Jorge Julio López desapareció el 18 de septiembre de 2006. Felipe Vallese fue secuestrado el 23 de
agosto de 1962. No se ha vuelto a saber de López. El cadáver de Vallese nunca apareció. Si viviese,
hoy tendría 67 años. López tenía 77 años cuando desapareció, vestido de jogging azul y un suéter
viejo gris oscuro. Robusto, medía 1,70 m, ojos verdes, tez blanca, cabello corto, rubio/canoso.
Tras la instauración de la dictadura militar en 1976, López fue secuestrado por Miguel O.
Etchecolatz y el policía Hugo Guallama, el 27 de octubre de ese año. Un día después lo sometieron a
la primera sesión de tormentos en el destacamento policial de Arana y a las 48 horas fue llevado al
centro clandestino de detención Pozo de Arana, ubicado en el viejo casco de la estancia La Armonía.
Posteriormente estuvo preso en las comisarías 5ª y 8ª de La Plata y, finalmente, en la Unidad Penal
Nº 9 de Olmos, donde quedó, ya “blanqueado”, a disposición del Ejecutivo. Liberado el
25 de junio de 1979, su esposa y dos hijos varones (Rubén y Gustavo) fueron su mayor preocupación
durante el tiempo que estuvo detenido. En 1962, Vallese fue levantado a trompadas y culatazos por
una banda de seis policías, que lo capturó frente a un bar de Canalejas al 1700, entre Donato
Alvarez y Trelles, en el barrio donde nació el 14 de abril de 1940. Canalejas no existe más. La
calle ahora se llama Felipe Vallese. Nacido en General Villegas, dedicado a tareas rurales y
albañilería, López tenía segundo grado de escuela primaria terminado. Peronista, militó en la
unidad básica de su barrio en Los Hornos, junto a Montoneros. “Creo que me secuestraron
porque ayudaba a los muchachos. Colaboraba con los que salían a la calle (después del golpe) y no
con la cúpula, como (Mario) Firmenich, que se fue con la guita de la organización”, aclaró el
28 de junio pasado en el juicio. Fue testigo decisivo contra Etchecolatz en la investigación de lo
ocurrido con Patricia Dell’Orto y Ambrosio de Marco, desaparecidos el 5 de noviembre de 1976
y vistos por última vez en el Pozo de Arana, donde fueron asesinados. Puesto a
“disposición” del Poder Ejecutivo, el 4 de abril de 1977 lo trasladaron a la Unidad Nº
9 de La Plata. Lo liberaron recién el 25 de junio de 1979. En 1962, Vallese militaba en la Juventud
Peronista. Tenía 22 años, pero desde los 18 era delegado del personal de la metalúrgica Trafilación
y Esmaltado de Alambres de cobre, ubicada también en Flores, en Caracas al 900, a tres cuadras de
su casa de Terrero al 600. Al ser capturado Vallese por la Unidad Regional San Martín de la Policía
bonaerense, era presidente de la Argentina el senador José María Guido, político rionegrino en el
cargo desde marzo de 1962, tras el golpe militar que derrocó al gobierno de Arturo Frondizi. Como
presidente del Senado, Guido fue puesto en la Casa Rosada ya que el vicepresidente Alejandro Gómez,
como Chacho Alvarez en 2000, había renunciado. Cuarenta y cinco años después, en la madrugada del
18 de septiembre de 2006, López salió de su casa para concurrir a los Tribunales a escuchar los
alegatos finales del juicio contra Etchecolatz. Nunca llegó. Fue visto por última vez a las 9.45 de
ese lunes 18, en la avenida 66, entre 137 y 138, centro comercial de Los Hornos. Saludó a un vecino
y no se supo más nada de él desde entonces. Pero mientras que el secuestro y asesinato de Vallese
hace casi medio siglo, produjeron un alud de protestas y tomas de posición en solidaridad con él,
en el caso López la degradación moral del progresismo argentino aportó algo nuevo. El 28 de
septiembre de 2006, a menos de dos semanas de que López se esfumara, Hebe de Bonafini acusó a la
víctima. “El haberse presentado a declarar (en el juicio contra Etchecolatz) puede ser parte
de la maniobra”, dijo la admiradora de Osama Bin Laden. Puntualizó que se trataba de
“una maniobra contra la política de derechos humanos” del presidente Néstor Kirchner.
