—¿Por quién votó en las presidenciales desde que empezó a votar?
—En la de
Alfonsín, no podía votar porque tenía 17 años.
—¿Lo hubiera votado?
—Sí, y después, como tenía domicilio en Laprida (provincia de Buenos Aires) voté en
algunas elecciones legislativas...
—¿En 2003 hubiera votado por Kirchner?
—Sí, porque no tenía ni idea de esta cosa autoritaria, pensé que era gente muy
sensata, muy de la provincia.
—Menem también era de la provincia.
—Sí, pero tenía una imagen muy diferente. No puedo conciliar la imagen que tenía de
los
Kirchner con lo que pasa hoy.
—¿La imagen del matrimonio Kirchner en 2003 era la de Cristina Kirchner por su actuación
en el Congreso?
—Sí, me parecían personas que venían con un criterio de sentido común. En las
elecciones anteriores hubiera votado por De la Rúa, y las de Menem, a él no lo hubiera votado...
¿Contra quién compitió Menem?
—La primera, con Angeloz, y la segunda, con Bordón.
—La primera no sé, la segunda, a
Bordón definitivamente.
—¿Y ahora por quién votará?
—Me cuesta definirme en ese tema, porque nosotros sabemos que cada cosa que decimos
tiene impacto en la proyección de las elecciones nacionales y no sólo (la indefinición) es una
estrategia electoral sino que tenemos la responsabilidad de no salirnos de esta cancha (la de la
Ciudad) porque si no entramos en el juego que no queremos entrar.
—Yo no me refiero al PRO sino a usted como ciudadana.
—A mí lo que me gustaría es que hiciéramos algo todos juntos, con
López Murphy, con
Carrió y con
Lavagna. Yo soñaría eso y todavía no entiendo por qué no es posible porque los
conozco a los tres y si bien cada uno tiene un perfil distinto, tienen cosas en común que podrían
aportar y construir la alternativa que es tan necesaria. Por supuesto que a Lilita yo le tengo un
respecto especial, creo que es una persona muy necesaria en el sistema. Ella es la que introdujo la
variable de la ética política como una variable fundamental, prioritaria, y para mí es una persona
imprescindible.
—¿Votará por Carrió?
—Hoy, sí.
—¿A qué atribuye que ese acuerdo que a usted le parece tan lógico no se produzca?
—Todavía se arrastran, sobre todo en los políticos que han estado más tiempo en la
política, límites, peleas, imágenes o percepciones del otro que separan, y preconceptos. También
que alrededor de cada uno de estos dirigentes, de sus partidos, hay una tendencia a no generar una
conversación y a hacer que el diálogo entre ellos sea muy difícil, porque cada uno siente que
perdería la identidad. Conociéndolos por separado, uno sabe perfectamente que podrían conversar y
verse mutuamente valiosos tanto
López Murphy,
Carrió como
Lavagna.
—¿Ve alguna posibilidad de que eso pueda cambiar después del 24 de junio?
—Sí, siempre tengo la sensación de que se puede establecer algún vínculo y algún puente
y me da la impresión de que si nosotros, como creo probable, ganamos la segunda vuelta de la
campaña va a haber una sensación y una especie de disparador de más entusiasmo para generar
alternativas opositoras.
—¿Ve más probable un acercamiento entre ustedes y Carrió, o entre ustedes y Lavagna?
Ustedes podrían aliarse con cualquiera de ellos pero Carrió y Lavagna parecen irreconciliables.
—Y con López Murphy, también. Hubo distintos acercamientos con Lavagna en el pasado
pero en estos momentos no porque estamos muy concentrados en la Ciudad.
—A ver si se puede sintetizar: usted, en lo personal, y López Murphy están más cerca de
Carrió; Macri está más cerca de Lavagna, los dos anti-Lavagna son López Murphy y Carrió, y usted es
la que se lleva bien con todos.
—Sí, a mí me encantaría que se pudiera, como mínimo, generar una conversación, por lo
menos como testimonio de diálogo e imagen para la ciudadanía, porque reconciliar a un montón de
gente es la contraimagen de lo que vivimos hoy.
—A López Murphy, Carrió y Lavagna los une la defensa de valores republicanos pero ninguno
de los tres alcanza hoy a ser un candidato con posibilidades de triunfo que les justifique a los
otros dos resignar su protagonismo. ¿El único sería Macri?
—Definitivamente, Mauricio generó un nivel de representación muy fuerte, porque lo del
espaldarazo del domingo, casi el 46% de los porteños en una primera vuelta en una elección que es
siempre, indefectiblemente, de segunda con un sistema como está planteado, es muy impresionante.
Además es muy impresionante el nivel de simpatía y de apoyo que tiene en el país, lo que pasa es
que Mauricio está muy en el tema Ciudad. Yo creo que el escenario posterior al 24 de junio puede
ser un escenario distinto del que estamos analizando hoy, quién sabe... si ellos se sentaran a
conversar, podrían tener un diálogo constructivo, generar alguna posición común nos daría un
resultado totalmente distinto.
—¿Pero quién sería el candidato?
—No tengo idea.
—Carrió salió herida de estas elecciones, Lavagna no alcanza grandes niveles de adhesión
y López Murphy, tampoco. ¿Macri es el único que podría aglutinar a la oposición?
—Sí, pero Macri va a estar metido en lo que hemos decidido hacer, que es este paso
importante de gestión concreta en la Ciudad de Buenos Aires.
—Un eventual resultado del “ballottage” que deje a Macri cercano al 70%
contra poco más del 30% del candidato oficialista, ¿creará una presión sobre Macri para que pase a
competir en octubre como presidente?
—Puede ser que haya cierta presión pero se puede asegurar que Macri no va a cambiar su
objetivo después del 24. El siente como yo, que estamos tratando de ser representantes de la
ciudadanía porteña, nos hemos presentado para eso y es una irresponsabilidad absoluta, después de
haber sido elegido para manejar el gobierno de la Ciudad, correrse.
