Su vida parece ordenada por una rígida frontera entre amigos y enemigos, propios y ajenos, como
poseída por una furia sólo comprensible en tipos que han vivido toda su vida en la indigencia. No
es su caso, claro: hace más de un cuarto de siglo que está instalado en formas cambiantes pero
fehacientes de la opulencia.
Puesto que ya casi nada faltaba en su recorrido de petardos, Maradona, ícono argentino por
antonomasia, ahora estimó oportuno pedir pista en la República Islámica de Irán. Conocida su
admiración por Fidel Castro y Hugo Chávez, ahora el ex futbolista se arrima al régimen de Teherán.
Al hacerlo, concreta algo más que una mera anécdota a la que supuestamente no se le debería prestar
atención. Antes bien, define un perfil, remacha una manera ya irreversible y avienta sospechas de
que, pobre, habría cambiado. ¡Qué va!
Desde siempre, Maradona zafa con dos argumentos centrales en torno de los cuales se organizó
el dispositivo “contengamos al ídolo”. Nada más nacional que ese ensortijado
relativismo que consiste en negarle entidad a un desaguisado cuando quien lo perpetra alega
demencia, enfermedad o mera indigencia económica. Es el caso de él, un hombre que viene gambeteando
estigmatizaciones, porque “¿qué querés? Nació en una villa, no tuvo educación, y a los 25
años era el tipo más popular del mundo”.
Según esta generosa mirada, el ex futbolista no puede ser evaluado ni juzgado porque, hijo de
la miseria, el sistema lo devastó y explotó, y él no pudo evadir ese destino.
La segunda coartada es profiláctica: reconocido drogadependiente, su adicción le impide
verificar si sus conductas son o no decentes. Así, declarado enfermo vitalicio, cada nueva patada a
la ley o a la razonabilidad es confrontada por un diktat ético implacable: no se lo puede tomar en
serio a Maradona, las suyas son actitudes y palabras de una víctima, alguien sometido
patológicamente a una condición que lo ha esclavizado y, por eso mismo, debe ser indultado de
antemano.
¿Pobre y enfermo? Para la Argentina de esta época ésas son condiciones absolutas y
suficientes para que seres así tengan mil años de perdón.
Lo curioso (y especialmente perverso) del caso Maradona es que, además de encarnar él mismo
muchos y variados significados, sus opciones de vida han sido particularmente cínicas y amorales.
Ha enviado al ostracismo a quienes denuncia como parte del universo de los antidrogas,
conspiradores a los que detesta. Los Estados Unidos, Duhalde, el Papa, Bush y Coppola reverberan en
el infierno de sus principales enemigos, ese mundo que le “cortó las piernas”.
Por eso, Maradona reverencia a quienes no le piden cuentas, de Menem a Kirchner, de Chávez a
Castro, y ahora a su nuevo objeto del deseo, Mahmoud Ahmadinejad, hombre fuerte de Irán.
Pero esta vez fue demasiado y aunque su ignorancia le impida darse cuenta cabalmente de la
enormidad, al recibir al representante de Irán en la Argentina para proclamar su admiración por
Ahmadinejad, Maradona cierra un circuito deleznable.
Queja: ¿pero es que, acaso, no puede ser de izquierda el jugador de fútbol más famoso? Claro
que puede, lástima que para Maradona ser de izquierda signifique estar en contra de cualquier
eventualidad que lo perjudique. ¿Dónde y de qué modo se manifestaba hasta 2003 esa virulenta pasión
revolucionaria que hoy parece abrasarlo? Se hizo antiyanqui (una definición, en sí misma, de
contornos patéticos) cuando le descubrieron sustancias prohibidas en un rutinario análisis de orina
en el Mundial ’94. Así, cuando su adicción se hizo tormentosa y se ventilaba sin cesar en la
TV, apareció la acogida salvadora de Cuba. En la isla del Caribe encontró refugio y solaz, playa y
muchachas, pero no cura.
Con el mismo pragmatismo con que recibió en 1982 al canciller de Galtieri, Fidel Castro vio
que era redituable darle asilo a Maradona, que –nunca reticente para la gratitud– se
tatuó en su cuerpo la efigie de Che. Ahora lo sabíamos, el imperialismo había asesinado a Guevara y
cortado las piernas a Maradona.
¿Principios? ¿Cuáles? Mera conveniencia, y bien ramplona, por cierto. No sólo la de él, sino
también la de políticos y figuras mediáticas que lo agasajan y nunca tienen nada para criticarle.
Pero Maradona ahora traspuso un umbral especial, delicado. Pregonar devoción por un régimen
al que la justicia argentina considera responsable del atentado terrorista de 1994 es un paso más
largo de lo que el casi cincuentenario ídolo sospecha. Hay 85 muertos en esa tragedia impune, y el
régimen teocrático iraní, con su ideología medieval de orgulloso supremacismo masculino, no revela
mayores identificaciones con el rumboso estilo de vida de Maradona. Además, hay que ser audaz para
admirar a un jefe de gobierno para quien el Holocausto no existió, sino que fue una sagaz treta de
los judíos.
Tras la Asamblea General de la ONU de este año, Ahmadinejad fue a la Universidad de Columbia,
en Nueva York, y allí se ufanó de que, a diferencia de lo que sucede en el Occidente corrupto y
decadente, en Irán no hay homosexuales. Maradona se ha negado a reconocer a sus hijos naturales y
consiguientemente ha humillado a esas madres, seguramente inmaduras, pero a las que fue él quien
dejó preñadas. Dos almas gemelas.
¿Por qué ahora, celebrado por la progresía latinoamericana como baluarte de la lucha contra
el Satanás capitalista, hallaría empatía con el líder iraní? Nada más coherente, al final de
cuentas. Maradona sintoniza bien con cierto estado del alma contemporánea, lista para comprender,
interpretar, racionalizar y adecuarse. Por eso, en la misma colectividad judía no faltaron quienes
desean comprenderlo y cobijarlo, como un familiar de las víctimas de 1994, para quien
“Maradona se equivocó. Ojalá recapacite y nos podamos encontrar como personas. Es el
argentino más conocido en el mundo y nuestro embajador futbolístico, no estaría mal contarle la
verdadera historia de lo que tanto dolor nos trae desde hace 13 años”.
Como siempre, la culpa la tiene el entorno: “Se le acercó gente miserable y nefasta
como el encargado de negocios de Irán, Mohsen Baharvand, y Luis D’Elía para contarle una
historia que no es la verdadera. No se puede aceptar que Maradona esté avalando en cierta medida la
destrucción del Estado de Israel al darle tanta importancia al presidente iraní. Quizás Diego
desconoce que en Israel hubo soldados argentinos que fueron al frente con camisetas y banderas que
llevan su nombre”.
Pamplinas. Niño eterno e inimputable vitalicio, caprichoso hasta lo exasperante, vengativo e
ingrato, el gran ídolo colecciona imposturas, protagonista central de una época en la cual los
malvados son sólo víctimas incomprendidas por los poderosos. Maradona es el paradigma de los
maquillajes modernos. ¿O acaso a Ingrid Betancourt no la secuestró el presidente de Colombia,
Alvaro Uribe?