| COMO LA PUBLICIDAD AFECTA LA LINEA EDITORIAL. Fue uno de los temas debatidos durante la Segunda Conferencia Nacional e Internacional del Foro de Periodismo Argentino. |
Ayer y antes de ayer, en la sede de la Universidad de Palermo, se realizó el Segundo Congreso
Nacional e Internacional del Foro de Periodismo Argentino, FOPEA. El programa incluyó una mesa de
debate titulada “Vinculaciones entre publicidad y línea editorial” en la que me tocó
exponer junto con Jim Rowe, del diario The Washington Post, y Alicia Miller, del Diario Río Negro,
que recientemente ganó su juicio contra el gobierno de Neuquén por discriminación con la publicidad
oficial en la Suprema Corte.
Deseo compartir con el lector el extenso trabajo que presenté porque creo que explica
detalladamente un tema crucial en la política de comunicación del Gobierno. Como el texto de mi
exposición alcanzó a veinte mil caracteres y al menos diez de los veintitrés slides proyectados son
necesarios para seguir el relato, decidimos dedicarle, además de esta contratapa, el espacio que
normalmente ocupa el reportaje.
La exposición. ¿Cómo la publicidad afecta la línea editorial? Escuchamos al
Gobierno defenderse de las críticas por el uso político que realiza con la publicidad oficial,
diciendo que la publicidad privada o comercial también afecta a los medios, resultando una especie
de lobby a favor de los empresarios, y lo que hace el Gobierno con su publicidad es
“compensar”. Además, esta nueva presidenta electa va más lejos: declaró en su último
reportaje (al diario Página/12 el domingo pasado) que “los medios ocupan hoy un lugar que
antes ocupaban otros sectores que tratan de condicionar a los gobiernos de signos populares
democráticos”.
No voy a llegar al extremo de decir que “la ideología, como la religión, son
destructivas”, según dijo recientemente en el suplemento Cultura del diario PERFIL el famoso
escritor inglés Martin Amis, autor de Koba, el temible, una de las biografías no autorizadas de
Stalin. Pero sí diré que la exageración ideológica o religiosa son igualmente peligrosas porque
afectan, mucho más aún que la publicidad, el pensamiento, la razón objetiva y la percepción de la
realidad. Trataré, entonces, de realizar aquí en FOPEA una presentación con la menor cantidad de
adjetivos y la mayor cantidad de números posibles. Aspiro a demostrar que hay dos tipos de medios:
los que son comprados por sus lectores, y los que son comprados por grupos de presión o los
gobiernos.
Como decía la célebre propietaria del diario The Washington Post en la época del escándalo
Watergate, Katherine Graham: “Para que un diario pueda ser independiente periodísticamente,
debe primero serlo económicamente”. Para analizar la economía de un diario, valen muchos de
los parámetros que se enseñan en las universidades de todo el mundo sobre estrategia empresaria. El
profesor de Estrategia de la Universidad de Harvard y famoso mundialmente por sus libros, Michael
Porter, creó una matriz de la Ventaja competitiva donde explicaba que todas las empresas enfrentan
cuatro amenazas: la de los clientes, la de los proveedores, la de los nuevos competidores y la de
las nuevas tecnologías. La aparición de nuevos competidores o nuevas tecnologías no precisan
explicación, pero ¿por qué los clientes o los proveedores podrían representar una amenaza? Ambas
por la misma causa: si un solo proveedor es imprescindible para el abastecimiento, por ejemplo la
OPEP en el caso del petróleo en los años 70, o un solo cliente representa la mayoría de las ventas
de una empresa, esa empresa no será independiente de ese proveedor o de ese cliente, quien
simplemente suspendiendo su relación transforma a la empresa en inviable. Todos los manuales de
administración enseñan a los gerentes de compras y de ventas de todo el mundo a diversificar sus
proveedores y clientes, una empresa que tuviese concentrada su abastecimiento o sus ventas sería
automáticamente calificada como de alto riesgo para cualquier inversor.
La publicidad para un medio de comunicación es un cliente, si un solo cliente comprase, por
ejemplo, el 50% de la publicidad de un medio, ese medio no podría ser independiente. Veamos si esto
sucede en la publicidad privada en la Argentina.
