“¿Qué libro se llevaría a una isla desierta?”, le pregunta alguien. Él responde:
“No me llevaría un libro. Me llevaría un televisor”.
Y en algunos casos no es simple disociar cierta demagogia de una verdadera expresión de
honestidad intelectual. Sin ingenuidad pero sin soberbia, Fontanarrosa conocía como pocos los
típicos prejuicios que -se supone- se tejen en el campo literario, y sabía usarlos para sí, con
humor e inteligencia.
El escritor pocas veces expresaba rechazo hacia escrituras más sofisticadas que, asumía, no
le interesaban o “no entendía”, lo que le hizo ganar, en una camaradería compartida,
más gestos de respeto que de rechazo. Algo que sus compañeros en el podio de los best sellers de
narrativa argentina –desde Alejandro Dolina a Federico Andhazi- con sus recurrentes quejas y
sus dardos destinados a grupos particulares, no supieron hacer. En esa astucia Fontanarrosa
cimentaba su figura de autor, homenajeada en los últimos tiempos por célebres narradores y
distintas personalidades. Hasta jóvenes latinoamericanos como Santiago Rocangliolo lo mencionan con
admiración.
Prolífico. A pesar de que ganaba dinero escribiendo guiones y dibujando, llegó a
publicar un libro -cuentos y novelas- cada dos años. En 1978 publica Fontanarrosa
De penal, por De la Flor, a la que permanecería fiel hasta el año pasado, cuando
publica su último libro de cuentos,
El rey de la milonga. En los corrillos editoriales solía decirse que el
tradicional sello porteño sobrevivía gracias a Quino y a él.
Su perfil era el de un escritor tan trabajador como poco pretencioso: nunca se negaba a
colaborar con distintos medios, dar entrevistas, escribir a pedido sobre temas variados. En sus
declaraciones públicas admite que su interés por ciertos tópicos fueron la causa de ser de obra:
“Yo llego a escribir de fútbol porque me gusta el fútbol, no porque me guste la literatura
–que me gusta-. Pero me gusta mucho más el fútbol. Entonces, el entusiasmo a mí me parte del
fútbol y llego a la literatura. No al revés.”
A diferencia de otros best sellers argentinos, nunca se molestó en confrontar con ese
genérico siempre esquivo, mal usado y nada definido que algunos llaman “Academia” o
“Crítica”. Su estrategia era otra: hablar de sus intereses, respetar los ajenos,
jugarla a veces de ingenuo o de “bruto” pero siempre con un destello de ironía;
contracara inteligente de su gusto siempre vinculado con lo “popular argentino”. Feliz
con tener una inusual cantidad de lectores, no solía quejarse de que tal crítico importante lo
matara con la indiferencia –cliché que él mismo usaría- ni parecía desvivirse por estar en
los programas de universidades e institutos superiores.
Tópicos y sello personal. En la tradición de Osvaldo Soriano -pero despojado de su
faceta política-, sus temáticas preferidas fueron las que se atribuyen al gusto popular: el fútbol,
la amistad y las mujeres (siempre con algo de gracioso machismo, inolvidable el cuento
El mundo ha vivido equivocado; relato en que se construye la fantasía de la rubia
en la playa caribeña desde un bar en donde un par de amigos toman un café).
Se repite que el humor y el recurso paródico sobrevuela toda su producción literaria, pero
pocas veces se repara en el encanto de sus personajes “perdedores” –siempre los
jugadores son los de la liga B- y en su capacidad de reconstruir el lenguaje coloquial. Esa
sensibilidad es el gran motor de su talento narrativo. “Traete un salamín, ¿querés?”, o
un jugador que le grita a otro: “No te enloquesá, Lalita”. Sería injusto dejar afuera
de su producción a la pieza fundamental que son sus historietas. Sus personajes, entre el comic y
el folletín, tienen una sabiduría que expresan las más lúcidas sentencias, con la virtud de no
tomarse en serio a sí mismas. Como cuando Mendieta le dice a Inodoro Pererira: “Vivimos en
una época muy contemporánea”.
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Redactora del suplento de Cultura del diario Perfil.
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