De tanto repetirlo, el concepto ha terminado por reinar, supremo e incuestionado, contundente y
aliviador: no importa cuán horribles puedan parecer los Kirchner, la verdad –se alega–
es que no hay alternativa presentable para contraponerles. Un reciente viaje a Rosario me dejó
pensando sobre estas escuálidas certezas y, sobre todo, me dio algunas pistas, relacionadas con
sinuosas trampas que a menudo se organizan exitosamente en la Argentina.
Santa Fe debe elegir nuevo gobernador dentro de dos semanas. Hay muy fuertes posibilidades de
que en ellas no gane el candidato del kirchnerismo, sino un médico socialista cuyo partido gobierna
Rosario desde hace 16 años. Un triunfo de Hermes Binner en Santa Fe puede expresar una serena pero
enérgica voluntad civil de cambiar de rumbo en uno de los cuatro distritos más importantes del
país.
El 61 por ciento de los porteños ya le propinó una derrota significativa al Gobierno al
elegir a Mauricio Macri y Gabriela Michetti para gobernar la Ciudad de Buenos Aires. Si la
coalición socialista-radical que postula a Binner y a la radical Griselda Tessio se impone al
diputado porteño Rafael Bielsa en las elecciones santafesinas del 2 de septiembre, el panorama
político para el 10 de diciembre deviene apasionante, muy a contramano de las ilusiones oficiales.
El kirchnerismo se quedará con la provincia de Buenos Aires, la mayor del país, pero Córdoba
(que también vota el 2 de septiembre) y Mendoza no son por ahora batallas ganadas para el
matrimonio Kirchner.
Esta configuración podría completar un cuadro evidente desde hace años: la inexistencia de un
oficialismo robusto y coherente en todo el país.
Binner, por de pronto, se halla ante una situación inmejorable. Intendente rosarino de 1995 a
2003, ganó las elecciones provinciales de ese último año, pero se quedó sin el cargo por esa
colosal estafa armada por el pintoresco peronismo santafesino y conocida como ley de lemas. Vale la
pena detallar los números de la saga política de Binner para advertir qué puede suceder ahora en
este distrito fundamental.
En las elecciones de 1995, que lo convirtieron en jefe político de Rosario, Binner y su
Alianza Santafesina obtuvieron el 54,31 por ciento de los votos, contra el 39,52 del justicialismo,
que hasta ese momento se ufanaba de que “la Chicago argentina” era la capital del
peronismo.
Esa ventaja de 15 puntos en 1995 casi se duplicó, para convertirse en casi 27 puntos en 1999,
cuando Binner y la alianza socialista-radical lograron el 59,86 por ciento, contra el 33% de los
peronistas.
Al terminar su segundo y último mandato como alcalde de la seductora Rosario, Binner se
presentó por primera vez como candidato a gobernador de la provincia, pero su rotunda demostración
de fuerza fue deshecha por el sistema creado para procesar la interna peronista, esquema de
“lemas” convertido en una de las expropiaciones de legitimidad popular más clamorosas
de la democracia argentina.
Así, considerado como “lema”, el fragmentado justicialismo amasaba en 2003 el 43
por ciento de los votos, contra el 38 por ciento del frente socialista-radical. Pero de los 701.570
votos amuchados en el “lema” del PJ, sólo 351.000 fueron para Jorge Obeid y María
Eugenia Bielsa, mientras que Binner fue votado por 600.615 votos, sobre un total de 619.615 para el
“lema”. Dicho de otro modo, Obeid fue proclamado gobernador, pero con 42 por ciento
menos de votos que Binner, que se fue a su casa.
El 23 de octubre de 2005, Binner encabezó la lista de candidatos a diputados nacionales del
Frente Progresista, acumulando, en pleno cenit de la popularidad de Kirchner, casi el 43 por ciento
de los votos, contra el 33 por ciento del oficialismo y 6 por ciento de ARI, el partido de Elisa
Carrió.
Binner ganó en 11 de los 19 departamentos de la provincia y, con 625.335 votos, sacó sobre la
lista del kirchnerista Agustín Rossi una ventaja de 141.000 sufragios. En Rosario, Binner tuvo
268.900 votos, el 43 por ciento de lo que logró en toda la provincia, 125.000 votos más que Rossi,
mientras que en el resto de la provincia la ventaja fue de 16.000 sufragios. Mientras que, en 2003,
los 640.000 votos del frente socialista-radical significaron el 38 por ciento del electorado, en
2005 sus 625.000 votos representaron casi el 43 por ciento. El kirchnerismo perdió en esta
oportunidad 237.500 votos respecto de las elecciones previas. El triunfo de la alianza Partido
Socialista-UCR se produjo en 10 de los 19 departamentos provinciales, los que poseen mayor cantidad
de habitantes, incluyendo Rosario. En la capital de la provincia, la ciudad de Santa Fe, el
oficialismo kirchnerista ganó por 69.537 a 69.511, una diferencia de sólo ¡26 votos!
Así se llega a 2007. La mudanza de Bielsa a Santa Fe y su triunfo sobre Rossi en la interna
estimularon expectativas de hipotética reconstrucción de un peronismo desvencijado por tantos años
de gestión. Todo sugiere, sin embargo, que la propia dinámica de la disputa le resta energías
transformadoras a Bielsa, que persiste en representar en la Cámara de Diputados a la Ciudad de
Buenos Aires mientras procura ser electo gobernador de Santa Fe. Este despropósito patentiza el
panorama mediocre de la calidad democrática de una sociedad cuyos mecanismos de intermediación y
representación siguen exhibiendo la misma debilidad que en 2001.
Santa Fe, pero sobre todo y especialmente Rosario, proyectan, sin embargo, nuevas
perspectivas, y no sólo electorales. Los gobiernos socialistas, incluyendo el actual de Miguel
Lifschitz, que aspira a un segundo mandato, han venido gestionando una ciudad que, castigada como
todo el país por el colapso que se insinuó ya en 1998 y estalló descontroladamente en 2001-2002,
supo diseñar y recorrer una salida seria y transformadora. Es hoy la ciudad mejor gobernada del
país, y eso se advierte no más caminar por sus calles, plazas y bulevares, recorrer la sensual
costanera y conversar con su gente.
Emana de ella una certidumbre, visible en una arquitectura urbana y una geografía social más
armónicas, menos agresivas y voraces que lo que se percibe en la Capital Federal.
Si Rosario es a Santa Fe lo que la provincia de Buenos Aires es a la Argentina, las gestiones
municipales de la ciudad hacen evocar la experiencia de Tabaré Vázquez gobernando Montevideo antes
de ser elegido presidente del Uruguay.
Por eso, sencillamente no es cierto que las alternativas surjan de pronto, como relámpago
poderoso en una noche estrellada. Son secuencias largas, hechas de intentos, fracasos y triunfos.
Si la propia indigencia institucional argentina permite que este país se regocije con los ácidos
jugos del escepticismo convertido en profecía, experiencias cercanas y poco ruidosas apuntan a
otras opciones, menos mesiánicas y más verdaderas.