—¿Una irresponsabilidad absoluta?
—Sí. Si los ciudadanos confiaron en nosotros para eso, nosotros hicimos muchísimo
hincapié y hacemos muchísimo hincapié en que la Ciudad de Buenos Aires necesita un gobierno local,
o sea que el ciudadano votara con la cabeza pensando en su ciudad.
—Otros vicejefes sucedieron al jefe de Gobierno elegido: Olivera sucedió a De la Rúa y
Telerman sucedió a Ibarra. ¿Sería posible que usted termine siendo la jefa del Gobierno?
—No, definitivamente no, porque quien está con la capacidad de hacer ese gobierno es
Macri y yo estoy con la capacidad de acompañar y de hacer de vicejefa, esto es así, está muy claro
en el equipo que tenemos, está muy claro en mí y en él. Definitivamente no. Además, creo que las
construcciones políticas serias son construcciones de procesos de largo plazo, tienen una dimensión
temporal.
—¿Y presidenta en 2011?
—Puede ser, porque nosotros hoy tenemos mucho más seguridad y mucha más solidez para
trabajar en el Gobierno de Buenos Aires que para construir esa alternativa, me parece que hay que
ser consciente de eso y que hay que generar una gestión de gobierno que dé tal nivel de
confiabilidad y de imagen sólida que entonces permita crecer después.
—¿Se equivoca el Presidente al asumir personalmente la contienda contra Macri en un
“ballotage”, y le hubiera sido políticamente más provechoso festejar el segundo puesto
de Filmus y retirarse exitoso después de haber superado a Telerman?
—Me sorprende la virulencia y agresividad con la que se han tomado el Presidente y
nuestros adversarios la segunda vuelta.
—Pregunto si es autodestructivo...
—Me parece que el razonamiento que tiene que estar haciendo el Presidente es:
“bueno, yo puedo ser el único peronista que saca más puntos o más porcentaje de votos en la
Ciudad que cualquier otro peronista en la historia”.
—No sería así porque con Menem; Erman González ganó las elecciones en la Ciudad.
—Sí, qué sé yo. A mí me parece un poco fuerte, y no me siento en condiciones de decir
que no sea sensato porque me parece que hay una lógica de construcción política, que yo no la
comparto, pero que ellos creen correcta.
—¿Kirchner es sensato, entonces?
—Yo no soy una persona que esté en condiciones de descubrirle la cabeza al otro en
términos de cómo se piensa la política. Primero, porque no tengo la experiencia suficiente para
eso, y segundo porque yo concibo la política de una manera bastante distinta a algunos que tenemos
como adversarios. Entonces, en esas lógicas de poder tan intrincadas, yo no sé qué cosas puede
haber. A lo mejor tienen alguna racionalidad, no sé, por ahí está convencido de que la ciudadanía
porteña le va a dar un apoyo porque él logra mostrar que Macri es, no sé... Me cuesta encontrarle
la racionalidad al tema, pero sospecho que alguna tiene.
—¿Cree que va a ser Cristina Kirchner la candidata?
—No, me parece que él. Me cuesta mucho pensar que va a ser
Cristina Kirchner, nunca me creí eso. Es mi intuición nada más, mi cabeza está muy
concentrada en tratar de ir paso a paso viendo un proceso generacional, de un camino y que no hay
que ni hacer atajo ni acelerarse, ni ponerse ansioso, porque mi sensación es que cuando hubo en la
Argentina iniciativas que por centroizquierda o por centroderecha venían con criterios de reforma
al sistema político en ese sentido más republicano, más moderno, se aceleraron demasiado, se
metieron demasiado rápido en el sistema, y fue la ansiedad la que los llevó a terminar muy mal.
—¿Desde esa mirada generacional, ésta es todavía la era de Kirchner, de Lavagna o Carrió
y deben agotarla ellos mismos?
—Me parece que todavía estamos en ese momento de transición y que me da la impresión de
que si no logramos construir un diálogo entre todos los dirigentes políticos que tienen algo que
aportar a una alternativa, definitivamente estamos en un proceso que todavía no terminó, una
transición que todavía no terminó con Kirchner y me da la impresión de que nosotros tenemos la
responsabilidad de ir construyendo la alternativa generacional a partir de la gestión.
—O sea: ¿Kirchner tiene que ser reelecto para terminar su obra, Lavagna consumirse en la
misión de hacer un poco de balance opositor y, completando el ciclo generacional, Carrió
–como prometió– no presentarse nunca más como candidata después de una nueva derrota?
—No comparto para nada la posición de
Carrió sobre no se presentarse más, porque su pelea en el sistema político, y ella
siempre lo ha planteado así, es una pelea necesaria. Me parece terrible que lo plantee así. Yo
espero que ella recapacite en ese sentido y que si no tiene posibilidades de ganarle a
Kirchner o no se genera como alternativa para ganarle a Kirchner en el 2007, siga
siendo una persona constructiva para el sistema político. Son cosas que se dicen en escenarios que
tal vez dentro de dos años no tengan nada que ver.
—Más allá de Carrió, tras las elecciones de octubre, ¿comienza la era de la generación de
Scioli y Macri?
—Puede ser, lo que pasa es que yo a Scioli lo veo un poco más formando parte de
esta transición, porque él viene hace rato en la política. Sí, podría ser uno de los emergentes y
el hecho de que se presente a la gobernación puede ser su lugar de construcción.
—Si Scioli se hubiera presentado en la Ciudad, como era originalmente su plan, ¿le habría
costado más a Macri triunfar aquí? ¿Se equivocó Alberto Fernández y lo mejor para el oficialismo
hubiera sido Scioli en la Ciudad, Cristina en la Provincia y Néstor Kirchner para Presidente?
