Autoridad? Una pretensión de fascistas. ¿Orden? Un delirio de reaccionarios. ¿Respeto? La
imbecilidad obsoleta. ¿Mérito? Un rasgo superfluo. ¿Espíritu de sacrificio? Son pamplinas
finiseculares.
El debate civil más importante está encubierto o tapado por acciones intimidatorias. No está
permitido discutir en la Argentina de esta era sobre la legitimidad de valores que resultan
descalificados por el canon reinante, un código minucioso que estipula lo posible y erradica lo que
desprecia.
Así las cosas, un dogma que asume hoy ribetes de ortodoxia incuestionable define como
positivo el desorden y elogia las supuestas ventajas de tolerar la ilegalidad, porque siempre hay
delitos mayores o más gruesos, lo cual avala coexistir pasivamente con el microdelito, hasta que,
algún día, seamos capaces de doblegar el crimen en gran escala.
Es una excusa de bajas calorías. En verdad, la tolerancia de las ilegalidades sistémicas
padecidas por la Argentina corona la supremacía del “abusivismo”. Así han denominado en
la Italia actual a ese criterio perdonavidas de acuerdo con el cual “no es de
izquierda” recuperar esa indispensable microlegalidad, hoy viciada por la cotidiana dieta de
transgresiones con que nos alimentamos.
Como son infracciones pequeñas, automáticamente se las relega y menoscaba, todo ello
salpimentado por un cínico “bueno, ¡pero no es para tanto!”.
La modernidad cultural argentina funciona como una cotidiana secuela de permisos
permanentemente renovados y mayores. Las excusas y razones esgrimidas siempre derivan al colapso de
2001 y a lo que se define como una imposible revalorización de instituciones y formas consideradas
vacías de significado.
Esa “ideología argentina” en boga se organiza desde un curioso anticapitalismo
primitivo, formación cultural que corona un populismo antiburgués muy notable. Uno de los países
más anti USA del mundo, como lo describió hace semanas con notable precisión Graciela Romer en
estas páginas, esa Argentina caleidoscópica oscila entre Gaza y Barcelona, entre Bagdad y Miami.
Con la política desvanecida del escenario central, todo termina en gestos, guiños, señales, que
pretenden reemplazar el universo de la palabra y la arquitectura del sistema democrático de toma de
decisiones.
Una de las ciudades más bellas y civiles del mundo, Florencia, proporciona en los últimos
días un caso ejemplar para el debate, una discusión que parece remota a la respiración del rústico
y atrasado progresismo latinoamericano. El gobierno municipal de esa legendaria alhaja de Toscana
resolvió penalizar severamente a las bandas de lavadores de parabrisas instaladas en los
principales cruces de calles de la ciudad donde los semáforos organizan la circulación y ellos
acosaban a los automovilistas indefensos. El gobierno de Florencia no está en manos de fascistas, o
de la derecha berlusconiana: lo ejercen los demócratas de izquierda, expresión siglo XXI del
comunismo gramsciano, a cuyos hoz y martillo han renunciado, pero no a la pretensión de equidad
social.
Florencia demostró que hay una progresía honesta y a la vez realista, que no admite la doble
moral de la izquierda del siglo anterior; por el contrario, afirma con vigor que nada hay más
incoherente que una izquierda que renuncia a proteger la legalidad cotidiana alegando que eso es un
lujo de la clase dominante.
Son elementos de juicio de notable interés para una sociedad tan cerrilmente envenenada como
la de la Argentina por la práctica del arrebato sacralizado. Esto se ve con claridad en una ciudad
tan desquiciada como Buenos Aires.
Así, y como era previsible, esa costosa y ríspida intervención urbana que fue el
ensanchamiento de la avenida Corrientes por la administración Ibarra terminó habilitando centenares
de metros de nuevas y anchas veredas al trabajo ilegal y prepotente de los “manteros”.
Doble infracción: violan la ciudadanía fiscal que sí se les impone a los comercios formales, y
además confiscan el supuestamente recuperado espacio público.
Imponer rigor e intransigencia en esta materia supone ser etiquetado de enemigo del pueblo.
Por eso, los vendedores de Palermo Viejo ocuparon impunemente durante años plazas y calles del
barrio y por eso, de nuevo, las varias veces restaurada calle Florida ha vuelto a ser secuestrada
por personas para quienes la ley vigente para todos no se les puede aplicar nunca.
El desorden urbano no es la cuna de la transformación social y la pasividad culposa para con
los bolsones de marginalidad más agresivos oculta una tolerancia para una obscena explotación.
Una abrumadora mayoría de personas que viven de lo que se procuran en las calles devienen en
un ejército de siervos explotados por quienes no muestran la cara y lucran con la esclavitud de los
débiles.
La idea de honestidad y cumplimiento es desdeñada agresivamente o, al menos, hace reír.
Vivimos en unos tiempos blindados tras la noción de excepcionalidad permanente, un ciclo histórico
en donde es “reaccionario” puntualizar deberes y obligaciones, pero es
“progresista” exigir garantías y derechos nunca suficientes.
Estudiantes de colegios secundarios invaden recintos universitarios exigiendo de manera
pedestre y pandillesca que las autoridades de sus establecimientos sean elegidas de manera
“democrática”, como si un alumno fuese un ciudadano elector de quienes imparten
conocimiento.
Impugnado, así, el concepto de autoridad, una sociedad extrañamente indócil le reza al credo
de los hechos consumados. Reina, entonces, un discurso oblicuo y esencialmente mentiroso, con
semanal superación de las cotas de impudicia.
¿Cómo se puede exaltar la educación pública al inaugurar una híper rentable sucursal porteña
de la (privada) New York University, si la mujer que dice sentir orgullo de haber estudiado en una
universidad estatal jamás se presenta a hablar en casas de estudio públicas y, en cambio, elige las
privadas y si es posible extranjeras para hacerlo?
En estos escenarios se advierten las hipocresías más clamorosas, en las instituciones
educativas y en la temática del orden urbano, donde ahora se estimula a que los ciudadanos puedan
reclamar y recibir todo, pero nadie tenga derecho a reclamarnos nada.
Abruman con su reclamo de estudios gratuitos e ingreso irrestricto, pero nadie les exige
calidad, esfuerzo, excelencia. Lo único que importa es “incluir” y no dejar
“afuera” a nadie, ni en las aulas ni en las calles, sin criterio ni condiciones,
recurso sagrado de la demagogia abrumadora que hoy galopa por estas pampas agrestes.