Los únicos anunciantes privados de diarios de la Argentina cuya publicidad alcanza el 2% de
las ventas totales son apenas seis y para ello hay que redondear los decimales hacia arriba. La
suma de todos ellos juntos no supera el 12% del total de las ventas de publicidad de todos los
diarios. Y estos son: 2,7% del total Cencosud (Jumbo, Easy, Disco y Unicenter), 2,3% Coto, 1,9%
Frávega, 1,8% Garbarino, 1,6% Carrefour y 1,6% Telecom. Para completar los quince primeros
anunciantes privados los que siguen lo hacen con uno o menos de uno por ciento del total, y son:
CTI, Megatone, Newsan, Sony, Telefónica, Repsol, Banco Galicia, Banco Santander y Renault. Todos
juntos sumados, los quince mayores anunciantes privados de diarios del país rondan el 18% del total
de la publicidad. Michael Porter podría rápidamente concluir que los diarios Clarín y La Nación
nada tienen que temer, por ejemplo, de Telecom o Telefónica sino, por el contrario, mucho más
tendrían para perder Telecom o Telefónica si se enfrentaran con Clarín y La Nación. Ellos
representan apenas el 1,6% y 0,6% de las ventas de publicidad de esos diarios y si dejaran de
comprar avisos no afectarían las economías de Clarín y La Nación. Es más, no pocos anunciantes se
sienten incómodos con lo que denominan una actitud poco amistosa hacia las empresas y siempre a
favor de los consumidores y o los sindicatos, del diario donde más publicidad privada colocan:
Clarín. Pero los anunciantes no pueden darse el lujo de perderse esa audiencia. Hace unos años la
justicia falló a favor de Clarín ante un amparo de otro diario que lo acusaba de abusar de su
posición dominante por impedir a los anunciantes de electrodomésticos hacer avisos en otros medios.
Para Clarín, Garbarino, por ejemplo, sólo representa el 1,8% de sus ventas, mientras que para
Garbarino, Clarín representa la amplia mayoría de su inversión de publicidad en diarios, sin la
cual no podrían comunicar las ofertas que generan gran parte de sus ventas. Siguiendo con la matriz
de Porter, por ejemplo, Clarín puede vivir sin Garbarino, pero Garbarino no puede vivir sin Clarín.
Por tanto, la línea editorial de Clarín o La Nación no está influenciada por la presión de
ningún anunciante privado. Veamos ahora la publicidad oficial.
Primero debemos observar que existe una dicotomía entre el objetivo declarado y el
encubierto. La publicidad del Estado tiene por objetivo garantizar el derecho a la información
publicitando los actos de gobierno, pero su objetivo encubierto termina siendo premiar o castigar
la línea editorial generando autocensura.
Para comprender la influencia de la publicidad oficial debemos colocarla en el contexto del
total de la publicidad.
A partir de 1998 la publicidad total comenzó a caer acompañando la caída de la economía en su
conjunto: en 1998, fueron $ 3.500 millones; en 1999, un 2% menos; en 2000, un 12% menos; en 2001,
un 14% menos, y en 2002, un 41% menos, alcanzando ese año su piso histórico, inferior a los $ 2.000
millones. En 2003, aumentó el 51%; aumentó el 26% en 2004, el 30% en 2005, el 20% en 2006, y se
estima que terminará aumentando un 15% en 2007, alcanzado una cifra superior a los $ 5.000
millones.
Aumentó, desde la devaluación hasta hoy, de dos mil a más de cinco mil millones, equivalente
a un 241%.
Esos cinco mil millones de pesos son la inversión real neta en publicidad, después de los
descuentos sobre las tarifas brutas, comisiones de agencias, bonificaciones por volúmenes, canjes y
autopublicidad. O sea, esa es la cantidad que reciben los medios. Pero cuando hablan de la
inversión total en publicidad las distintas organizaciones de medición que hay en el país:
Asociación de Agencias de Publicidad, Cámara Argentina de Anunciantes, Monitor de Medios de
Publicidad y otras, informan la inversión bruta que surge de multiplicar la cantidad de segundos
emitidos y centímetros cuadrados publicados a tarifa bruta. Como es lógico, ninguna de esas
mediciones sabría cómo separar los canjes y autoavisos de la publicidad vendida, o los descuentos
sobre la tarifa que practica cada medio en su negociación con cada cliente, y mucho menos la
bonificación por volumen que depende, precisamente, del volumen de cada cliente, o las comisiones
de agencia. Un ejemplo claro se ve en los mayores anunciantes del país, no de diarios sino de la
suma de todos los medios de comunicación, Unilever (Ades, Ala, Axe, Cica, Cif, Confort, Dove,
Drive, Hellmans, Impulse, Knorr, Lipton, Lux, Maizena, Pond’s, Rexona, Savora, Sedal, Sik,
Suave y Vivere) y Danone (Actimel, Activia, Danonino, Daníssimo, Danacol, Danet y decenas de
lácteos) que concentran su inversión publicitaria en la televisión. Es tanta la publicidad que
ellos hacen en los canales, por eso se ven tantos avisos de yogures y limpiadores, que representan
para la televisión 7% y 5% respectivamente del total de sus segundos, y juntos diez veces más que
cualquier otro anunciante, por lo que el descuento por volumen de estos anunciantes reduce su
tarifa pagada por cada segundo otro 70% sobre el descuento que recibe un anunciante normal. Por eso
los más de cinco mil millones de pesos en publicidad que reciben los medios en las estimaciones
brutas aparecen como dieciocho mil.