—Con
Scioli me imagino una campaña mucho menos embarrada, menos agresiva, me da la
impresión que en eso Scioli es más pro-positito (sic por “pro”). Con Scioli hubiera
habido una parte del electorado que podría compartirse, o sea que hubiese sido un esfuerzo de
seducción y de convencimiento a la gente en ese segmento un poco más difícil, porque hubiera
polarizado menos.
—¿En algún momento se pensó que si Scioli se hubiera presentado en la Ciudad lo mejor
para Macri era aspirar a presidente?
—Fue un elemento que Mauricio analizó, pero primó mucho más este convencimiento de
que pudiendo tener muchas más posibilidades de llegar a gobernar y tener gestión en la Ciudad, ésta
era la etapa que había que cumplir. En la Argentina de hoy, para construir se necesita tener un
gobierno para generar gestión concreta, y si se presentaba a presidente y no tenía una alternativa
realmente fuerte para ganar porque todavía la intención de voto a Kirchner era realmente muy alta,
la construcción por el camino de tener más diputados y más senadores, cuando en realidad los
Poderes Legislativos no tienen ningún peso ni ninguna entidad en la transformación de la realidad,
hubiera sido desperdiciar una oportunidad de construcción fuerte. Primó más esa lógica, acá tenemos
una alternativa muy posible de ganar y mostrar gestión de gobierno en un lugar donde la visibilidad
y el escenario es muy fuerte.
—Todo ese análisis parte de una hipótesis que Kirchner tiene que tener cuatro años más.
—No es que tiene que tener, porque yo no votaría a Kirchner.
—Pero sí la gran mayoría.
—A mí me gustaría que hubiera una construcción alternativa, pero hoy la realidad
dice claramente que la gente sigue apoyando esta gestión de gobierno y que considera que tiene que
seguir cuatro años más. Esa realidad tiene que ver con algunas cosas que el Gobierno ha hecho bien,
y otras con la falta de conversación y disposición de los candidatos de la oposición a construir
una alternativa.
—¿Kirchner gana más por lo mucho que hizo bien o porque no existe otro que garantice
corregir lo mucho que hizo mal?
—Supongamos que fuera
Macri el candidato; salvo López Murphy, no veo a los otros candidatos de la
oposición demasiado dispuestos a aceptar su liderazgo. O sea que igualmente habría una
fragmentación. No pareciera hoy haber el espacio para esa construcción pero yo querría esperar a
partir del 24, porque en este país, cuando hay algunos disparadores o algunas situaciones que
pueden generar un quiebre o incluso en los ciudadanos un impacto emocional diferente, pueden
aparecer puertas o caminos nuevos.
—Más que falta de espacio, lo que es falta es un candidato.
—Sí, sí, ya sé. Es claro que hoy no tenemos dirigentes bien posicionados o candidatos
como alternativa a Kirchner.
—En las últimas elecciones el Frente para la Victoria obtuvo el 39%.
—No sé por qué, si la imagen (positiva) del Presidente es muy alta. Hay que esperar
un poquito, están pasando cosas que van a generar un aire distinto y tal vez la conversación de esa
gente sea más posible, y tal vez a partir de eso pueda salir un candidato y la gente vea que se
hicieron los esfuerzos de ponerse de acuerdo y entonces confían más en ellos. Hoy un ciudadano
argentino no se puede imaginar a ninguno de ellos sentados conversando tranquilos una alternativa.
—¿Falla la representatividad de la oposición?
—Sí, y es increíble que nos pase porque quiere decir que no hemos generado como
sociedad una dirigencia representativa de mucha gente. Esa representación está muy fragmentada
porque los líderes tienen esa concepción de identidades cerradas. Si pensamos que este gobierno
hace muchas cosas bien pero que tiene vocación hegemónica, que realmente no le hace para nada bien
al futuro de la Argentina, el hecho de que no exista la posibilidad de que gente con la formación,
valores y trayectoria de los que están en la oposición puedan juntarse, es increíble.
—¿En qué se equivocó Telerman?
—Creo que se metió en la trampa de la pelea microclimática y eso lo distanció de la
ciudadanía, no pudo llegarle. Se quedó discutiendo con los que tenía enfrente para sacarlos de la
cancha.
—¿La trampa sería entonces pelear con Filmus?
—Sí, con Filmus y meterse en ese microclima. El estaba en esa conversación y no era una
conversación con la ciudadanía. En el debate se notó eso, creo que se metió en la trampa. Además,
tenía una fuerte debilidad de inicio que, si bien yo valoro su vocación de diálogo con los
políticos, no tenía la solidez de equipos fuertes propios para presentarse frente a la ciudadanía
como una alternativa de un gobierno. El era más de la continuidad de todo lo que veníamos viviendo
hace diez años.
—¿La alianza con Carrió después de que Telerman había dicho que votaría por Kirchner
resultó poco sólida?
—Yo leo que como él se compró la pelea con
Filmus hizo la alianza con
Carrió por eso.
—¿La alianza con Carrió sería la consecuencia de la pelea con Filmus?
—Yo creo que él necesitaba sentirse fuerte, consolidarse frente a Filmus e hizo esa
alianza que era totalmente contradictoria.
—¿Sin la alianza con Carrió hubiera tenido más chance?
—Tal vez, sí, porque a mí me parece que lo que quedó claro el domingo es que la gente
votó muy convencida de que esta vez necesitamos un equipo de gobierno que se ocupe de la Ciudad, no
es que esté pensando en la inserción internacional de la Argentina con
Bush o
Chávez o que esté pensando si la década del 90 o del 70.
—¿Telerman podría ocupar en el gobierno de Macri algún puesto importante?
—Estamos en espacios diferentes. Nosotros tenemos la convicción de trabajar muy en los
equipos que hemos ido formando y no en la alianza con políticos o con dirigentes políticos que por
ahí son muy difíciles después de sostener en el trabajo cotidiano.
—Telerman se equivocó en ser reactivo en lugar de creativo al aparecérsele Filmus, ¿y en
qué se equivocó Carrió al hacer la alianza con Telerman?
