Lejos de representar una situación inesperada o imprevisible, la renuncia de
Felisa Miceli a su cargo es simplemente
un episodio más dentro de una historia que ya tuvo dos capítulos muy similares,
que -especialmente en vísperas de las elecciones presidenciales de octubre-
hacían prever un final así para la funcionaria.
No obstante, los antecedentes en cuestión demuestran asimismo que
las reacciones del Gobierno no han sido siempre las mismas ni resultan tan
previsibles como debieran serlo ante casos como el que motivó la caída de Miceli.
Efectivamente, en el caso del ex secretario de Agricultura, Ganadería y Pesca
Miguel Campos, procesado por supuestas irregularidades en la asignación del cupo
para exportación de cortes ganaderos, la respuesta gubernamental
fue muy distinta a la que se registró ante el procesamiento de Fulvio Madaro y Néstor
Ulloa, los dos funcionarios acusados de haber percibido coimas en el archifamoso
Caso Skanska.
El 20 de abril de 2006, Campos, quien secundó a Kirchner en la gobernación de Santa Cruz, se
convirtió en la primera autoridad “K” sometida a proceso por posible corrupción, en el
marco de una causa por la que, tras sufrir inicialmente un embargo de 10 millones de pesos,
finalmente terminó siendo sobreseído en marzo de este año.
Poco después de conocerse la decisión de procesarlo del juez federal
Rodolfo Canicota Corral, Campos aclaró a través de voceros que no pensaba
renunciar, y el jefe de Gabinete,
Alberto Fernández, salió a defender su permanencia argumentando que el fallo no
estaba firme e iba a ser apelado por el ex “hombre fuerte” de Agricultura.
Finalmente, el 6 de febrero pasado, ante las fuertes presiones para que ello sucediera de
diversos sectores del campo, el funcionario renunció a su cargo. Pero antes, como quedó claro, las
máximas autoridades gubernamentales
lo habían mantenido contra viento y marea bajo su paraguas protector.
Todo lo contrario sucedió con Madaro y Ulloa, quienes estuvieran a cargo del
ENARGAS y de Nación Fideicomisos respectivamente hasta que, el 17 de mayo pasado, Kirchner los
echó
minutos después de que el fiscal
Carlos Stornelli anticipara al ministro del Interior,
Alberto Fernández, su decisión de pedir la indagatoria de ambos en virtud de de
escuchas telefónicas en las que aparecían implicados.
Esta vez, nuevamente, el Gobierno decidió “soltarle la mano” a quien ejercía un
puesto otrora clave dentro de la administración pública, pero que en la práctica claramente no
tenía la influencia de antaño. Tal vez por eso, justamente, de la imputación judicial a la renuncia
de Miceli hubo sólo un pasito.
¿Volverá a ser así otra vez?
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