay un abismo. En cambio, los “paras” siempre han estado
asociados a narcotraficantes que se reconvierten en terratenientes y articulan grupos
paramilitares, o narcotraficantes que se alían con paramilitares.
—Colombia no ha podido resolver el problema de las drogas, pero el presidente Álvaro
Uribe continúa con altos niveles de aprobación popular, ¿cómo se explica?
—La popularidad de Uribe deriva en que les ha dado a los colombianos una sensación de
seguridad que reclamaban frente al aumento del desafío guerrillero, generado en los 90, cuando
incrementó su capacidad de fuego. Las clases medias urbanas encontraron en el gobierno un
sentimiento de seguridad, en algunos casos basados en hechos reales, pero en otros, sin
fundamentos. Eso generó su aprobación, pero lo acertado de su estrategia es otra historia.
—¿Cómo califica los resultados del Plan Colombia para atacar las drogas?
—Uno de sus defectos es orientarlo con el único criterio de controlar el
narcotráfico. Yo creo que si estuviera destinado a aumentar el fortalecimiento de la democracia,
incluyendo un robustecimiento de su capacidad militar, pero sin que se mire exclusivamente su
eficacia en términos de disminución de oferta de drogas ilícitas o áreas fumigadas, entonces
tendría un mejor resultado.
—El presidente boliviano, Evo Morales, ha hecho una reivindicación muy fuerte de la
producción de coca y su base política, incluso, se origina en los cocaleros del Chapare. ¿Cómo
analiza su intención de encontrar nuevos mercados para la producción de coca?
—Lo de Evo tiene que ver con la idea de defender los usos distintos de la coca, de
dejar en claro que no sólo hablamos de cocaína. Pero, además, se trata de una reivindicación
cultural porque muchas culturas indígenas y amazónicas tienen una práctica ritual muy asociada a la
coca. A mí me parece muy bien esta defensa, es como que en algún momento a alguien se le ocurriera
prohibir el uso del vino a los franceses, sin importar que la cultura francesa tiene una relación
muy fuerte con el vino. Morales intenta generar un respeto a la diversidad de otros pueblos y me
parece muy elogiable lo que está haciendo en materia de la coca.
—¿Conoce algún otro caso de búsqueda de producciones alternativas?
—En Colombia también tuvimos hace un tiempo unas comunidades indígenas que
plantearon producir mate de coca, algo que está autorizado por la Convención Unica de
Estupefacientes, precisamente, para generar a los campesinos ingresos distintos a los que provenían
del narcotráfico y así disminuir la oferta. Pero el gobierno colombiano prohibió esa producción.
Creo que fue una ridiculez, porque en vez de asegurar consumos de coca que no son problemáticos, se
terminó fortaleciendo al narcotráfico, donde terminaron recayendo esas comunidades indígenas.
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