El Gobierno lo sabe porque tiene los balances de todas las empresas de medios pero prefiere
exponer su datos de la siguiente manera: primeros 10 meses del año, enero-octubre de 2007, total de
la publicidad oficial, 308 millones de pesos; total de la publicidad privada y oficial, 15 mil
millones de pesos (18 mil en los doce meses), participación de la publicidad oficial sobre el total
de publicidad, sólo 2%. Siguiendo la matriz de Michael Porter, nadie podría resultar una amenaza
con sólo el 2%.
Veamos ahora cómo es en realidad. Cuando el Gobierno informa publicidad oficial se refiere
exclusivamente a publicidad del gobierno federal, excluye gobiernos provinciales y municipales,
licitaciones, fideicomisos, entes autárquicos, empresas de capital estatal y empresas de capital
mixto.
Por ejemplo, el Banco Nación, Banco Provincia, AySA –ex Aguas Argentinas– y
tantísimos otros anunciantes. Un ejemplo son los centímetros cuadrados de avisos de licitaciones
publicados en cuatro diarios de la Capital durante el mes de octubre pasado; en el gráfico están en
azul los avisos oficiales y en rojo, las licitaciones que son otra forma de avisos oficiales:
Página/12 tuvo 7.543 centímetros cuadrados de licitaciones, mientras que Clarín, con cuarenta veces
más ejemplares, obtuvo casi la mitad: 4.281 centímetros; y BAE con 3.155 centímetros de
licitaciones superó a La Nación que obtuvo sólo 2.715 con cincuenta veces más de ejemplares.
Contando, entonces, toda la publicidad oficial, en los primeros diez meses de este año lo
invertido por el Estado fue de 770 millones de pesos, lo que ya da un 5% del total de la publicidad
bruta de quince mil millones. Pero cuando a toda la publicidad, la oficial y la privada, se le
aplica los descuentos mencionados y dado que el Estado compra a través de la agencia oficial Télam
con sólo la mitad del descuento sobre la tarifa oficial bruta que reciben los anunciantes privados,
sus 770 millones de pesos brutos se reducen a 502 millones netos, y esta cantidad dividida los
4.300 mil millones de la publicidad neta total de los primeros diez meses de este año (más de cinco
mil si midiéramos los doce meses) arroja 12%. Como se verá, de 2% a 12% de participación de la
publicidad oficial sobre el total de publicidad, hay una sustancial diferencia.
Pero la diferencia está lejos de acabar allí, cuando vamos a la inversión de publicidad
oficial por cada uno de los medios veremos la verdadera incidencia que esta tiene en alguno de
ellos.
Nuevamente tomando los primeros diez meses de este año el diario Clarín tendría unas ventas
totales de publicidad de 552 millones de pesos incluyendo 21 millones de publicidad oficial que
representa sólo el 4% del total de sus ventas de publicidad. En La Nación sucede algo parecido, con
206 millones de pesos de ventas totales de publicidad de enero a octubre la publicidad oficial fue
de 16 millones, también sólo el 8% del total de sus ventas de publicidad. Pero cuando observamos
las ventas de diarios como Página/12 y BAE, la matriz cambia radicalmente: 81% del total de la
publicidad de Página/12 es publicidad oficial con 17 millones de pesos en el mismo período contra
21 millones de publicidad total.
Y 48% del total de la publicidad de BAE es publicidad oficial con 3 millones de pesos en el
mismo período contra 6 millones de publicidad total.
En esos casos sí el Estado, con su publicidad oficial, es un cliente dominante de esos
diarios y siguiendo la matriz de Michael Porter no podrían considerarse a esas empresas
independientes. Y allí sí la línea editorial esta influenciada por la publicidad o, viceversa, la
publicidad está influenciada por la línea editorial, lo que a los fines del uso discriminatorio del
Estado con la publicidad oficial es lo mismo, aunque no lo es desde la honorabilidad de los medios
en cuestión.
