Hace unas semanas mi mamá, que vive en el campo, descubrió en la leñera decenas de ratitas recién
nacidas: las roció con querosene y les prendió fuego. Como le reproché su crueldad, me preguntó de
qué otro modo podría haberlas eliminado. Pero yo no quería hablar sobre métodos de exterminio.
Hubiera preferido que las dejara vivir y que luego fueran, en todo caso, presa de los animales del
campo.
2008 será el año de la rata, según el horóscopo chino. Los nacidos en el año de la rata
poseerán las características de ese animal estigmatizado en Occidente: creatividad, honestidad,
generosidad, ambición, despilfarro y fertilidad, rasgos unidos a un temperamento conservador. Los
nacidos rata complementan bien con los nacidos monos y dragones, aunque no congenian con los
caballos.
En la mitología hindú, la rata es el vehículo del dios-elefante Ganesha.
En nuestra literatura, la rata ocupa un lugar preponderante en la obra de los escritores que
más amamos, los más radicales: Kafka escribió Josefina la cantante o el pueblo de los ratones, una
de sus más célebres y conmovedoras parábolas, y el argentino Copi (Raúl Damonte) las incluye en su
variadísima obra, ya como base de un banquete (La torre de la Defensa), ya como ciudadanas de un
universo paralelo (La ciudad de las ratas).
Hace unos meses, Pixar estrenó su última producción animada, Ratatouille, que no es sólo un
impresionante ejercicio de animación computarizada y una historia encantatoria sino, sobre todo, un
llamamiento a la feliz convivencia entre humanos y roedores. La versión ahora disponible en DVD
incluye, en efecto, un documental sobre las ratas, en las que se expone su historia y las razones
de la animadversión que provocan: puras razones imaginarias, dicen los de Pixar, que condenan a una
especie inteligentísima y además útil a nuestra supervivencia a una zona de terror y asco
inmerecidos. Pixar hace de la rata la víctima privilegiada de las fantasías de exterminio de los
seres humanos, un “otro” radical respecto del cual se sostienen las más extravagantes
hipótesis para justificar lo injustificable: el maltrato, la segregación, la matanza, la algarabía
por la destrucción del otro.
Al final del breve documental (que básicamente recopila la información disponible en
Internet), Remy, la rata protagonista de Ratatouille y su hermano obeso se desesperan por ocultar
(y lo consiguen) los títulos mediante los cuales Disney se desentiende del “mensaje” y
alerta a los espectadores sobre toda posible armonía. Hay allí un debate sobre derechos a la
visibilidad y a la convivencia que Pixar quiso que ganaran las ratas.
En La ciudad de las ratas, Copi hace que los roedores visiten al Dios de los hombres en la
Sainte-Chapelle, quien, arrepentido por haber dejado libres a los seres humanos tras la expulsión
del Paraíso, no puede ayudarlos. La capilla explota, el Dios de los hombres asciende a los cielos y
el Diablo de las ratas, que ocupa su lugar, les ordena fundar una ciudad donde puedan convivir en
paz ambas especies. Las ratas, revolucionarias como la obra de Copi, liberan a los presos y
organizan una orgía en la que personas y ratas toman parte por igual.
Mi mamá vería con malos ojos ese festin de la vida. Kafka, Ganesha y los creadores de
Ratatouille (que deben haber leído algo de Copi), seguramente no.
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