Ni los diarios son inmunes al verano, durante el cual ceden las páginas que habitualmente ponen al
servicio de lo Real (es decir, de la muerte) para el despliegue de lo Imaginario (es decir, de la
diversión). Nos entregamos por un rato al ritmo de los ciclos naturales, las variaciones
climáticas, los ritmos del día y las comidas de estación: cuando existía el campesinado y la vida
rural, no se hablaba de otra cosa, porque la vida se dejaba oír asociada al rumor del viento y el
canto de los pájaros, y cada relámpago en el horizonte podía ser una amenaza fatal para la
comunidad de lo diverso.
Después llegaron las ciudades y más tarde los Estados, con su potencia de maldad, a
conquistar el mundo natural o simplemente aniquilarlo.
Hoy, sólo sentimos en verano el temblor de felicidad o desdicha asociado a los eventos de la
Tierra: como veraneantes, nos entregamos a la nostalgia por un mundo perdido.
Mientras anoto este propósito en la última página del libro que estoy leyendo, sentado bajo
un sauce que yo mismo planté hace algunos años, una araña escondida en un arbusto próximo deja
flotar en el aire el hilo brillante de baba con el que pretenderá atrapar algún insecto. Antes, el
hilo deberá encontrar un punto de sostén en otra parte, para que ella pueda tejer su trampa
viscosa.
¿Lo conseguirá? ¿Será la brisa la adecuada? ¿Algún animal desbaratará los planes de los que
ella nada sabe? Entregada como está a lo Imaginario (la araña sueña, el gato sueña, nosotros
soñamos), bien puede ser mi Virgilio veraniego. Como la araña, dejo volar al viento un hilo
brillante de imaginación, a ver con qué se encuentra. En abril, a más tardar, habrá que cerrar la
casa.
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