—Tanto Enrique Olivera, el representante del ARI en la Ciudad y su referente más
fuerte, como
Carrió, muy a pesar de lo que ella dice, están más cerca de nosotros y de la
manera que nosotros queremos construir la política y hacer la gestión pública que de lo que venían
siendo las gestiones del gobierno de
Telerman. Ahí queda claro el problema de las identidades muy cerradas y de las
trampas en que los dirigentes a veces quedan metidos: “¿Cómo voy a aliarme con un espacio de
centroderecha?” En el ARI se armaría un lío infernal. Pero hoy no podemos definir claramente
el espacio de centroderecha al estilo tradicional ni tampoco el ARI es centroizquierda al estilo
tradicional, porque en la Argentina todavía no tenemos un sistema político con cultura partidaria
ideológica de centroizquierda y centroderecha, como se da en España con el PSOE y el PP, o en Chile
con la Concertación. El peronismo tiene su ala derecha y su ala izquierda, y el radicalismo
también. Me da la impresión de que hay trampas que se han generado en esas identidades que son para
mí más autoperceptivas. Con
Carrió podríamos haber hecho tranquilamente algo en conjunto.
—¿Hubiera sido más inteligente que en lugar de aliarse con Telerman se aliara con
Macri?
—Totalmente. Aunque no necesariamente el apoyo tenía que ser en la primera vuelta,
podría haber ido inicialmente Olivera solo y en la segunda vuelta haber estado más cerca nuestro.
Creo que en la Argentina existe una necesidad de defender valores, que no necesariamente se
inscriben en la centro-izquierda, centro-derecha, yo no divido la política así.
—¿El pasado tiene algo que ver en eso que usted llama “caer en trampas”?
—Sí, porque el pasado es una mochila que fragmenta todo el tiempo y en la famosa
definición de Aristóteles de la política, de que la política tiene la dimensión agonal y
arquitectónica, esa generación, esos dirigentes, están muy concentrados en la dimensión agonal y
muy poco atentos a lo arquitectónico. Cuando uno mira otros países y ve algunos procesos virtuosos,
donde se construye ciudadanía, donde se construye institucionalidad, donde se construye calidad de
dirigencia, claramente han sido procesos así. Por ejemplo, la Concertación en Chile: la Democracia
Cristiana para llegar a hacer esa famosa alianza con el socialismo, tuvo un proceso larguísimo.
—Pero esos partidos tienen, además de años, ideología, mientras que el carácter del PRO
es el postmodernismo, o sea postideológico, basado en un líder como Macri que tiene puntos en común
con otros dirigentes también desideologizados como Scioli o Reutemann en su momento.
—Por eso creo que es un proceso que estamos empezando, yo lo veo a largo plazo. Sueño
con que si finalmente soy la vicejefa del Gobierno de la Ciudad, aprovecharé ese lugar para generar
frente a la sociedad los diálogos necesarios para una construcción de la política de largo plazo.
Hay una necesidad de encasillarnos con esto de la centroizquierda, centroderecha; cuando me lo
preguntan los periodistas, y sobre todo a los más ligados al progresismo, a mí me pasa que tengo la
culpa de no poder definirme de esa manera..., como si al no definirme en esas categorías
ideológicas, estuviera siendo una light que piensa en la tontería de la gerencia pública. En
verdad, no es así, yo no siento que me tenga que definir así por donde en el imaginario, la
centroizquierda es la dueña exclusiva de la sensibilidad, los derechos humanos y la gente pobre, y
la derecha es el orden, la eficiencia...
—Salgamos de la ideología entonces y miremos la construcción del PRO desde una
perspectiva organizacional. Recurrentemente en la Argentina aparecen partidos nuevos que alcanzan
varios millones de votos para luego irse extinguiendo. El Frepaso con Bordón obtuvo 5 millones de
votos en 1995, Cavallo con su Acción para la República superó los 4 millones de votos en 1999, el
ARI de Carrió debuta electoralmente en 2003 y ese mismo año López Murphy con Recrear logró el 18%
de los votos nacionales. Todos estas construcciones se apoyaron en una figura fundacional y Umberto
Eco sostiene que una obra sólo puede considerase tal el día que trasciende a su creador porque si
muere o envejece con el ciclo vital del autor es sólo una proyección de su propio ser. ¿El PRO
logrará trascender a Macri?
—A los que estamos en el PRO nos une la convicción de que a partir de la política y
a partir de estar en el poder, desde el Estado se puede generar las transformaciones que la
sociedad requiere. La política es la herramienta para transformar. En los últimos años, nosotros
vemos un microclima donde los políticos se retroalimentan y se van separando de la realidad.
Nosotros decimos: “Volvamos a poner el Estado y la política en función de soluciones”.
—¿Qué hizo que el peronismo trascendiera a Perón?
—Básicamente la convicción de que ahí se maneja el poder.
—Me refiero a quienes votan al peronismo.
—Hay de todo. Familias que vivieron la época de Perón y les quedó muy fuertemente
arraigado eso que generó, y después el sistema clientelar de una dirigencia que maneje el poder
como un fin y que lo que le importa es llegar.
—¿Cómo imagina al PRO dentro de dos décadas?
—Mucho más respetuoso de las instituciones, de la transparencia, no clientelar y
republicano.
—¿Ocupando el espacio que fue de la UCR en su momento?
—Algunas cosas sí, pero es mucho más que eso. Me da la impresión de que también el
radicalismo se quedó en la enunciación como algo exclamativo y nosotros estamos muy comprometidos
con el hacer, no sólo en el posicionamiento de las ideas, sino en hacer.
—¿El radicalismo se peronizó, incorporó métodos clientelistas y lo republicano quedó
restringido a lo declamativo?
