Estocolomo -
Parejas destrozadas, el eterno cara a cara entre el hombre y la muerte, la ausencia de
Dios pero también la magia de la vida: el director sueco Ingmar Bergman creó películas de
gran riqueza emocional en las que
sacó a la luz la tragedia de la condición humana.
Nacido el 14 de julio de 1918 en Uppsala, al norte de Estocolmo, Ernst Ingmar Bergman fue el
segundo de los tres hijos de un pastor protestante puritano y
recibió una educación estricta y austera de la que el cineasta intentó librarse durante
toda su vida.
Su infancia, que describió como "dolorosa y complicada", lo marcó profundamente y dejó huella en
toda su obra, que gira alrededor de los
momentos de crisis, resueltas o no.
Su carrera empezó en el teatro -su gran pasión junto con el cine-, a principios de
los años cuarenta, con una puesta en escena en la Opera de Estocolmo. Durante toda su vida escribió
piezas teatrales, novelas y guiones. En 1960 fue contratado como director del prestigioso Dramaten,
el teatro real de arte dramático.
En 1945, decidió que el único medio moderno para expresarse era el cine. Ese año rodó
Crisis, una adaptación de una obra popular danesa que, sin embargo, fue un fracaso.
"Hacer películas es para mí un instinto, una necesidad como comer, beber o amar",
declaró en una ocasión. El cine se convirtió para Bergman en una religión.
Entró en contacto con Maurice Stiller, el protector de Greta Garbo, y Victor Sjostrom, un
director de cine mudo que convirtió en intérprete de
Alegría (Hacia la felicidad en Argentina), de 1949, y luego de una de sus obras maestras,
Fresas salvajes (Cuando huye el día, en Argentina), de 1957.
En 1955, Bergman conoce su primer éxito internacional con
Sonrisas de una noche de verano
, una comedia que fue presentada al año siguiente en el Festival de Cannes y que
sirvió de modelo a la
nouvelle vague francés.
El cineasta sueco empezó a explorar los temas que formarán la esencia de su obra: la
angustia del hombre frente a la muerte, el amor, la soledad y la "infinita tristeza de un
mundo sin Dios".
Sus películas se caracterizan por la concesión de una gran
importancia a los planos de los rostros y un
cuidado esmerado de la luz por parte de su operador de siempre, Sven Nyqvist, que
falleció en 2006.
Su cine fue muy a menudo trágico.
El séptimo sello (1957), premio especial del jurado en Cannes, y sobre todo
Gritos y susurros (1971), son algunas de sus mejores expresiones.
Sin embargo, ante la gravedad de su temática, el gran público sueco se ha sentido a menudo
lejos de los filmes de Bergman y lo ha acusado de ser responsable, en parte, de la reputación de
Suecia como un país de neuróticos.
Bergman se
interrogó también apasionadamente por la figura de la mujer, como dan cuenta
algunas de sus obras como
Juegos de verano (1950) (Juventud, divino tesoro en Argentina),
Un verano con Mónica (1952),
Secretos de mujeres (1952) y
Una lección de amor (1954).
Director de mujeres, dio sus mejores papeles a actrices como Maj Britt Nilsson, Harriett
Andersson, Eva Dahlbeck, Ulla Jacobsson y Liv Ullmann. Con algunas de esas actrices vivió
apasionados romances.
En 1982, Bergman rodó
Fanny y Alexandre, un testamento sobre su infancia y su pasión por el mundo del
espectáculo que se vio coronado por cuatro premios Oscar.
Tras esa película aseguró haber puesto punto final a su carrera cinematográfica. Sin embargo,
veinte años después retomó la cámara y rodó en 2003 para la televisión sueca
Saraband, una negra visión de la vejez que posteriormente se difundió también en
las grandes pantallas.
Aunque más grande que su amor por el cine fue su pasión por el teatro. "
Puedo existir sin hacer películas pero no puedo vivir sin hacer teatro", afirmó.
Así, en 2002 puso en escena
Espectros del dramaturgo noruego Henrik Ibsen pero en 2004, a los 86 años, dio su adiós
definitivo a los escenarios.
Tras la muerte de su última esposa, Ingrid von Rosen, en 1995, vivía solo durante una gran
parte del año en la isla de Faaro, en el mar Báltico, donde también rodó varias de sus películas.
En 2000 concedió una entrevista a la televisión sueca en la que
calificó su vida de "infierno insoportable" y dio a entender no tener miedo a la
muerte. "El hecho mismo de vivir es penoso. Jamás me encontraré con Ingrid", dijo.

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