Para ponerlo en blanco y negro: si Página/12 siempre tuvo la misma mirada de la realidad,
como es su caso, y llega un nuevo gobierno que por simpatía ideológica la premia, Página/12 no está
haciendo nada errado, lo errado hubiera sido cambiar su mirada de la realidad para recibir
publicidad oficial. Quien se comporta erradamente en este caso es el Gobierno usando la publicidad
oficial al servicio de sus simpatías.
Otro aspecto a tener en cuenta es que el Estado compra mal, a precios mucho más altos que los
anunciantes privados porque sus descuentos sobre la tarifas son mucho menores a los de la
publicidad privada, creando de hecho una virtual tarifa especial para el Estado. Los anunciantes
privados compran la publicidad con un criterio de eficacia que se podría resumir en la ecuación que
resulta de dividir el precio de la página de publicidad por ejemplar vendido.
Tomando por ejemplo el precio de un aviso a color en la página 5 de un diario dominical los $
247 mil que cuesta ese espacio en Clarín son equivalentes a $ 0,30 por ejemplar; los $ 186 mil que
cuesta ese espacio en La Nación son equivalentes a $ 0,70 por ejemplar; los $ 52 mil que cuesta ese
espacio en PERFIL son equivalentes a $ 0,80 por ejemplar. Hasta aquí, diferencias mínimas y
razonablemente atribuibles a la calificación del lector. Pero los $ 135 mil que cuesta ese espacio
en Página/12 son equivalentes a $ 5,30 por ejemplar y demuestran que la tarifa no está construida
para competir por la publicidad privada porque nadie, salvo que tuviera razones no comerciales,
pagaría entre siete y diecisiete veces más por ejemplar su publicidad. Esto mismo sucede los días
de semana, cuando PERFIL no aparece, donde el precio de la página de publicidad por ejemplar en
Clarín oscila alrededor de $ 0,40 por ejemplar; el de La Nación alrededor de $ 1; el de Ámbito
Financiero alrededor de $ 4 (en todo el mundo la prensa económica, diarios o revistas, cuestan
alrededor de 4 veces más por ejemplar porque sus audiencias son más calificadas, esa es exactamente
la relación en Estados Unidos entre las revistas BusinessWeek y Time: cuatro veces). Pero en los
dos diarios donde la publicidad oficial tiene una participación mayoritaria sobre el total,
Página/12 y BAE, el precio de la publicidad por ejemplar es de $ 10 para el primer diario y $ 14
para el segundo. Obviamente, esa relación tarifa/ejemplares vendidos está indicando que su
estrategia comercial está influenciada por componentes que no son los normales del mercado.
Al problema de la publicidad oficial se agrega la influencia que tiene el Estado sobre
ciertos anunciantes privados cuya actividad está regulada por él o la incidencia de decisiones del
Gobierno sobre sus negocios es alta y se diferencian de la estrategia del resto de los anunciantes
privados, que al comprar publicidad, como cualquier otro insumo, buscan maximizar el beneficio y
minimizar su costo. Se percibe en algunos anunciantes privados con influencia del Estado en sus
operaciones, una tendencia a evitar represalias del Gobierno no comprando publicidad en medio
scríticos y, por el contrario, comprando desproporcionadamente en medios que siempre coinciden con
las opiniones del Gobierno, al punto de convertirse junto con el Estado en sus únicos anunciantes.
Dos ejemplos muy conocidos y que se encuentran entre los primeros quince mayores anunciantes
privados de diarios del país son un banco nacional que hace un tiempo cruzó la crisis financiera
gracias a elevados redescuentos y atraviesa disputas entre sus accionistas, y una terminal de
electrodomésticos con plantas de fabricación en zonas beneficiadas impositivamente.
Para comprender el fenómeno es importante no confundir los anunciantes privados que por
alguna razón se encuentran a merced del Estado con aquellos anunciantes privados que con una lógica
comercial compran publicidad con un criterio que no es exclusivamente el de maximizar sus réditos
en el corto plazo.
Por ejemplo, las empresa de extracción de petróleo u otros exportadores no precisan de la
publicidad para aumentar sus ventas locales porque sus clientes están mayormente fuera del país,
este tipo de empresas tienden a anunciar en todos los medios nacionales con un criterio de
comunicación social más que de publicidad. Nada hay de cuestionable en esto mientras no
discriminen.
Tampoco es criticable que empresas con una estrategia de compra de publicidad profesional, es
decir que busca optimizar su resultado, dispongan una parte menor de su presupuesto para el área de
Relaciones Institucionales, destinando alguna cantidad de sus avisos a lo que internamente llaman
Departamento de Relaciones Públicas.
