Nunca fue menor la demanda social de democracia que en este frío invierno argentino de 2007. Hay
que remontarse a la primavera de 1983 para extrañar esa pulsión enérgica de participación y
dinamismo republicano que entonces sacudía al país. Hoy, en cambio, nos hemos arrellanado en una
apaciguada e inofensiva condición espectadora. Alcanza con analizar los avatares de Cristina
Kirchner en España, para advertir el triste estado argentino en materia de vigencia de las
instituciones.
La heredera del Presidente se ofusca cuando la ven como continuidad conyugal de la gestión de
su marido. No debería enojarse tanto.
Dice ella que tiene “mucho en común” con Hillary Clinton, pero la ignorancia
ambiente y una sospechosa malicia del periodismo le permiten zafar de afirmaciones falsas. Le
preguntan por qué se parece a Hillary Clinton y responde, con aldeano entusiasmo: “¡Las dos
somos abogadas, senadoras y mujeres de presidentes!”.
Hillary es abogada, claro, y ejerció como tal desde que se graduó hasta bien avanzada la
carrera política de su marido. Los trajines de Cristina como abogada entre 1976 y 1991 son opacos,
mientras que la norteamericana se graduó en Wellesley College antes de completar sus estudios de
Derecho nada menos que en la Universidad de Yale, donde se especializó en el impacto de las leyes
en los niños y comenzó lo que fueron décadas de trabajo como abogada de menores y familias. Como
estudiante de Derecho, Hillary representó a hijos adoptivos y padres adoptantes en juzgados
familiares, y trabajó en los primeros programas para crear procedimientos legales que permitan
identificar y proteger a chicos víctimas de abusos sexuales.
Abogada del Fondo de Defensa de los Niños, fue una de las dos letradas contratadas por el
Comité de Asuntos Judiciales de la Cámara de Representantes para el juicio político al presidente
Richard Nixon.
Hillary fundó una clínica legal para pobres no bien llegó a Arkansas con su marido Bill. Por
esos mismos años, en la remota Santa Cruz, los Kirchner prosperaban con un estudio legal para
manejar juicios de desalojos.
Hillary siguió abocada al tema de los hijos adoptivos y al abuso sexual de menores de edad y
fundó un grupo llamado Abogados de Arkansas para Niños y Familias. Cuando tenía solo 30 años, el
presidente Jimmy Carter la designó en la Corporación de Servicios Legales de los Estados Unidos,
programa estatal sin objetivos de lucro que financia asistencia legal para pobres.
Cuando su marido fue elegido gobernador de Arkansas, Hillary creó una fuerza de tareas para
mejorar la educación en ese estado sureño, aplicando criterios de rigor en las escuelas y como
integrante del directorio del Hospital de Niños. También activó en la Campaña de Acción para el
Cuidado de los Niños y en el Children’s Television Workshop. Encabezó enseguida la Comisión
de Mujeres de la Asociación de Abogados de los Estados Unidos, vital en la tarea pionera de crear
conciencia sobre temas como acoso sexual e igual salario por igual trabajo. Además, fue designada
en dos oportunidades como una de las 100 abogadas más influyentes de los Estados Unidos.
Sí, Cristina Kirchner también es senadora y “mujer de presidente”, como ella se
reconoce, pero la candidatura presidencial de Hillary Clinton se produce ocho años después de haber
abandonado la Casa Blanca, donde fue primera dama. Y, además, se está “matando” para
ganar la nominación presidencial del Partido Demócrata en elección interna extraordinariamente
compleja, donde compite con un batallón de adversarios, sin favoritismos ni privilegios. En el
formidable maratón democrático organizado por CNN y You Tube la semana pasada en Carolina del Sur,
Hillary se las vio a solas, en vivo y sin red, en debate abierto y televisado a todo el mundo,
pulseando con otros siete precandidatos: Christopher Dodd, Barack Omana, John Edwards, Joe Biden,
Bill Richardson, Mike Gravel y Dennis Kucinich. ¿Alguien imagina a Cristina Kirchner expuesta a un
cruce directo, con participación libre de todo el mundo, argumentando ideas en puja abierta con
otros seres humanos?
A partir del triunfo presidencial de Bill Clinton en 1992, Hillary asumió un rol
internacional como portavoz de las mujeres y viajó por todo el mundo, bregando contra la
degradación y abuso de las mujeres, y en defensa de una poderosa idea: los derechos de las mujeres
son derechos humanos. En su extensa carrera política como legisladora, la mujer de Kirchner se ha
pronunciado en contra de la legalización del aborto.
Otros “issues” de Hillary: legisló para acelerar el proceso de adopción de hijos
y para ampliar la educación temprana del niño, aumentó el financiamiento de la investigación sobre
el cáncer de mama, encabezó una campaña nacional para evitar los embarazos adolescentes y promovió
en 1997 la ley llamada “Adopción y familias seguras”.
Fracasó, sí, políticamente en su lucha por un seguro médico universal, pero es responsable
del lanzamiento del Programa Nacional de Seguro de Salud para Niños. Su libro de 1995 (It Takes A
Village, sobre la responsabilidad de ayudar a los niños para que alcancen una lograda madurez), fue
un best-seller internacional, pero ella donó más de un millón de dólares recaudados para apoyar
proyectos infantiles en todo el país. Su autobiografía (Living History) fue otro éxito, traducido a
12 idiomas y con 1.3 millón de ejemplares agotados.
¿Puede compararse este itinerario con el de la senadora argentina? Sin embargo, como la
comparación no la satisfizo, Cristina Kirchner fue por más: en su comparecencia ante la TV española
reclamó como rasgo de su superioridad que ella está en política antes que su marido Néstor,
mientras que, explicó, Hillary se dedicó a la política y logró ser elegida senadora por Nueva York
cuando su marido dejó la Casa Blanca. “Creo que es distinto”, remató la argentina.
Y tenía razón: Hillary llega a la competencia por sus propios méritos y sin corona de
protección oficial.
Cristina Kirchner hizo en España, en cuentagotas y de manera extraordinariamente artificial
por lo estudiada, todo lo que no hace ni piensa hacer en la Argentina: habló con periodistas
(españoles), consultó a políticos opositores (españoles), fue y volvió sin explicarles nada a sus
propios compatriotas, envuelta en histriónico triunfalismo, ese rasgo de quienes jamás pensaron que
deberían rendirle cuentas a nadie.
Pero dejó algo bueno y eso es lo que debe ser subrayado: aceptó, en plan autocrítico, que
tiene la fea costumbre de levantar su dedo admonitorio cuando habla en público. Prometió
corregirse. Por algo se empieza.
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