En el gobierno argentino, por lo bajo, reconocen que la participación del ex presidente Kirchner
tuvo como objetivo contrarrestar el efecto negativo del caso de la valija de Antonini Wilson.
Para Hugo Chávez, era la oportunidad de transformarse en un protagonista de peso y liderazgo
político en la región y, de paso, neutralizar las consecuencias adversas de la derrota que sufrió
en el referéndum por la reelección indefinida en Venezuela.
Para el presidente de Colombia, Alvaro Uribe, si todo hubiera salido como Chávez lo había
planeado, la realidad lo hubiese llevado a una pérdida importante de poder en la lucha contra las
Fuerzas Armadas de Colombia (FARC).
Para las FARC, era oportunidad para buscar una legitimación y desplazar del centro de la
atención su condición de organización terrorista sostenida por el narcotráfico que busca el poder
por métodos violentos.
Para Oliver Stone, era la oportunidad para hacer una nueva película.
¿Y los rehenes, qué?
Como se vio, eran una excusa de la cual cada parte quería sacar una ventaja política.
En este marco, como no podía ser de otra manera, todo terminó mal. Lamentable.
Otro apunte:
Mientras pasa unas vacaciones en el fresco de El Calafate, la Presidenta debe haberse
percatado de que, prácticamente, no ha habido luna de miel en el inicio de su mandato. Esto, que ha
inquietado a algunos miembros del Gobierno, tiene su lógica: es la consecuencia del cambio que no
cambia.
El cacerolazo
Sucedió el jueves pasado a la media tarde a medida que la temperatura y la sensación térmica
iban subiendo y poniendo al sistema eléctrico en una situación de máxima tensión. Tal como había
ocurrido en la noche del último día del 2007, el sistema empezó a desnudar sus flaquezas. Los
barrios porteños de Caballito, Flores y Barracas quedaron sin luz junto a otros distritos del Gran
Buenos Aires y del resto del país. La gente, literalmente, explotó y decidió salir a la calle. Y
ahí protagonizó un cacerolazo que estremeció al poder, que venía siguiendo el problema de lejos. Es
sabido que a los Kirchner nada les aterra más que ser los destinatarios de los cacerolazos los que,
junto con los cortes de rutas y calles, han pasado a formar parte del comportamiento cívico de los
argentinos. En particular, los cacerolazos, que están ligados a la caída del presidente Fernando De
la Rúa y a la del presidente brevem terminus Adolfo Rodríguez Saá, traen reminiscencias inevitables
que dan idea de un poder vacilante y en crisis. Por lo tanto, nada puede ser más dañino para un
gobierno que esta música de ollas y sartenes inundando las calles de Buenos Aires. De ahí el
nerviosismo del Gobierno en esas horas de mínima tensión eléctrica y máxima tensión política.
La orden, pues, bajó imperativa y tajante desde la residencia vacacional de El Calafate, en
donde el matrimonio presidencial seguía esto con creciente crispación. El ministro de
Planificación, señor Julio De Vido –el mismo que se la pasa todo el tiempo diciendo que todo
está bien– puso al rojo vivo los teléfonos de los funcionarios de las empresas distribuidoras
de energía.
La orden que tronó fue que dieran la cara y apuraran soluciones a los indignados y sufrientes
vecinos que se derretían con los 38 grados de sensación térmica y la falta de luz y agua.
Nota al pie: Una de las cosas más irritantes de estos cortes que se vienen repitiendo desde
los últimos días de diciembre del 2007 que ya fue, es la falta total de respuesta con la que se
encuentra el ciudadano ante sus quejas. “Su reclamo ha sido registrado; nuestros técnicos
están trabajando en la solución del problema” es todo cuanto el atribulado e indignado
usuario –o, como gustan llamarlo las compañías, no se sabe bien por qué ni para qué,
cliente– obtiene cuando, después de mucho marcar el número de teléfono correspondiente, se
encuentra con la barrera infranqueable del contestador automático, nefasto sistema con que las
empresas han encontrado una manera de ahorrar algunos pesos en personal y dejar al usuario-cliente
en el limbo.
Finalmente, Edesur dio la cara dando explicaciones que tuvieron la credibilidad de la nada, y
poniendo un grupo electrógeno mientras las cuadrillas se dirigían a solucionar el problema.
Pregunta: ¿Recién cuando llegó la apretada del ministro se les ocurrió poner el grupo
electrógeno para dar electricidad en forma inmediata a los afectados?
Nota al pie: Una de las perversiones dialécticas de estos últimos tiempos es la de calificar
a estas interrupciones del servicio eléctrico como casos puntuales. Es interesante esta definición
eufemística que las autoridades adoptan para dar una idea de algo acotado y de poca importancia.
Definir con ese término a los cortes que afectaron en diferentes días a Villa Urquiza, Belgrano,
Saavedra, Villa Pueyrredón, Villa del Parque, Barracas, Constitución y varios distritos del Gran
Buenos Aires es como si para referirnos al mar utilizáramos el término “un conjunto de gotas
de agua salada”.
