Publicó un artículo en la revista
Variedades llamado
El caso Raymond Radiguet. El autor de las novelas
El diablo en el cuerpo y
El baile del conde de Orgel había muerto meses antes, poco después de cumplir veinte años.
Una obra precoz y una muerte prematura son las excusas que encuentra Mariátegui para llevar a cabo
una aguda reflexión sobre la relación entre literatura y mercado. Por cierto, no hace falta
demasiada presentación para Mariátegui: peruano, nacido en 1894 y muerto en 1930, fundador de la
revista
Amauta y del Partido Socialista peruano, autor del ya clásico
Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, fue uno de los más interesantes
pensadores marxistas latinoamericanos. Dueño de una prosa impecable y de una visión heterodoxa del
marxismo (que incorporaba desde la cuestión indígena hasta ciertas semejanzas con Gramsci, como
señala José Aircó en el capítulo que le dedica en
La hipótesis de Justo), fue también un notable crítico literario. O mejor dicho: antes que
todo, fue crítico literario; luego teórico político y pensador social.
Sin embargo, la dimensión crítica de la obra de Mariátegui quedó un poco relegada. Cada tanto
se reeditan los
Siete ensayos y el resto de sus libros, pero en los nuevos prólogos y en la nueva
recepción de sus textos, poco se habla de la relación íntima que mantenía con la literatura, y de
lo profundo de su pensamiento estético. De los
Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, el último (El proceso de la literatura) dedicado precisamente a la historia de la literatura peruana,
es decididamente el más interesante y, a la vez, el menos comentado. Partiendo de una hipótesis
dialéctica para concebir el discurrir de la literatura, acaba siendo una formidable defensa de la
vanguardia como destino final de la escritura. Desde el comienzo del ensayo aparece su posición
crítica: “Mi misión ante el pasado parece ser la de votar en contra”.
Pero volvamos al artículo sobre Radiguet. Lo primero que le llama la atención a Mariátegui es
tener en sus manos la 112ª edición de la novela del joven autor muerto. Un éxito inconmensurable.
Frente a lo que Mariátegui afirma: “Si Radiguet viviese todavía, sus novelas no hubieran
llegado a la 112ª edición”. Y en el párrafo siguiente va directo al grano: “Puede hasta
formularse dos hipótesis sobre su muerte: primera, que Radiguet, consciente de haber escrito su
obra maestra, y deseoso de valorizarla, haya muerto voluntariamente (de la vanidad de los
literatos, cabe esperarlo todo). Segunda, que Radiguet haya sido sigilosamente asesinado por su
librero (de la réclame moderna hay que temerlo también todo)”. ¿El autor muriendo para tener
fama póstuma? ¿El editor asesinando al autor para vender unos ejemplares más? No son hipótesis
descabelladas, al contrario, hay que tomarlas muy en serio (de hecho, las editoriales asesinan
autores y libros todos los días, pero pocos parecen darse cuenta). Pero Mariátegui, buscando una
síntesis superadora, arroja una tercera presunción, cargada de un lirismo trágico:
“Seguramente Radiguet ha muerto del modo más natural. Era un hombre nacido para producir una
obra con fisonomía de chef d’ouvre. Escrita la obra maestra, tenía que morirse. No le quedaba
nada por hacer en el mundo. El objeto de su vida estaba cumplido”.
Allí reside la mirada crítica de Mariátegui: en imbricar las condiciones materiales de
producción de los discursos sobre el arte, con la propia dimensión trágica de la literatura; el
aspecto lúdico, la ironía y la inteligencia de la literatura, con el contexto social de aparición y
la perspectiva histórica. Oscilando entre una y otra posición, Mariátegui pone en cuestión ambos
lugares. El marxismo, la sociología, el contexto, no alcanzan para comprender a la literatura; pero
el pensamiento trágico, idealista y conservador, tampoco. De lo que se trata es de formular una
crítica de la insuficiencia de esas posiciones. Una crítica que profundice la negatividad radical
de la literatura.
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