El presidente del tribunal que juzgó a Etchecolatz, Carlos Rosanzky, fue categórico: “Lo peor
que se puede hacer es investigar a la víctima”. Pero Bonafini no fue ni imprecisa ni
contradictoria: “Para nosotros, no es un típico desaparecido. López no fue militante, hay que
investigar su trayectoria”, dijo. Esta mujer, que se alegró de los 3.000 muertos provocados
por el atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York en 2001, aseguró que la desaparición de
López fue “una maniobra muy bien organizada, porque sabemos que los tipos todavía están
organizados para destruir toda la política de derechos humanos que está haciendo el
Gobierno”. Y ya en plan de pesquisa alucinada, barruntó: “Me llama mucho la atención
que López vive en un barrio de policías y que su hermano es policía. Estuvo preso en la (cárcel) 9
y era un tipo que no lo quería nadie, estaba muy apartado porque su padre era comisario y entonces
tenía muchos privilegios en la cárcel”, añadió. ¿Una maniobra? Sí, una maniobra, redobló:
“Es un tipo muy inteligente, el haberse presentado a declarar puede ser parte de la maniobra.
Las maniobras están muy preparadas a veces, muy organizadas”. Preocupada por defender a su
protector principal, Bonafini necesitó, además, decir que “el Presidente no tiene la
responsabilidad de la desaparición de López; al contrario, esto es contra él”. ¿Por qué?
“Hay un desaparecido que le quieren tirar al Presidente. Acá hay que pensar muy bien quiénes
son los que no quieren ser juzgados y condenados, quiénes son los que no quieren ir a la cárcel,
quiénes son los cómplices de los que van a ir a la cárcel. En la Casa de Gobierno hay un amigo que
lucha junto a nosotros por la libertad, por la justicia”. ¿Qué quería decir esta figura
emblemática de la izquierda revolucionaria cuando aseguraba que “para nosotros, López no fue
un militante”? ¿Por qué anunció “me cuesta creer que López esté desaparecido, por todo
lo que pasa, por lo que dice la familia, porque él todavía no aparece y todo el fascismo y la
impunidad que todavía existen”? En el propio grupo de Bonafini, el asunto generó estupor. Un
estrecho colaborador de ella, Carlos Aznárez, definió a López como “un compañero
revolucionario y combatiente. Revolucionario, porque en los 70 abrazó esa causa y la llevó con
dignidad en las buenas y en las malas. Peronista, que como tantos otros, reivindicó lo mejor de ese
movimiento y se desmarcó de las componendas que lo fueron convirtiendo en un partido más. Montonero
de abajo, de los que no necesitaban encuadramientos ni cargos ni distintivos especiales, para
jugarse al lado de su pueblo agredido”. Flagrante discrepancia: ¿policía o revolucionario?
¿Abnegado militante o tipo al que no quería nadie? La izquierda argentina no quiso meterse en el
asunto. Al igual que con sus silencios de un siglo, desde Stalin hasta Cuba, en la Argentina
reiteró su conducta: no sabe, no contesta. Si, como recuerda Aznárez, “López aguantó con
entereza las más brutales torturas (…), no dio un solo nombre a los esbirros de la picana, no
quebraron ni un ápice su fortaleza, a pesar de que vio y escuchó todos los horrores y todas las
sevicias”, ¿por qué la suprema sacerdotisa de la revolución lo acusó de
“policía”? Simple: la desaparición de López, hace un año, se hizo bajo la presidencia
de Kirchner. Por eso hay que recordar a Felipe Vallese.
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