Es la esperada muerte, la cíclica, inexorable, perturbadora muerte, la que fastidia a Grondona.
Porque lo demás lo va llevando, no lo compromete tanto. Veinte heridos, cien detenidos; partidos
irresueltos, todo eso lo capea revoleando el poncho. La muerte lo jode. Ahí aparecen el Estado, los
ministros de seguridad, los jueces. Es la muerte la que trae críticas. No a él directamente, claro.
Pero lo involucran, aunque no quieran, los análisis de los patéticos articulistas de los diarios y
canales que dominan, usan, estafan, socavan al fútbol que él les dio. Se ponen todos serios cuando
muere alguno.
El Estado que no sabe, no puede, ni quiere demasiado. Los diarios y canales que alimentan
como cultura odios y resultadismo, amarillismo hasta la repugnancia; que están metidos en las
canchas buscando miserias en el final de los partidos, sembrando como cardos polémicas estúpidas
porque no pueden hablar de la estafa, ni de nada que comprometa al sistema. Algunas muertes le
duraron un rato a Grondona. Otras se instalan por más tiempo: esta de Chicago-Tigre, este incordio
recién estrenado, ya lo está obligando a tomar medidas que siempre había rechazado. La maldita
puntería del que tiró la piedra lo ha obligado a hacer nada menos que lo que sugería Gámez, justo
ese enemigo que osó apartarse del redil: jugar sin público visitante al menos, y por ahora, en el
ascenso.
GAMEZ (setiembre 2003): “La única solución para este problema es que sólo
vayan a la cancha los simpatizantes del equipo local...”
GRONDONA: “Antes de llegar a eso podría haber otras cosas, como jugar sin
nadie. O sea, no jugar. Eran épocas que se prestaban para esa ironía tan sutil –propia de
Grondona–; tiempos en los que escaseaba la puntería. La violencia era la misma, a tal extremo
que Gámez anunciaba que dejaba de ser presidente para no cargar con una muerte en la conciencia y
el subsecretario de Seguridad de la Provincia de Bs As, Martín Arias Duvall, señalaba que no quería
sentarse a esperar a tener un muerto; que si no se tomaba el toro por las astas podíamos tener una
desgracia.”
GAMEZ: “No hay muertes porque Dios está cerca del fútbol.”
GALLINA: “Hasta ahora, Dios nos ha acompañado para que no haya ningún
muerto. Era buena mano lo que faltaba entonces, a tal extremo que el Gobierno se puso a hacer
números y descubrió que con Menem habían fallecido 30 hinchas, y con estos gobernantes sólo seis,
tal como señaló el ministro del Interior. Habían empeorado el pulso, el tino y la destreza de los
asesinos, porque a la violencia, todos la veían igual. Entonces se animaban a decir que lo de Gámez
era un disparate. En línea con el mandamás de la AFA, Marchi, de Agremiados, y Alberto Fernández el
Jefe de Gabiente, desairaron la propuesta.”
MARCHI (2006): “Que se juegue de acuerdo a usos y costumbres como se juega
en todas partes del mundo, con el ingreso libre de las personas locales y visitantes... si no, no
se jugará...”
JEFE DE GABINETE: “A nosotros nos pareció que no tenía sentido seguir con
esa lógica de fútbol, un fútbol donde los visitantes no pueden entrar en los estadios...”
La televisión que necesita del espectáculo apelaba al folklore, ¿que cómo puede ser?, se
preguntaba, que no seamos capaces de tener visitantes y locales en la cancha. ¡Qué incapacidad!
Ante eso, el Gobierno corría y decía que sí que son capaces de dar seguridad, que ¡cómo no!
Grondona debió cambiar su idea de lo injusto que era la quita de puntos. Con más volteretas que un
trapecista, se lanzó sobre el salvavidas que tanto les había negado a los náufragos. La gremial de
jugadores le sostuvo la hamaca en las alturas y se llamó a silencio, lo más pancha, frente a lo que
daba por tierra con su principismo de no aceptar la famosa quita. Después se quedaron apretaditos
bajo el techo de la parada de ómnibus como en un día de lluvia. Esperaban que, simplemente, no
pasara la muerte. Los demás micros, como las excusas, los llevaban a alguna parte, no importa la
calidad del destino. Lento, tardío, en medio de la niebla en la que se vive, se divisó un número
superior a dos cientos... Entonces hubo que salir de abajo del techito para entregar otra vida. Así
que al otro día reaparecieron todos los protagonistas. Hicieron estadísticas sobre muertes y
períodos, se escandalizaron, pidieron condenas, y Grondona decidió que –así como siempre
había sugerido y no supieron escucharlo– la solución es no jugar más con los hinchas
visitantes en el estadio, al menos en el ascenso. La Primera, lo fundamental del negocio, puede
esperar otra muerte.
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