El triunfo de Mauricio Macri se basó en una demanda colectiva de orden y eficiencia por parte de
una población capitalina harta de la acorralante inseguridad, de la irritativa suciedad, del
desbordado caos vehicular, del pésimo funcionamiento de los servicios públicos, de la absoluta
impunidad para cortar calles, de la incontenida decadencia de las prestaciones educativas y
sanitarias. Males ante los que los sucesivos gobiernos de centroizquierda que gobiernan Buenos
Aires desde hace casi una década se han evidenciado impotentes.
Surge entonces una pregunta crucial: ¿es la centroizquierda inevitablemente ineficaz?
Esa sombra parece estar expandiéndose sobre los partidos de ese signo a nivel mundial. La
centroizquierda acaba de perder elecciones en Bélgica, en España, en Suecia. En Francia el
candidato vencedor, el centroderechista Sarkozy, expuso en su discurso de asunción algunos
conceptos que resuenan más allá del país galo; nos guste o no nos guste, también en nuestra
Argentina: “Hemos derrotado la frivolidad y la hipocresía de los intelectuales progresistas.
El pensamiento único es el del que lo sabe todo, y que condena la política mientras la practica. No
vamos a permitir mercantilizar el mundo en el que no quede lugar para la cultura: desde 1968 no se
podía hablar de moral. Nos habían impuesto el relativismo. La idea de que todo es igual, lo
verdadero y lo falso, lo bello y lo feo, que el alumno vale tanto como el maestro, que no hay que
poner notas para no traumatizar a los malos estudiantes. Nos hicieron creer que la víctima cuenta
menos que el delincuente. Que la autoridad estaba muerta, que las buenas maneras habían terminado.
Que no había nada sagrado, nada admirable (…) Quisieron terminar con la escuela de excelencia
y del civismo. Asesinaron los escrúpulos y la ética. Una izquierda hipócrita que permitía
indemnizaciones millonarias a los grandes directivos y el triunfo del depredador sobre el
emprendedor. Esa izquierda está en la política, en los medios de comunicación, en la economía. Le
ha tomado el gusto al poder. La crisis de la cultura del trabajo es una crisis moral. Voy a
rehabilitar el trabajo. Dejaron sin poder a las fuerzas del orden y crearon una frase: ‘Se ha
abierto una brecha entre la juventud y la policía’. Los vándalos son buenos y la policía es
mala. Como si la sociedad fuera siempre culpable y el delincuente, inocente. Defienden los
servicios públicos, pero jamás usan un transporte colectivo. Aman tanto la escuela pública, pero
sus hijos estudian en colegios privados. Dicen adorar la periferia y jamás viven en ella. Firman
peticiones cuando se expulsa a algún okupa, pero no aceptan que se instalen en su casa. Esa
izquierda que desde Mayo del ’68 ha renunciado al mérito y al esfuerzo, que atiza el odio a
la familia, a la sociedad y a la República. Esto no puede ser perpetuado en un país como Francia y
por eso estoy aquí. No podemos inventar impuestos para estimular al que cobra del Estado sin
trabajar. Quiero crear una ciudadanía de deberes”.
La centroizquierda argentina enarbola atractivos valores de solidaridad, de sensibilidad
social, de no discriminación que, en la práctica, se ven oscurecidos por su horror a imponer orden,
haciendo de autoridad y autoritarismo equívocos sinónimos. De allí que asiste paralizada a los
cortes de calles y rutas por motivos fútiles que han sustituido a los que en un principio
significaron una acción creativa y eficaz de muchos desplazados que reclamaban un lugar en la
sociedad. Pero en los días que corren, con la anuencia gubernamental, asistimos a la angustiante
coagulación del tránsito originada, por ejemplo, en que las estufas de algún colegio no funcionan
adecuadamente. Ello es, protegido por un equívoco concepto de libertad, una acción autoritaria
intolerable. ¿No ha llegado también el momento de legitimar a los cartoneros como una actividad
organizada con sus centros de acumulación y de recogida, con sus premios por limpieza pero también
con penalidades por una desprolija suciedad que parecería simbolizar un castigo que injustamente
recae sobre toda la sociedad, diluyendo una culpa que tiene responsables identificables ?
