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¿Será una despedida?

Desde que vi Casablanca, odio las despedidas. Hasta las despedidas perfectas son tristes.

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Por Jorge Lanata | 19.08.2007 | 01:17

Desde que vi Casablanca, odio las despedidas. Hasta las despedidas perfectas son tristes. Ahí está Rick volviendo sobre sus pasos con el Capitán Renault, Strasser está muerto y la policía buscará a los sospechosos de siempre. Ilsa y Victor Laszlo vuelan hacia su destino. Entre la bruma se escucha el ronroneo del avión y Rick Blaine le dice al militar francés:
—Louis, presiento que éste es el comienzo de una nueva amistad.
Son tristes. No entraba a una redacción desde mi alejamiento de Veintitrés, y cuando entré a ésta fue como volver a casa. Miré a mi alrededor preguntándome: ¿cuál será mi escritorio?. Las “cuadras” desordenadas, el tumulto, la insoportable luz de tubo, el café tibio, los teléfonos que suenan y nadie atiende, la carrera contra el tiempo son mi casa. Como también está mi casa en la cola de camiones frente al taller, esperando la salida de los ejemplares en barrios insólitos y oscuros en los que sólo se ve una luz, y es ésa la que señala el sitio de las rotativas. En mi casa hay olor a tinta, y papeles recortados en el piso y un monstruo inmenso, aceitado y mecánico que imprime nuestros sueños del día anterior. Aquí volví a sentir –como sentí hace ya veinte años en Página/12– lo que sucede cuando metemos un palo en la rueda y, por un segundo, todo se detiene. Lo sentí en mi propio diario con el Yomagate, las valijas de Amira, la Ferrari de Menem, los guardapolvos de Bauzá, la tapa en blanco del indulto, el diario amarillo y tantos más. Aquel viento volvió a soplar en Veintitrés con los jueces federales, los negocios de Meijide, y en estas páginas con la renuncia de Lavagna, la bolsa de Felisa, los negocios de Uberti y el doble discurso de los K. Viento en la cara, sensación de que alguna vez la justicia existe. Me despido ahora de PERFIL porque dedicaré los próximos meses al armado de un proyecto propio: un nuevo diario que estará en la calle el 3 de marzo. A mi alrededor están convencidos de que no tengo cura: para qué un diario, por qué ahora, ¿qué sentido tiene salir de la radio con el segundo programa más escuchado?, ¿por qué no quedarme –de una puta vez– tranquilo? Montar un diario, imaginarlo desde la nada, verlo crecer, ver cómo esa idea se transforma en los demás es un privilegio que tuve una vez y que espero volver a vivir: uno deja la vida en ello, y vale la pena hacerlo. Preguntarse por qué es igual a preguntarse si tiene sentido soñar, o enamorarse. Las palabras nunca llegan ni a los tobillos del corazón. Serán, los próximos, unos meses de silencio ruidoso: fuera de los medios para meterme en el corazón de uno por nacer. Creo que ya dije que odio las despedidas, aunque me pregunto si ésta lo será: estábamos antes del mismo lado, lo estuvimos estos años, seguiremos estándolo. Hablo del periodismo. De ese destino que no nos podemos sacar de encima.

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