Conocí a Miguel Wiñazki en 1995, cuando era un joven periodista y filósofo que estaba a cargo de la
sección Cultura de la revista Noticias. Wiñazki era famoso, entonces, por encender un cigarrillo
con la brasa del anterior, por masticar vasos de plástico hasta que no quedara nada de ellos, por
perder, como en un pase de magia, las lapiceras de sus colaboradores y, sobre todo, por tener la
virtud de vincular los temas más candentes de la actualidad con casos históricos que funcionaban
como perfectas metáforas de la realidad. Claro que Wiñazki también había publicado un libro como El
último feudo, que ya entonces desvelaba las mañas del clientelismo político provincial de Adolfo
Rodríguez Saá, al que llamó “fascista mágico”. Y estaba dando los últimos retoques a
Ataque de pánico, un inteligente diagnóstico social de la Argentina, mucho antes de que esta
afección fuera incorporada al vocabulario corriente.
Más de diez años después, Wiñazki ya no fuma, es secretario de redacción del diario Clarín y
acaba de entregar su último trabajo: Moreno. El fuego que encendió la patria (Editorial Marea).
¿Otro arranque de oportunismo intelectual? No parece que éste sea el caso. Wiñazki suele inclinarse
a rastrear en la vida de diversos personajes históricos el origen del funcionamiento de ciertos
males sociales. Un ejemplo: en 1997, mucho antes de que la historia se convirtiera en un negocio
editorial redituable, había escrito Sobremonte, la historia del virrey que, al atronar las
invasiones inglesas de 1806-1807, se hizo célebre por huir hacia Córdoba con los dineros del
erario.
Ahora, entonces, Wiñazki se mete con Mariano Moreno: el enigmático secretario de Guerra y
Gobierno de la Primera Junta, abogado de los hacendados de Buenos Aires, ilustrado pasional que
ordenara con sangre fría el fusilamiento de Santiago de Liniers y a cuya pluma se le atribuye la
confección del Plan revolucionario de operaciones, uno de los documentos más apasionantes que ha
legado la historia argentina reciente.
¿Quién fue Moreno, según Wiñazki? Sobre todo, un hombre contradictorio: de formación
católica, importó el pensamiento iluminista al Río de la Plata, trocó su primigenia filiación
hispánica por una anglofilia sin matices, y a la vez que representaba a la floreciente burguesía
comercial bregaba por la libertad de prensa, con la fundación de La Gazeta de Buenos Aires, aunque
al mismo tiempo le imponía férreos límites: “La semana que haya de darse al público alguna
noticia adversa, ordeno que el número de Gazetas que hayan de imprimirse sea muy escaso, no
debiéndose dar cuidado alguno al Gobierno que nuestros enemigos repitan y contradigan en sus
periódicos lo contrario”.
“La incomprensión del presente nace fatalmente de la ignorancia del pasado. Pero no es
menos vano esforzarse por comprender el pasado si no se sabe nada del presente”, escribió el
historiador francés Marc Bloch en su Introducción a la historia. “Captar lo vivo es, en
efecto, la cualidad dominante del historiador”, agregaba. Si hay algo que puede afirmarse del
Moreno de Wiñazki es que se trata, precisamente, de un libro vivo; un libro que evita caer en la
tan habitual lectura maniquea de la historia argentina, y que no pretende sacar conclusiones sino
plantear interrogantes. En sus propias palabras, “abordar la historia como un palimpsesto
invertido”, suponiendo que, al enfocar adecuadamente ciertos ángulos del pasado, es posible,
cada tanto, iluminar algún rincón del presente. Y Wiñazki lo hace: revive a un Moreno complejo,
según los preceptos blochianos: con los pies bien plantados en el presente.