Alfombraron con votos y rompieron la tendencia. La Ciudad quiso claramente que ellos sean los que
la dirijan y al hacerlo se produjo un sustancial cambio de época.
En once años de autonomía condicionada y cautiva del despotismo del Gobierno central, Buenos
Aires tuvo en Fernando de la Rúa, Enrique Olivera, Aníbal Ibarra y Jorge Telerman a exponentes
diversos con un amplio y evidente denominador común: en algún momento gobernaron juntos. Todos
ellos han compartido destinos, estilos y proyectos.
Macri y Michetti vienen, en cambio, de otro lado y tienen posibilidades de ir a otra parte.
Se dan las condiciones de posibilidad para una modificación profunda de la manera de conducir una
sociedad.
Vilipendiado hasta la tontería por el presidente Néstor Kirchner, Macri fue definido por el
Gobierno como el símbolo de lo que la Casa Rosada describe como su contracara: bandido, voraz,
mafioso, corrupto, contratista eterno del Estado, neoliberal, criminalizador de la pobreza.
La satanización fracasó ostensiblemente en la Capital Federal. Aun en el escenario menos
benévolo para Macri y Michetti, lo que precisamente Kirchner dice detestar recibe en la Ciudad de
Buenos Aires aval directo de casi la mitad del electorado.
Pero no bien se supo que el 45 por ciento del pueblo porteño había votado a Macri y Michetti,
la ministra de Economía, Felisa Miceli, declaró que el proyecto de los ganadores representaba a los
“magnates y a los pudientes”. Asombroso hallazgo: en la capital nacional del cartoneo,
casi la mitad de los electores, en realidad, lo que desearían es que los ricos sean más ricos.
Daniel Filmus opinó que quienes ganaron este domingo son quienes “hambrearon,
marginaron y excluyeron”. Los que votaron ese proyecto, dice Filmus, se
“equivocaron”. El ministro de Educación está persuadido de que los ganadores del 3 de
junio son los que quieren “volver a los ’90” y se proponen sólo un
“bienestar para pocos”.
El corte político y cultural entre lo que prevaleció de 1996 a 2007 y ahora es notable, pero
lo más relevante de esa transformación es Macri y Michetti. Ellos y la plataforma que sostienen se
presentan con una serenidad y falta de crispación muy notables.
Podrán ser “a-ideológicos” en el sentido setentista del concepto, pero resulta ya
evidente que el Gobierno nacional fracasó en estigmatizarlos como expresión de la derecha
antidemocrática.
Por el contrario, en el lenguaje del kirchnerismo, lo que hay es “falsa
conciencia” en los ganadores. Serían, como alegaba la izquierda hace 40 años,
“alienados” que ignoran o descreen de sus propios intereses de clase. En vez de
respetar sin vueltas la decisión de una mayoría tan expresiva, quienes arañaron el segundo lugar
prometieron ir a una segunda vuelta para cuestionar a los ganadores de ayer la firmeza de sus
convicciones.
En verdad, el enroscado galimatías porteño mostraba algunas ideas en común entre los votantes
de Filmus y los de Telerman, pero la tóxica campaña de descalificaciones que la Casa Rosada lanzó
sobre el jefe de Gobierno de la Ciudad generó un clima envenenado que hizo imposible toda discusión
racional. En un sentido, puede decirse que en las dos semanas previas a las elecciones, Telerman
fue mucho más enemigo para Kirchner que el propio Macri.
El Gobierno hizo por Filmus lo que no hizo por Rafael Bielsa en 2005, ni por Aníbal Ibarra en
2003. Al que fuera canciller de Kirchner se lo apoyó poco y nada y sacó, sin embargo, un muy digno
20,49 por ciento de los votos en las legislativas nacionales de ese año, cuando se votaba para
cargos que reportaban directamente a Kirchner. Los escasos puntos que Filmus consigue ahora arriba
de ese 20,49 por ciento deben medirse considerando que, en esta ocasión, la Casa Rosada saqueó la
carnicería y puso toda la carne en el asador. ¿No calificó, acaso, el Presidente de
“minirratones” a los dirigentes de la oposición en una de sus últimas apariciones?
Particular relieve tiene la figura de Michetti. No es una vicejefa cualquiera: carece de
movilidad en sus piernas, se desplaza en silla de ruedas, es mujer y, por encima de todo, anda por
la vida con una tenacidad y una sencillez llamativas.
Opacada ya tal vez de manera definitiva la paradojal y a menudo irritante personalidad de
Elisa Carrió, Gaby Michetti es ya una de las dos mujeres políticas más interesantes del país, junto
con una Cristina Fernández de la que la separa todo, incluyendo hasta la artificialidad cosmética
de la Primera Dama, que confronta con la frugalidad de la compañera de fórmula de Macri.
La performance de jefe de Gobierno casi electo anoche ratifica una verdad aritmética
desprovista de matices: mientras que en 2005 había obtenido el 34 por ciento de los votos, ahora
sumó 10 puntos, arañando la mitad del electorado. Ese progreso se vincula con la fatiga del
electorado ante la cultura política dominante desde 1996, los cambios asumidos y realizados por el
propio Macri y el factor Gaby, que equilibró y enriqueció de manera enorme la capacidad de
“punch” de ese espacio.
El resultado del 3 de junio es casi devastador para Carrió y su despótico estilo
hiperpersonalista y mesiánico, y arroja un más que mortecino balance para los proyectos de Roberto
Lavagna. Mientras que, al margen de la fiebre militante recalentada de anoche, Kirchner sale sólo
con lo puesto (lo que no es poco, pero tampoco mucho), la candidatura de Ricardo López Murphy a la
presidencia del país recupera ahora sustento y proyecciones.
Ecuación irreductible y venturosa: eran los votos, son los votos, serán los votos.