—Nuestro matiz más importante es que nosotros le imprimimos muchísimo más impulso porque
ponemos el acento en el hacer. En demostrar que las herramientas y los recursos de la
administración pública tienen que generar soluciones para el ciudadano. Nosotros estamos anclados
en el tema de la gestión, porque en el pasado la política se metió para adentro y se distanció de
la solución.
—¿Cuál es su opinión de Blumberg, lo imagina candidato del PRO en la Provincia?
—Yo lo valoro muchísimo y me parece que es un referente fundamental en uno de los
temas que más preocupan a los ciudadanos. Me parece muy valiosa la pelea que da. No coincido en
todas las propuestas que tiene para solucionar este tema. Pero es una persona que le ha aportado
mucho a la discusión y al debate en cuestión de seguridad. Por el dolor que vivió y vive, muchísima
gente toma a Blumberg como referente. Puede ser que en la Provincia se convierta un candidato pero
todavía no lo ha decidido.
—Usted va a estar al frente de la Legislatura que en parte destituyó a Ibarra. Ahora lo
tendrá como legislador. ¿Los votos que obtuvo Ibarra son una señal de la ciudadanía de que no
estuvo de acuerdo con la destitución?
—A mí me llama un poco la atención que muchos periodistas digan “el altísimo
caudal de votos de
Aníbal Ibarra”. El 14% de la población no parece ser mucho caudal de votos.
Eso implica que el 86% no lo eligió. Igual yo he sido siempre muy clara con el tema Ibarra: él
tenía derecho a presentarse. A mí me resulta difícil entender cómo él no asumió que fue destituido
como jefe de Gobierno por mal desempeño. Creo que lo tenía que haber asumido.
—¿Retirándose?
—Por lo menos por un tiempo, sí. Eso me llama la atención. Pero bueno, si él se
presenta con un ánimo no revanchista y viene a la Legislatura como un legislador a aportar lo suyo,
discutiremos los temas, debatiremos. Pienso trabajar sin cuestiones personales, sin que la política
se me enrede con las cuestiones personales. El es un legislador más y yo una funcionaria a cargo de
la Legislatura. Pero, la verdad, es raro: es un ex jefe de Gobierno destituido por mal desempeño
que aparece rápidamente de nuevo en escena y compartirá el lugar con quienes le hicieron juicio
político y que no son solamente macristas, hay del ARI, hay independientes e incluso algún
kirchenirsta.
—¿Cómo fue su experiencia de cuatro años de Legislatura?
—Impresionante. Con un nivel de intensidad... las etapas que he pasado todavía no las
he podido reflexionar bien y es una pena que uno viva así, que no pueda capitalizar pensando. Me
retan mucho algunos diciendo que estoy todo el tiempo haciendo y pienso poco. La primera etapa fue
terrible, yo venía de trabajar en las controversias comerciales internacionales, era responsable de
un equipo en el Ministerio de Economía, un equipo técnico, desde hacía unos años trabajaba junto
con Cancillería en la defensa de la industria nacional frente a las controversias comerciales en la
Organización Mundial de Comercio, en peleas con americanos, con europeos, y temas muy lindos por
los que uno se ponía la camiseta, los vivía como una epopeya, era maravilloso porque había mucha
mística.
—¿En la Legislatura no existía la misma mística?
—Cuando llegué a la Legislatura, en los primeros seis meses, lloré día por medio o
todos los días cuando llegaba a casa. No podía creer. Yo decía “¡qué es esta hostilidad, esta
agresividad!” Yo lo sentía así. Era todo tensión, agresión, ver dónde me iban a matar, encima
yo estaba de presidenta de bloque de 22 legisladores sin experiencia política. Algunos legisladores
tenían años en la política y no tenían nada que ver con nosotros. Los primeros meses fueron
dramáticos para mí, sinceramente. Me acuerdo de que mi ex marido me decía: “Pero Gabriela...
no naciste en un repollo, vos venís de un experiencia del Estado, de una gestión pública de alto
esfuerzo y competitividad”. Y yo le decía: “Acá no hay previsibilidad posible”.
Pero mi visión blanco y negro era bastante maniquea y yo también era parte del problema, porque
entré a ese lugar prejuiciosamente y empecé a dividir los que juegan para el bien, lo que juegan
para el mal. Si se ve todo así, como una guerra, se termina en un conflicto permanente, tipo
cruzada. Con el tiempo fui encontrando en los colegas cosas que me iban sorprendiendo, que yo no me
esperaba, porque yo soy una persona que puede tener preconceptos, como cualquiera, pero me permito
sorprenderme, que es lo que me pasó con Macri. Me fui dando cuenta de lo que es un cuerpo
colegiado, de lo que es un Parlamento donde todo el tiempo uno tiene que estar cediendo cosas,
aceptando otras, tratando de llevar adelante las ideas, y empecé a entender esa lógica.
—¿Conoce a Franco Macri?
—No. A ver, lo vi una sola vez en mi vida en un casamiento, lo saludé y nada más.
—¿Qué opinión tiene de él?
—No puedo emitir mucha opinión sin conocerlo a fondo. Es una persona muy controvertida.
Lo que tengo es lo que Mauricio siente por él, evidentemente lo quiere mucho a su padre, y las
consideraciones que él hace respecto de que su padre ha sido un empresario a quien injustamente no
se le han valorado muchísimas cosas buenas, como la generación de empleo y el tipo de trato de los
recursos humanos, cosas que mucha gente reconoce dentro del ambiente industrial. También esa
sensación de una persona controvertida a partir de las vinculaciones con el Estado, que no
necesariamente tienen que ser malas, porque el Estado necesita hacer licitaciones y necesita de los
empresarios...
—¿Usted sabía que el padre de Franco, el abuelo de Mauricio, fue socialista y
periodista?
—Sí.
—¿Y nunca le dio curiosidad conocer mejor al padre.
—¿A Franco?
—Sí.
—Sí, me gustaría conocerlo. Sí me gustaría charlar con él, pero nunca se me planteó.
