Para Godard, la deuda del cine con su siglo es no haber podido filmar los campos de exterminio. En
principio es cierto: nadie logró colocar una cámara en los lager, pero tampoco se conocen
documentos visuales del Gulag ni de la Esma, ni del genocidio armenio ni de las masacres de Ruanda.
Es verdad que el horror esquiva la mirada cinematográfica pero, a su vez, el cine padece de cierta
incapacidad frente a la Historia. A pesar del sinnúmero de documentales y ficciones que se ocupan
del pasado, es notable la escasez de películas que tratan el presente desde la conciencia de su
devenir. Sin embargo, el siglo XX se cerró con un registro brillante de la transición histórica. Se
llama Tie Xi Qu y se conoció en Occidente como Al oeste de las vías. Es una película de nueve horas
de duración, producida, fotografiada y dirigida por el chino Wang Bing, un desconocido hasta que en
2003 los festivales lo colocaron en la elite de los cineastas jóvenes a los que recurren críticos y
programadores cuando intentan contradecir a Godard y probar que el cine no ha muerto (Costa,
Zhanke, Hong, Weerasethakul, Serra, Alonso…).
Al oeste de las vías se filmó entre 1999 y 2001 en el distrito de Tie Xi, parte de la ciudad
de Shenyang, al noreste de China. Allí funcionó durante sesenta años un polo de la industria pesada
con más de 100 fábricas. Creado en 1943 por los japoneses y ampliado tras la Revolución con
maquinaria alemana decomisada por los rusos, llegó a emplear más de un millón de obreros. En los
noventa, la tecnología obsoleta y las garantías laborales lo hicieron inviable para las nuevas
reglas de la economía china, y las fábricas comenzaron a quebrar hasta su abrupto cierre y
desmantelamiento cerca del simbólico año nuevo de 2000. Wang Bing muestra una reproducción en
escala del final simultáneo del capitalismo pre-globalizado y del socialismo. Mientras vemos esas
fábricas monstruosas y contaminantes que recuerdan a los esqueletos de los dinosaurios, asistimos
también al padecimiento de los obreros despedidos, abandonados a su suerte por un estado que los
explotó durante décadas para, finalmente, negarles toda protección: además de quedar cesantes, sus
viviendas son destruidas para alojar a la nueva burguesía. Wang filma el cambio de época y de
sistema económico y social mostrando las ruinas industriales y la vida cotidiana de las víctimas.
Al unir los relatos mediante los movimientos de los viejos trenes de carga que conectan las
distintas locaciones, encuentra un dispositivo cinematográfico genial que parece homenajear al que
empleara Claude Lanzmann en Shoah.
Cuatro años después de su obra cumbre, Wang Bing vuelve a filmar. Fengming o Crónica de una
mujer china marca otro encuentro del director con la Historia. La puesta en escena es distinta: una
anciana rememora su odisea y la de su familia durante los años de persecución ideológica que
culminaron en la Revolución Cultural. Ingenua militante revolucionaria, casada con un periodista,
las desgracias de Fengming comienzan en 1958, cuando la declaran enemiga del Partido y la mandan a
un campo de trabajo en el que conoce todo tipo de padecimientos mientras su marido muere de hambre
en otro establecimiento de reeducación. La película (apenas tres horas) sólo muestra a la mujer
hablando, sentada en su departamento, y el relato cubre otro capítulo siniestro en el largo padecer
chino. Pero no se trata de un simple testimonio a cámara: Fengming es una narradora extraordinaria
(de hecho, ha publicado un libro autobiográfico), cuya técnica le permite remontarse desde los
detalles más banales hasta momentos de una evocación emotiva y espiritual sublime. Si en Tie Xi Qu,
Wang capturaba la Historia, ahora explora además la relación del cine con la literatura.
Fengming se exhibe estos días en el Doc Buenos Aires, el festival de documentales, acaso el
evento cinematográfico más refinado de la ciudad.
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