Por lo tanto, a esta altura de la columna, es conveniente informarle al lector que ya desde
diciembre último, las compañías de electricidad hicieron trascender la realidad de apremio y
vulnerabilidad del sistema en caso de que el calor se hiciera sentir con el rigor de los días
pasados. “A partir de los 32 grados de temperatura, lo que queda es rezar” (sic) fue la
forma patética de graficar tamaña fragilidad.
Es por eso que, en estas horas, se decidió poner el pie en el acelerador en la implementación
de las medidas del plan de ahorro energético votado por el Congreso la última semana de 2007.
Antes, el ministro De Vido, durante el transcurrir de la caliente tarde del jueves expresó que,
como consecuencia del cambio horario, el ahorro de energía había sido, en pocos días, mucho. Ante
esta aseveración, Arthur Conan Doyle, hubiera puesto en boca del inefable Watson, la siguiente
pregunta: “¿Cómo es que, a pesar de haber habido tanto ahorro, el sistema colapsó en tantos
lugares?” Sherlock Holmes, con su habitual sorna, hubiera respondido al instante:
“Elemental, Watson, es la crisis que el señor De Vido niega y que la realidad
confirma”.
Viene ahora el turno de las lámparas de bajo consumo. La opinión de los especialistas es
clara en el sentido de la conveniencia de su uso. El plan contempla la distribución gratuita de 25
millones de unidades. La operatoria es, sin dudas, compleja. La reunión que, de apuro, se llevó a
cargo en el Ministerio de Planificación generó dudas y controversias.
Hubo discriminación hacia algunas asociaciones de consumidores que no fueron invitadas ni a
las explicaciones del plan ni a colaborar en su implementación.
De un total de 25 millones de lamparitas anunciadas, se van a repartir, en principio, 5
millones. No se sabe cuándo se completará el resto. Todavía no queda claro cuáles fueron los
criterios de selección de los lugares en donde se hará dicho reparto. Especialistas en el tema, a
los que hasta ahora nunca han llamado para dar su aporte, alertan sobre algunos riesgos, a saber:
1– La calidad de las lamparitas, ya que en un control hecho por el INTI (Instituto
Nacional de Tecnología Industrial) sobre una muestra de cien lamparitas fabricadas por 17 empresas
distintas, un porcentaje significativo mostró serias deficiencias.
2– Las posibles sobrecargas que podrían generar un mal uso sobre la red eléctrica.
3– Su contenido en plomo, lo que obliga a hacer una planificación adecuada sobre el
destino final de estas lamparitas una vez que su vida útil haya expirado.
Seguramente va a haber mucho show mediático a la hora de comenzar con esta repartija que va a
estar dominada por un contenido político alto. La movilización logística de personal a cargo de
esta tarea va a ser importante.
A todo esto, un poco de memoria ilustra cuánto de imprevisión ha habido en el manejo de esta
crítica situación en el gobierno de Néstor Kirchner y que constituye la pesada herencia que
Cristina Fernández, que es Kirchner, no puede denunciar como tal.
Lo invito a releer una entrevista que concediera el subsecretario de Combustible de la
Nación, Cristian Folgar, a la revista DEF en octubre de 2006. Decía allí el señor Folgar:
—¿Cuál es el diagnóstico que hace el gobierno acerca de esta situación de posible
crisis energética?
—Se viene hablando del sistema energético desde el año 2003. Al principio se decía que
el problema real aparecería en el verano del 2004.o que iba a haber problemas con el gas en el
invierno de ese mismo año, luego en el verano de 2005 y así sucesivamente. En realidad, no ha
pasado nada. Lo único que pasó es que la economía siguió creciendo al 9% anual, lo cual no es signo
de ningún problema energético. Lo que sí hay es una demanda que crece, el país que crece al 9%, en
tres años seguidos, no puede entrar en crisis. No vemos el problema en el horizonte, pero tenemos
que consolidar el horizonte de crecimiento energético.
—Algunos sectores proponen como método para ahorrar energía el cambio del huso horario.
¿El gobierno lo ve como una posibilidad?
—En este tema, la mitad de la biblioteca opina una cosa y la otra mitad, lo contrario.
Hasta ahora, no hemos recurrido a esta medida y no es algo que vaya a cambiar enormemente la
situación. Si la Argentina llegara tener un problema –que no lo va a tener (sic)–, la
situación no se modificaría por haber cambiado o no el huso horario.
—Por último, si bien el último gobierno no habla de crisis el tema está en la agenda
diaria. ¿Cuánto tiempo se necesita para que las dudas queden totalmente disipadas?
—Hay un famoso refrán: “Uno puede mentir mucho durante poco tiempo, poco durante
mucho tiempo, pero no mucho durante mucho tiempo”. En algún momento nos vamos a ir olvidando
de este tema. En la medida en que se vaya demostrando que no hay que alarmarse, la gente no se va a
preocupar más
Impacta percibir la nube de irrealidad que evidencian estas declaraciones que representan el
pensamiento del gobierno del matrimonio presidencial. Por eso, en estas horas, en el medio del
fresco y la belleza imponente del glaciar Perito Moreno, Cristina y Néstor Kirchner deberían
abrevar en las fuentes del peronismo y recordar la famosa frase de Aristóteles: “La única
verdad es la realidad”.