Fue tan difícil lo que pasó en el año 2003 con la agresión brutal que tuvimos a partir de los temas
de
Franco Macri... Mauricio separa muchísimo las cosas, él está en la política, está
en la construcción, su padre en esto no tiene nada que ver.
—¿Cree en la teoría del Edipo entre Mauricio y su padre?
—No tengo elementos para decir eso, además, soy bastante pobre y bruta para analizar
psicológicamente a la gente. Lo que sé es que Mauricio lo quiere mucho a su padre, pero también
necesita separarse en el sentido de que es una persona con muchas cosas propias, muchas inquietudes
propias, y necesita desarrollarlas.
—¿El hecho de ser mujer, discapacitada y exitosa la convierte en un personaje fantástico
para la sociedad?
—Ojalá que no. Yo estos últimos días no la estoy pasando muy bien en ese sentido.
No me gusta generar sobreexpectativas sobre un ser humano. Y la sobreexpectativa, en mi caso, que
soy tan autoexigente, me produce mucha tensión interna.
—¿La angustia la proximidad del poder?
—Sí, y a Macri le pasa también. El otro día estábamos los dos y él, como muy
colgado. Yo le digo: “¿Qué te pasa?”. Y me dice: “¿No sentís como una presión y
una sensación de... no sé... de uuuuy, qué bueno que está todo esto... pero también qué expectativa
y cómo vamos a tener que satisfacerla?”. Es complicado tanto encumbramiento.
—Me contó que anoche no durmió bien, ¿le sucede desde el domingo o desde antes?
—No, durante la campaña, porque ha sido mucho el nivel de exposición pública y de
compromiso. A mí, generar la expectativa del cambio me hace muy bien. Pero cuando se genera
demasiada...
—¿Tiene miedo de que aquello de no dedicarse a la política porque temía que la acusaran
de ladrona termine resultando una profecía autocumplida?
—Eso no. No sé si será que tengo mucha autoestima y convicción de lo que haremos y
seguridad en los equipos que tenemos. Creo realmente que vamos a hacer una cosa linda, seria e
importante.
—Después de las elecciones, ¿habló con Carrió por teléfono?
—No, le dejé un mensaje, pero todavía no hemos hablado.
—¿Cuánto hace que se divorció?
—Estoy separada hace un año y medio.
—O sea, ¿todavía no está divorciada?
—No.
—Carrió dice que tuvo que dejar casi de ser mujer para hacer política...
—No tengo por qué. Si yo estuviera más “sanada”, o recuperada, podría
volver a enamorarme.
—¿Le parece casual que justo se haya separado cuando comenzó a destacarse
políticamente?
—Sí. No sé si tuvo que ver eso, no tengo muy en claro todavía muchas cosas que han
tenido que ver con nuestra separación. Tal vez ésa fue una más, pero no creo que haya sido
“el tema”, para nada. Me parecería un disparate que la política me haga pagar ese
precio. El hijo de un político me dijo: “No te olvides de que para ser buen político deberías
ser buen padre, buen hijo, buen amigo”. Si uno no es una buena persona, tampoco va a ser buen
político, porque uno se constituye en las relaciones con los otros.
—¿Usted y Macri son la fórmula de los separados?
—(Se ríe) Sí, nos separamos más o menos en el mismo momento. Estamos pasando
procesos parecidos...
—¿Cómo cree que reaccionará la sociedad frente al hecho de que sean separados?
—Hoy es neutro. La gente no piensa para nada en esas cosas.
—¿Le gustaría volver a enamorarse?
—¡Me encantaría!
—¿La llamó su ex para felicitarla?
—Sí.
—¿Con qué frecuencia se hablan?
—No hablamos mucho, pero me mandó sus felicitaciones.
—Entonces no la llamó, le mandó felicitaciones...
—Me mandó un mensaje.
—Se hablan poco.
—Nos hablamos poco, sí. A mí me cuesta el tema. Tenemos un diálogo bastante limitado al
tema de nuestro hijo.
—¿Hay chances de reconciliación?
—Creo que no. Eduardo eligió otro proyecto de vida.
—¿El es productor de “Gran Hermano”?
—El cargo bien no lo sé, pero sí, es uno de los hacedores de Gran Hermano.
—¿Alguna vez vio “Gran Hermano”?
—Creo que 5 minutos, así, de costado. No, no me gusta.
—¿Qué cosa?
—No sé. Pero si hay tanta gente que se engancha con ese entretenimiento, evidentemente
tiene algo.
—¿La política sustituye hoy a la pareja? ¿Se casó con la política?
—Sí, pero no la sustituye. El vacío de la pareja lo tengo. Esto no me sacó ese vacío.
—¿Es un sustituto coyuntural?
—Puede ser. Pero tengo conciencia de que debo volver a organizar mi vida dándoles
importancia y espacio a otras cosas. Si no, una se convierte en un robot.
—¿Le hubiera gustado tener más hijos?
—Sí. Incluso, a los 3 o 4 días del accidente, tuve problemas en el útero, fibromas, y
me terminaron sacando el útero... y no pudimos.
—Me sorprende de una persona como usted la distancia con su ex marido. Dijo que para ser
un buen político hay que ser buena madre, buena esposa, ¿no sería necesario ser una buena ex
esposa?
—Sí... Obedece a que el dolor me impide conectarme más naturalmente.
—No lo perdona
.
—No, no, sí, respeto las decisiones... No es que no lo perdono...
—Le cuesta perdonarlo...
—Me cuesta todavía a mí, no por él, tener una relación neutra o de cierta amistad.
Todavía estoy en el proceso de desengancharme de esa imagen de él.
—Si él quisiera volver, ¿ lo aceptaría?
—No, él no quiere volver, así que no hay posibilidades.
—¿Se imagina dentro de tres años siendo vicejefa de Gobierno y volviéndose a casar?
—No.
