“
Tipo que no da, pero bueno... nada”, dice él; ella responde: “
Buena onda, todo bien”, y finalmente cierran la charla con un “
Dale”. Cada uno siente que el otro entendió lo que estaba diciendo, ambos
consideran incluso que ellos mismos entendieron lo que querían decir.
“
Los que estamos en crisis somos nosotros, los que abrimos las puertas a los saqueadores de
ese petróleo último del habla que es el lenguaje, los que pretenden erradicarlo de la conciencia
colectiva porque temen su vitalidad, su creatividad, su capacidad de juego y de denuncia, todo lo
que nos aparte del triste mercado de bienes inútiles y suntuarios con que se nos persigue y aplasta
cotidianamente”, expone la lingüista y poeta
Ivonne Bordelois en uno de sus libros de ensayos sobre el tema,
El país que nos habla
.
Filósofos y pensadores varios aseguran que los intereses económicos del mundo globalizado
fueron abogando por una masa aletargada, como dormida, para que haga caso sin chistar, trabaje sin
quejarse y compre todo lo que le quieran vender. “
Para eso se usa un lenguaje básico de dos o tres mil términos y se nos lava la cabeza
constantemente”, explica Bordelois y agrega, rotunda: “Si nos asentamos en las riquezas
naturales del lenguaje, nos constituimos en una gran amenaza”.
El idioma español tiene casi
400.000 palabras y sólo se utiliza una ínfima parte de ellas, según
Emilio Rojas, científico de la ortografía española.
Buenísimos, boludos, obvios, o seas, poneles y trascas van rellenando los
discursos cotidianos. “
A ver”, “
todo mal”, “
onda que” y otros lugares comunes del mismo estilo vacío, cada vez más,
se escuchan en publicidades, programas de tevé y hasta en campañas políticas.
“
Va a estar bueno Buenos Aires”, reza el eslogan con
problemitas gramaticales con el que el empresario
Mauricio Macri intenta convencer a los electores para que lo elijan jefe de
Gobierno y continúa así su tendencia de la nada misma iniciada con “
Esto es PRO”.
El críptico “
a + Buenos Aires” con que
Jorge Telerman se hizo cargo de su ascenso después de la destitución de Aníbal
Ibarra les quitó el sueño a varios: ¡
A + Buenos
Aires!, cayeron finalmente algunos y otros tantos lo harán al leer estas líneas. Frases
como “
Dar el asiento es buena onda” o “
Buenos Aires es de todos los vecinos” acompañan los pósters al estilo
Andy Warhol que pregonan que él es “
El único que tiene la Ciudad en la cabeza”.
Muchos lingüistas aseguran que la tendencia a
vaciar las palabras de contenido se
comenzó a evidenciar en los 90 en todo el mundo. Particularmente en Argentina,
la vida menemista de “sushi y pizza con champán” trajo un
aturdimiento farandulero, después
De la Rúa encarnó el paradigma de la retórica sorda (“
Dicen que soy aburrido
”, declaraba monótonamente, cual zombi) y ahora, la
era K encarna una aparente
honestidad brutal basada en la
sencillez del discurso que, en realidad,
tapa más de lo que muestra.
La idea de
“la nada” fue el desvelo de tantos y, quizás, el principio mismo de la
filosofía. Para los griegos era la negación del ser; y a partir de ahí
Kant, Hegel, Heidegger y Sartre, entre otros, pensaron al respecto. Hoy la nada es
enunciada más que nunca y tal vez por eso nos encontramos varados, cual existencialistas, ante la
incógnita de poder o no definirla. Pero bueno, nada. ¿Qué vamos a hacer?