Otra de las razones del fracaso de la centroizquierda vernácula cuando debe gestionar
administraciones nacionales, provinciales o municipales es la dificultad de tomar medidas impuestas
por la lógica del gobernar pero que pudieran aparecer como lesivas para los trabajadores. Una
consecuencia de ello es la creación de absurdos organismos fantasmas sostenidos con nuestros
impuestos, como es el caso, entre otros muchos, de Lafsa, una empresa aérea sin aviones pero con
muchos jefes y empleados, con la que se “resolvió”el problema de la crisis de las
líneas aéreas privadas. Ello parecería dar la razón al ex presidente uruguayo Julio M. Sanguinetti,
quien pregona que hoy es el centro (como pudorosamente se autodenomina la centroderecha) el
movimiento progresista por su apego a la eficiencia y al desarrollo, en contraste con una
centroizquierda inmovilista que apela al insaciable ordeñe de un “estado benefactor”
hoy inexistente e inviable.
Algo notorio en nuestros “progres” es la repetición agotadora de clichés
ideologistas que hicieron crecer en la población la convicción de que en vez de ocuparse de los
afligentes problemas que la acosan todos los días, aquellos parecen más ocupados en la
reivindicación de la lucha armada de los setenta, en la demonización de los noventa (a pesar de que
es público y notorio que, desde el presidente Kirchner para abajo, casi todos los que hoy nos
gobiernan desempeñaron funciones relevantes durante esos años), en las leyes que legitiman los
vínculos homosexuales, en el debate sobre el control de la natalidad o el aborto, temas que
indudablemente merecen atención pero que no deberían aparecer sobreponiéndose o compitiendo con el
temor al asalto o al crimen, a los insólitos tiempos de espera en los hospitales, al deterioro de
los valores morales, a la decrepitud de programas e instalaciones educativas, etc.
El arrogante enarbolar consignas ideologistas adquirió ribetes de ridículo durante la
reciente elección capitalina cuando los rivales de Macri lo acusaban de centroderechista (sin duda
lo es) como si a los electores les resultase claro diferenciarlo de los autocalificados como
centroizquierdistas. Es otro caso de usurpación de título porque ni el candidato del sector ni sus
valedores podrían resistir un examen de sincero progresismo. Como si las historias personales
pudieran borrase por el simple expediente de enunciar convicciones contradictorias con aquellas,
apostando irritantemente a la supuesta desmemoria colectiva. Las urnas demostraron la hipocresía
estratégica.
Esto también afecta a la capacidad ejecutiva de nuestra centroizquierda: la hipervaloración
de lo proclamado como sustituto de lo realizado. Hacer es lo mismo que proponer, gobernar es lo
mismo que anunciar. Ello sostenido por una infatuada convicción de ser dueños absolutos de la
verdad, lo que los lleva, por ejemplo, a la infausta afirmación del candidato “progre”
acerca de que quienes lo votaron fueron los ‘inteligentes’, valoración despectiva de
más de la mitad del electorado, del “pueblo” al que imaginan interpretar a pesar de un
divorcio que se sostiene con terquedad a lo largo de los años. Seguramente culpa del
“pueblo”…
Algo que debería diferenciar a la centroizquierda es el honrado manejo de los fondos
públicos, puestos al servicio de los intereses de los sectores populares. Lamentablemente, ello
también quedó cuestionado por la presunción y evidencia de gravísimos casos de corrupción que no se
diferencian de los de los denostados noventa. Además, los subsidios otorgados a nivel nacional con
escasos o nulos controles, o los sospechables fondos fiduciarios, no favorecen la imagen de un
gobierno que debería hacer de la probidad un inalienable principio republicano y progresista. Ni
hablar de la bolsa de papel en el baño…
Conclusión: la centroizquierda tiene consignas mucho más atractivas que la centroderecha
pues, por ejemplo, le pertenecen con exclusividad las reivindicaciones por los derechos humanos,
pero su ineficiencia en el gobernar y su vacuo ideologismo ha vuelto a poner en valor aquella
consigna de “paz y administración” enunciada por uno de los próceres más denostados por
el progresismo, Julio A. Roca. Difícil le será lograr éxitos electorales si no logra transmitir una
imagen de eficaz preocupación por los problemas más acuciantes de la sociedad.
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