—¿Cómo concilia su catolicismo con la separación?
—En nuestra religión, cuando uno se separa, se separa y después ni siquiera puede
comulgar. A mí me parece increíble eso, a pesar de que soy defensora de mi Iglesia.
—¿Lo acepta?
—No.
—¿Lo respeta?
—Claro, lo respeto, y digo “¡no voy a poder con eso! Es terrible. Ese es un
tema que me puse a pensar ahora porque yo no me concibo mucho sola. Tengo una vocación de mujer en
pareja. Eso es realmente completarse. Y lo siento, incluso hoy, como una debilidad en mi propio
trabajo. Como que yo puedo estar mucho más fuerte, más completa, mucho más serena, más en paz si
estoy en pareja. Pero, por ahí, me quedo sola porque nadie me da bola.
—Ya hablamos de su disenso con la Iglesia frente al divorcio, frente a otras posiciones
como el control de la natalidad y la homosexualidad, ¿también está en desacuerdo con la
Iglesia?
—No poder volver a comulgar me parece sí un atraso y que se concilie con las enseñanzas
de Cristo. Sobre las relaciones prematrimoniales y el tema de los anticonceptivos, creo que también
ahí hay una visión muy cerrada, digamos. Yo considero que todo mecanismo de planificación familiar
que no sea abortivo está perfecto y no hace al fondo de los valores cristianos. Sí en el aborto
tengo una posición contraria porque ni siquiera lo tomo como una cuestión de la religión, sino de
defensa del derecho a la vida. Siempre. Respecto de la homosexualidad, yo estoy aprendiendo ese
tema ahora, nunca antes tuve contacto directo.
—¿Se convirtió en la clásica separada con amigos homosexuales?
—No, sucedió antes, en los últimos años. Yo siento que hay necesidad de respeto e
inclusión porque si no la discriminación que eso produce es fatal.
—¿Tiene algún santo preferido?
—No, no soy para nada santera, soy muy jesuita en la formación, entonces soy más de la
razón y la fe.
—Hablándole a un jesuita, ¿cómo es su relación con el cardenal Bergoglio?
—Es una muy linda relación. Yo intenté desde el primer momento en que fui legisladora
llegar a él, y como hay una prima suya que vive en mi pueblo que es muy amiga de mis padres, con la
excusa de que le mandaba saludos de ella lo llamé un día y le dije: “Mire, soy la legisladora
Gabriela Michetti, la presidenta del bloque de Compromiso para el Cambio y querría hablar con
usted”. Esa fue la primera vez que lo vi y desde entonces lo veo bastante habitualmente,
cuando necesito conversar con alguien que me imparta sabiduría.
—En vez del psicólogo personal, es su psicólogo político.
—Hace poco, cuando le conté que había empezado terapia, le dije: “Me cuesta esto
de la terapia, porque nosotros estamos acostumbrados al confesionario y esto es otra cosa”. Y
Bergoglio me dijo: “Pero siga, siga con la terapia”.
—¿Con qué frecuencia ve a Bergoglio?
—Cuando tengo ganas, lo llamo y tengo el honor espectacular de que él me conceda
rápidamente una entrevista. Una vez por mes, una vez cada dos meses. Me encantaría verlo más
seguido, pero tampoco lo quiero molestar tanto.
—¿Y de política qué le dice?
—Un día me dijo: “Te voy a decir cuatro cosas muy simples, pero que si vos las
tenés presentes en tus decisiones o en tu construcción política te van a ayudar”. Y me dijo:
“El tiempo es superior al espacio. La política se hace de manera espacial y hay que ponerle
una dimensión temporal del poder. La unidad es superior al conflicto. El todo es superior a las
partes”. Y la cuarta: “La realidad es superior a las ideas”. “Si vos
trabajás con el tiempo, la realidad, el todo y la unidad, vas a ser parte de la construcción de un
proyecto político en serio.” Y para mí fue...
—Revelador...
—Sí, eso. Así que yo hablo en esos términos con él, no en términos tan concretos o
coyunturales.
—¿Usted introdujo a Macri en las conversaciones con Bergoglio?
—Sí, ha tenido algunas conversaciones con él.
—¿Y también le resulta útil a Macri?
—Sí, por supuesto. En ese sentido, Mauricio tiene la misma experiencia. Además, yo no
sólo he hablado con él, sino que muchísimas de las cosas que escribe
Bergoglio se las paso a Mauricio y él las lee con muchísimas ganas. Se nota que le
resulta enriquecedor.
—¿Cómo fue el accidente?
—Fue en una visita que hicimos a mis padres en el interior, y en un camino del campo de
mi papá al pueblo, era un camino de tierra y volcamos, yo manejaba, iba con Eduardo y salimos
despedidos del auto.
—¿Los dos?
—Los dos. Evidentemente, en ese impacto perdimos el conocimiento, y cuando desperté
estaba boca arriba, en la banquina, y no tenía ni un solo raspón. Increíble. Eduardo estaba al lado
mío, muy lastimado en la cabeza, que después mi papá le cosió y le curó. La primera pregunta que le
hice fue: “¿Nosotros tenemos un hijo, no?”. Me dijo: “Sí, pero no te preocupes
porque no iba con nosotros”. Lautaro tenía 2 años, iba en el auto de mi papá. Ellos habían
llegado al pueblo hacía rato. Después me concentré en mí, y me di cuenta de que tenía un problema
en la médula porque no sentía la mitad del cuerpo: es una sensación indescriptible pero clarísima,
taxativa. Vinieron los bomberos a ayudarnos. Uno era compañero mío de la secundaria, así que fue
una situación muy emocionante. El pobre se quedó petrificado y me dijo: “No te preocupes que
los primeros auxilios nos los enseña tu viejo, así que van a estar bien”. Me subieron a la
camilla, fui al hospital, ahí estaba mi papá en la puerta de la sala de rayos, y por primera vez lo
vi a mi papá con cara de…
—… decía todo.
