En un proceso que tuvo lugar en los últimos veinte años, con la retracción del franquismo en España
y la instauración de políticas neoliberales en buena parte de Sudamérica, centros editores como
Buenos Aires se vieron desplazados por la metrópoli, retrotrayendo la industria del libro a una
relación neocolonial. Los sellos locales fueron primero adquiridos por editoriales españolas que,
luego, vendieron a conglomerados de medios estadounidenses, alemanes y norteamericanos. Así las
cosas, las decisiones de fondo de los sellos que dominan la mayor parte del mercado se toman lejos
de la Argentina –y si un autor argentino quisiera publicar su libro por el mismo sello en el
que lo hizo aquí pero, por ejemplo, en Colombia, Perú o, más extraño aun, Uruguay, no hay manera de
que lo haga sin ser editado, primero, por la casa matriz de España.
Pero el carácter radial de esta influencia no parece limitarse sólo a la industria editorial
y, más seguido de lo esperable, derrama su influencia sobre el periodismo cultural. En el capítulo
“La transmisión circular de la información” de su ensayo Sobre la televisión, Pierre
Bourdieu afirma que los productos periodísticos “son mucho más homogéneos de lo que se
cree”. El sociólogo francés dice ver, por debajo de las aparentes diferencias,
“profundas similitudes, ligadas a una serie de mecanismos: el más importante de los cuales es
la lógica de la competencia”. Bourdieu habla de la lógica interna de la producción
periodística televisiva, pero el funcionamiento es trasladable a la prensa escrita: “Las
restricciones de la competencia son muy fuertes, en la medida en que cada uno de los productores
está llevado a hacer cosas que no haría si no existieran los otros”. Y agrega: “Esta
suerte de juego de espejos que se reflejan produce un formidable efecto de clausura, de cerrazón
mental”.
Tal vez por algo relacionado con todo esto los suplementos culturales de los diarios
argentinos –la oferta más numerosa de Latinoamérica, tal vez mayor que la de la propia
España– se sienten obligados a repetir tics de sus pares europeos en lugar de imponer su
propia agenda. En este sentido, el suplemento Babelia, del diario El País –antes fundamental,
y de un tiempo a esta parte en evidente proceso de decadencia–, vendría a ser uno de los
principales faros de inspiración. Por tomar un solo ejemplo: quince días atrás Babelia publicó en
tapa un cuento inédito de Julio Cortázar, acompañado de una serie de artículos que analizaban la
obra y el legado del escritor. La edición on line reproducía estas notas, salvo el texto de
ficción. Pero, de todas maneras, El País se imprime y se vende también en la Argentina, con lo que
el lector interesado en Cortázar sólo debía ir hasta el kiosco de diarios para encontrarlo. Una
semana después, la revista de cultura de mayor circulación de la Argentina repetía en su tapa, con
leves variaciones, el mismo cuento y abordaje periodístico, y lo mismo hacía el suplemento cultural
del diario más vendido de Chile.
Pero este extraño efecto de la globalización no habla sólo de la industria cultural. Muestra,
sobre todo, la forma en que muchos piensan aún el periodismo cultural: de modo analógico. ¿Qué
sentido tendría sino reproducir artículos publicados apenas días antes en el mismo idioma, con
Internet a disposición de la mayor parte del público lector especializado? Una vez más, de lo que
se trata es de reflexionar acerca de los desafíos que plantea hoy el oficio, de intentar
comprenderlos y capitalizar la potencialidad del desarrollo tecnológico de la información: porque
el futuro, más temprano que tarde, será pasado.
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