El problema sólo estaría cuando la proporción se altera y la mayoría de su publicidad está
influenciada por razones que no tienen que ver con la comunicación social ni con la publicidad.
Como en la medicina, lo patológico es una cuestión de grado, pasado cierto punto comienza a
ser un problema. Sin que signifique un diagnóstico definitivo, porque las situaciones son
cambiantes dependiendo del grado de influencia del Estado en cada sector, y vale mencionar que en
varios de ellos resulta preocupante a estos fines que la influencia del Estado viene siendo
creciente; se podría decir que las actividades donde se registran riesgos de influencia del
Gobierno sobre la publicidad privada son obviamente servicios públicos, líneas aéreas nacionales,
bancos nacionales y supermercados nacionales. Es interesante observar que dentro de los mismos
sectores productivos, las empresas extranjeras se comportan menos influidas por el Estado que las
nacionales.
Paso ahora a analizar las revistas, donde nos encontramos nuevamente con una situación
similar a la de los diarios.
Durante los primeros diez meses de este año las revistas de Editorial Perfil han tenido cero
de publicidad del gobierno nacional y sus controlados; también las revistas dominicales de los tres
diarios de Buenos Aires de mayor circulación, Viva, La Nación Revista y Luz, tienen cero publicidad
del Gobierno: y la revista semanal Gente, de Editorial Atlántida, recibe avisos oficiales por un
equivalente al 8% del total de sus ventas de publicidad, nada excesivo. Pero Radar, de Página/12,
obtiene de la publicidad oficial el 74% del total de sus ingresos publicitarios, y la revista
Veintitrés el 42%.
Otra forma de percibir esta situación es medir la superficie de centímetros cuadrados de
publicidad oficial en distintas revistas, incluyendo también las de menor circulación, que en el
pasado mes de octubre arrojó los siguientes datos: Debate 4.581 centímetros de publicidad oficial,
Veintitrés 3.408, Newsweek 3.180, 7 Días 2.352 y Gente sólo 660. Como ya fue dicho, las de
Editorial Perfil reciben cero.
Como conclusión vale el dato más ilustrativo, que sintetiza todo lo expuesto y resulta su
consecuencia: el total de la inversión del Estado en publicidad oficial por ejemplar, que surge de
la relación entre el dinero del Estado invertido dividido por la cantidad de ejemplares sumados
donde se publicaron esos avisos.
Durante los primeros diez meses de 2007 para Página/12 los avisos oficiales representaron un
equivalente a $ 4,63 por ejemplar. En BAE, $ 4,54. En La Nación, $ 0,33 por ejemplar. Y en Clarín,
$ 0,18 por ejemplar. Para medir la influencia de estos valores vale prestar atención a que en el
caso de Página/12 y BAE lo invertido en publicidad oficial es el doble de lo que paga el público
por comprar el diario, o sea, el Estado coloca el doble de dinero por diario impreso del que pagan
los lectores por cada ejemplar. Y la muestra de “ineficiencia” del Estado se evidencia
en que podría haberle enviado un carta a cada lector de esos dos diarios con su mensaje y habría
ahorrado gran parte de su dinero.
Finalmente, un corolario: Furio Colombo, en su libro Ultimas noticias sobre el periodismo,
escribió: “noticia es algo que alguien quiere ocultar”, ya sea el departamento de
prensa de una empresa o un Gobierno.
Nota espectacular. Qué bueno ver todos esos números y empresas juntos. Resulta claramente ilustrativo, aunque vale reforzar lo que en la nota se menciona respecto de los medios regionales. La nota resulta ¨porteñocentrista¨... si al lector no le importan las empresas periodísticas, se podría decir que los medios de mayor circulación son independientes, o pueden serlo. Intento, pero no llego a imaginarme cuán remota será esta posibilidad de ser obtener información ¨independiente¨ en una provincia o región, si el Estado, nacional o provincial, es capaz de tener semejante injerencia en la vida de esas empresas periodísticas.
Creo que se trata de una flagrante malversación el hecho que los gobiernos malgasten el dinero del estado(nuestro dinero)sometiendo al ciudadano a una doble(por lo menos)imposición.Recordemos que para los fines de anoticiar a las gentes de los actos de gobierno,tenemos canal de TV,radios y agencias de prensa propios,sites.gov suficientes,y encima tenemos que pagar esas cifras absurdas a medios privados.¿Dónde se inicia esta distorsión?¿Cuál es el origen del despropósito?

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