Hace ciento cincuenta años, el 25 de junio de 1857, fue abolido en Gran Bretaña el tráfico de
esclavos, una de las mayores lacras de la historia de la humanidad. La esclavitud de los negros por
los blancos ha sido una argumentación para todos aquellos que denigran la civilización occidental,
a la que se adjudica un racismo y un etnocentrismo sin parangón.
Sin embargo, algunos aspectos menos conocidos de la esclavitud cuestionan el mito que la
identifica con la sociedad moderna capitalista y con el racismo de los blancos. La esclavitud fue
característica de la Antigüedad clásica y su origen estaba en la guerra y no en el comercio; además
no siempre tuvo justificaciones racistas. Los primeros esclavos en el mundo antiguo fueron
prisioneros de guerra y eran tan blancos como sus amos y a veces más educados que aquéllos.
Un ejemplo emblemático de esclavos blancos fue el de Cervantes, cautivo en Argel durante
cinco años y enviado a Constantinopla para ser vendido en el mercado de esclavos y allí liberado
mediante pago de rescate. Los guerreros árabes acostumbraban “sodomizar” a sus
esclavos, por lo que Fernando Arrabal en su biografía novelada Un esclavo llamado Cervantes (1996)
conjeturó que el autor de El Quijote había logrado sobrevivir por sostener relaciones homosexuales
con sus amos.
También hubo esclavos blancos en las colonias inglesas de América y las Antillas, ocultos
bajo el nombre de “sirvientes blancos”: algunos prisioneros de guerra escoceses o
irlandeses; otros, delincuentes condenados a trabajos forzados. Algunos eran niños pobres vendidos
por sus propios padres o secuestrados por bandas especializadas, como queda documentado en las
novelas de Charles Dickens.
Además de la esclavitud de los blancos por los blancos, estaba la esclavitud de los negros
por los negros. En los reinos africanos, los negros poderosos tenían cantidad de esclavos como
sirvientes domésticos o dedicados a las labores del campo. Muchos de los esclavos trasladados a
América eran vendidos por sus propios amos africanos. La caza de negros mediante el secuestro por
los barcos negreros era una aventura peligrosa, por lo tanto lo más común era el trato con los
jefes guerreros o reyezuelos africanos que vendían a sus cautivos.
El tráfico de esclavos fue legalizado por los gobernantes africanos hacia el siglo XVII y
toda la economía del Africa negra estaba organizada alrededor de ese mercado. Un reyezuelo africano
le decía en 1830 a un capitán inglés: “Queremos tres cosas: pólvora, balas y aguardiente, y
ofrecemos tres cosas: hombres, mujeres y niños”.
Muchos de los negros trasladados a América como esclavos ya lo eran en su propia tierra y
habían sido vendidos por sus amos africanos. La nostalgia de los negros americanos por la libertad
del paraíso africano perdido es una fantasía de blancos, ya que los esclavos negros rara vez habían
sido libres en su propia tierra.
Lo paradójico es que, en el siglo XX, muchos negros norteamericanos se convirtieron a la
religión de los musulmanes por suponer a éstos sus aliados naturales contra el imperialismo blanco,
cuando en realidad fueron los mayores esclavistas. Los árabes llegaron al Africa Negra antes que
los europeos, e instauraron el tráfico de esclavos. Cuando arribaron los europeos, los árabes
siguieron teniendo ventajas por la menor distancia y los viajes por tierra que permitían conducir
mayor cantidad de esclavos que en los barcos.
La esclavitud ha sido, por lo tanto, variopinta. No sólo los blancos esclavizaban a los
negros, sino que los árabes esclavizaban a los negros y a los europeos, los negros esclavizaban a
otros negros y a veces a algún marinero blanco que caía en sus manos y hasta tribus indígenas de
las selvas peruanas poseían esclavos negros.
Un fenómeno universal. El tráfico de esclavos por los árabes siguió con mayor
virulencia cuando ya había sido abolido por los europeos. La esclavitud fue abolida oficialmente en
la Arabia Saudita recién en 1962 y en Mauritania en 1981. Las naciones occidentales demasiado
ocupadas por el petróleo árabe se desentendieron del tema de la esclavitud en tierras del islam.
Aun hoy, en ciertas zonas marginales de Africa y Asia donde no llega la autoridad del Estado siguen
existiendo formas clandestinas del trabajo esclavo.
En suma, la esclavitud fue hasta el siglo XIX un fenómeno extendido en todo el mundo y
considerado tanto por Aristóteles como por la Biblia como algo normal. El cristianismo no llegó más
allá de aconsejar mejor tratamiento a los esclavos. Fray Bartolomé de las Casas, recordado como un
protector de los indígenas americanos, recomendaba la introducción de esclavos negros para
reemplazar a los nativos.
El racismo antinegro no fue la causa de la esclavitud sino, por el contrario, su
consecuencia. Los sureños de los Estados Unidos se vieron impelidos a justificar con el mito de la
inferioridad de la raza negra la flagrante contradicción de la esclavitud con el credo cristiano de
igualdad de los hombres ante Dios y el credo democrático de igualdad de los ciudadanos ante la ley.
No fue ajena a la lucha abolicionista la literatura; contribuyó a la humanización de la
figura del negro esclavo la influyente novela de Harriet Elizabeth Beecher Stowe La cabaña del Tío
Tom (1851), escrita como reacción contra una ley de 1850 que defendía la denuncia de esclavos
fugitivos. Abraham Lincoln consagró a la escritora como “la joven que ganó la guerra”.
El esclavismo sólo fue el modo de producción característico de la Antigüedad clásica,
desplazado por el sistema de servidumbre en el feudalismo; sobrevivió, no obstante, en el
capitalismo temprano dedicado a la producción rural: las grandes plantaciones de algodón se nutrían
de mano de obra esclava.
Desapareció finalmente con la hegemonía de la producción industrial que necesitaba mano de
obra libre. La guerra civil norteamericana terminó con la derrota de los esclavistas aunque la
discriminación a los negros perduraría un siglo más.
Los ideólogos antiimperialistas alegarán que los europeos sólo sustituyeron el tráfico de
esclavos por la colonización de Africa. Es difícil deslindar, en la historia, los intereses
materiales y los ideales humanitarios que están siempre indisolublemente entremezclados.
Pero aun admitiendo esa ambigüedad inherente al comportamiento humano, es indudable que no
fue ni el Africa negra ni la civilización islámica las que encabezaron la lucha contra la
esclavitud sino la propia sociedad occidental, principalmente los ingleses hacia el siglo XVIII.
Sólo Occidente supo encontrar en su tradición humanista de la Ilustración los fundamentos para
abolir la esclavitud.