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La enfermedad sólo puede contarse con mandarinas

Basada en un cuento de Cortázar, “La única manera (de contar esta historia es con mandarinas)” es una obra que, con buenas actuaciones y un correcto manejo del tiempo, transporta al público al juego y espíritu de la niñez.

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Por Alicia Beltrami | 08.10.2007 | 15:05

Las tres hermanas que juegan a ignorar la enfermedad.

Las tres hermanas que juegan a ignorar la enfermedad. | Foto: Gentileza Duche & Zárate

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“En una casa donde hay alguien con algún defecto físico y mucho orgullo, todos juegan a ignorarlo, empezando por el enfermo, o más bien se hacen los que no saben que el otro sabe”, escribió Julio Cortázar en su cuento El final del Juego y esa frase condensa el espíritu de “La única manera (de contar esta historia es con mandarinas)”, la obra de teatro basada en la adaptación libre de ese mismo texto.

En un espacio austero que bien podría ser un cuarto o el patio de una casa, tres hermanas juegan a ignorar la enfermedad. La historia se arma y desarma en un permanente juego con la temporalidad (niñas del pasado - mujeres del presente), alrededor de un secreto bien guardado que articula el relato y que será develado en el momento justo: el tiempo se detuvo para una de ellas, que cree seguir siendo una nena.

Mientras Holanda (Sabrina Gómez), Alaska (Magdalena Grondona) y Birmania (Ana Scannapieco) son pequeñas, el baile, la frescura, el lenguaje inocente y colorido de la niñez se adueña de la escena y el espectador siente haber hablado y reído así, de esa manera, con todo. Pero cuando el presente aparece, el juego se oscurece; no obstante el buen manejo del humor no lo deja caer en el golpe bajo: el mejor logro del guión y la puesta en escena.

Encasillada en el rubro de comedia dramática, la obra dirigida por Ana Lidejover y Melisa Hermida, cuenta con buenas actuaciones, sobre todo la de Scannapieco que interpreta a la niña enferma y logra trasmitir con plenitud el regalo y castigo de su vida.

En tanto las otras dos hermanas transitan entre el dolor, amor, encono y la culpa de sostener con sus vidas esa historia, Birmania juega como lo hacen los personajes de los cuentos con los que entretiene al público.

Como la fábula de la abejita a la que un hada le concede ser Cenicienta por un día y convierte una mandarina en su carruaje. Cuando el reloj marca las 12 de la noche y el hechizo se hace añicos, el príncipe azul no llega nunca y la abeja queda atrapada dentro de la fruta, sin poder salir nunca más. En fin, la única manera de contar esa historia fue con mandarinas.


Teatro “El camarín de las musas”: viernes a las 21.
Mario Bravo 960. Ciudad de Buenos Aires.

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