—Desencajado. Es una persona toda dura, con autoridad... Y no bien entramos me nació
darle fuerzas: “No te preocupes, que yo voy a ser feliz igual en una silla de ruedas”.
Me subieron a una ambulancia y nos vinimos a una clínica en Buenos Aires. La cirugía duró dieciséis
horas, me reconstituyeron las vértebras rotas. Y a partir de ahí empezó una etapa de muchísima
rehabilitación. A los tres meses del accidente me interné en una clínica de rehabilitación
neurólogica en Tanti, en Córdoba, muy buena, al estilo Cuba. Ocho horas de rehabilitación por día,
intensísimo. Me empecé a parar con unos bastones canadienses y unas valvas en la pierna izquierda.
Y di unos pasitos... Durante nueve años hice rehabilitación en casa cuatro horas por semana y salía
con los bastones, iba hasta la esquina en cuarenta minutos. Eso me permitió tener una libertad en
el manejo del cuerpo. Cuando me metí en la política, empecé que hoy no puedo, que mañana no sé
qué... Hace dos años que no hago rehabilitación.
—¿La política es un resultado de ese accidente?
—No, porque mi vocación política viene desde que iba a la primaria. Quería estudiar
política, trabajar en la diplomacia. Siempre fue una vocación, en cada glóbulo rojo tengo el sello
de la vocación política. Pero después, a medida que fui creciendo y al ver cómo era el mundillo,
dije: “Ah, no, yo acá no me meto”. En mi casa la reputación ha sido todo un tema: papá,
el médico más prestigioso del pueblo, la señora del médico, es un amor y una madre divina; yo,
abanderada. “Si hago política me van a decir que soy una ladrona.” Entonces me fui
metiendo en la función pública como técnica. Conocí a
Carlos Auyero, que fue como un segundo padre para mí. Su hijo era novio de mi
hermana, y me dijo: “Vos tenés que meterte más en la política, dejá el ascetismo”
—Por la política postergó la rehabilitación, ¿seguro que la política no resulta un
bálsamo de algún tipo?
—No, definitivamente. Después del accidente, por algún mecanismo que algunos pueden
llamar de negación y que yo llamo de supervivencia, tomé la silla de ruedas como un tema que
convive conmigo. No le doy demasiada importancia. Una vez que logré independencia, moverme sola,
subirme a un avión sola y conocer Toronto sola, con la silla de ruedas... cuando empecé a lograr
eso, ya está. No es un tema omnipresente. Lo fue en una primera etapa, donde Eduardo jugó un rol
fundamental al lado mío, ayudándome... Fue una etapa dura, pero yo le ponía garra. La política fue
por una cuestión totalmente distinta, yo venía muy enganchada con la cosa pública, en la
Cancillería, y
Marcos Peña me hizo conocer a Macri, a los equipos técnicos. Después, el 2001 fue
un cimbronazo para todos y empiezo a ver que en el PRO había libertad en matices ideológicos y
había gente del sector privado, del sector público, de todos lados.
—Un ambiente ecléctico.
—Esa cosa... Y un tipo como
Macri, que además generaba espacios para gente nueva, que te respetaba. Entonces
dije: “Acá sí me involucro, porque está todo hecho torta y ahora sí tengo un espacio con una
construcción nueva”. Por ahí me hubiera costado muchísimo meterme en la UCR o el PJ... En el
PRO lo teníamos todo por hacer.
—¿Y en qué cambió su vida cotidiana?
—En que estoy totalmente descentrada en lo personal, que me absorbe. Por ejemplo, los
viernes al mediodía comía con mis amigas y ya no lo hago más. Mis afectos, con toda la razón del
mundo, me dicen: “Che, no me das bola, no nos vemos, no comemos...”. Y empecé así aun
cuando tenía pareja.
—¿Se psicoanaliza?
—Ahora empecé terapia, había hecho cuatro meses después del accidente focalizada en
superar lo estético. Mi inseguridad tras el accidente era estética. Lo que no voy a cambiar es
estar con silla de ruedas. Llevo un año más o menos de terapia, pero de manera irregular.
—Decidió ir a partir de la separación de su esposo...
—Sí, estoy con un psiquiatra, porque es médico (N. del A.: como su padre) y me da más
confianza.
—La ciencia avanza, ¿fantasea con la posibilidad de poder volver a caminar?
—No. A veces, cuando aparece un artículo sobre el tema, le presto atención. Pero estoy
tan adaptada a esta situación que no la siento como un problema.
—La silla de ruedas estará incorporada a su vida, pero juega un papel relacional
importante incluso políticamente.
—Soy “la chica de ruedas”, sí. Pero para mí el tema casi no existe. Hasta
mis amigos que a veces me dicen: “Alcanzame tal cosa”, que está a tres metros, y les
tengo que responder: “¡Boludo, no me puedo parar!”.
—¿Comprende que su silla de ruedas fue una herramienta electoral?
—Mucha gente que me votó no sabía que yo estoy en silla de ruedas. Porque en la TV
sólo enfoncan la parte superior. Ahora, que mucha gente habrá visto las imágenes del domingo, será
diferente. Antes de la primera vuelta, mucha gente me preguntaba en la calle: “¿Qué te pasó,
por qué estás en una silla?”, como si me hubiera lastimado ayer.
—¿Se enojó alguna vez con Dios?
—No.
—¿Cree en el destino?
—No.
—¿O sea, el accidente fue culpa suya?
—Totalmente. Uno va decidiendo. Dios me ayudó para que mi hijo Lautaro ese día no
estuviera conmigo, para que Eduardo no tuviera secuelas, para que yo pudiera seguir adelante. Yo
creo en un Dios de la libertad y no tengo esa idea: “Te mandó la cruz”.
—¿Volvería a manejar un auto?
—Sí. Si tuviera plata para comprarme un auto y pudiera manejar, lo haría fascinada.
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