Una semana después del fracaso de la liberación de los tres rehenes, el jefe político y militar de
las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), Manuel Marulanda Vélez
(“Tirofijo”), anunció que la organización guerrillera lanzará una “ofensiva
general” en 2008. “Es conveniente aprovechar la crisis general por la que atraviesa el
gobierno y el cansancio reflejado en algunas unidades militares para comenzar a preparar las
condiciones con miras a una ofensiva general”, indicó.
El jefe de las FARC añadió que los 17.000 integrantes de la organización guerrillera fundada
en abril de 1966 como brazo armado del Partido Comunista “están obligados a desarrollar
acciones armadas en carreteras, veredas, en la selva, en los centros urbanos, caseríos y cuarteles,
sin dar tregua al enemigo, tal como éste lo hace”.
La ofensiva de las FARC debe ser tanto política como militar: “Los cuadros farianos
están obligados a conducir las organizaciones de masas bajo su dirección en su lucha por sus reales
reivindicaciones políticas, económicas, sociales y por la soberanía, que son tan indispensables
como sus acciones armadas”.
La decisión de pasar a la ofensiva es una novedad en la historia de la organización
guerrillera. Su supervivencia ha estado vinculada, en primer lugar, a su comprensión de las
condiciones colombianas, y, luego, a su estrategia de largo plazo, basada en la desaceleración de
los acontecimientos: la guerra prolongada.
Colombia es el país de América latina más fragmentado social, política y geográficamente. Su
territorio es un espacio cruzado por tres cadenas cordilleranas, que lo transforman en una serie de
valles aislados entre sí. Nunca se produjo allí el fenómeno de centralización política, económica y
demográfica característico del resto de la región.
Bogotá no es una megaurbe que absorbe población y recursos, como sucede en Perú (Lima),
Brasil (San Pablo), Venezuela (Caracas), la Argentina (Buenos Aires) y Chile (Santiago), entre
otros.
En Colombia el regionalismo es excepcionalmente fuerte, con cinco ciudades que se equilibran
entre sí: Bogotá, Cali, Medellín, Barranquilla y Cartagena de Indias.
Si el regionalismo de sus valles es fuerte, el Estado, en contrapartida, ha sido y es
estructuralmente débil; y más fuerte que él lo han sido los dos partidos tradicionales –
liberales y conservadores –, que emergieron y se consolidaron antes que la institución
estatal.
Incluso la etapa de “democracia de masas”, con la incorporación de los sectores
populares a la vida política, se realizó a través de los partidos y no del Estado.
Jorge Eliécer Gaitán Ayala, caudillo liberal de Bogotá, fue quien arrastró a las muchedumbres
a la vida cívica; y su asesinato –el 9 de abril de 1948– desencadenó el
“Bogotazo”: el pueblo liberal se apoderó de la capital y procedió a su saqueo, asalto e
incendio.
La persistencia de las FARC está vinculada a su condición regional, con fuerzas desplegadas
en zonas aisladas cercanas a Ecuador, Panamá y Venezuela.
La sobrevivencia de las FARC también se funda en su concepción estratégica, surgida de su
experiencia guerrillera y la de sus congéneres en el campo internacional (China y Vietnam).
La muerte de Gaitán desencadenó la “violencia en Colombia”. En los primeros cinco
años después del 9 de abril del ’48 más de 300.000 hombres fueron asesinados por bandas
armadas de ambos partidos.
Liberales y conservadores atravesaban verticalmente la estructura social, con un contenido
multiclasista que abarcaba desde la élite al campesinado. Los campesinos de uno y otro signo, en un
impulso de sobrevivencia, crearon guerrillas de autodefensa. Una de ellas, liberal, fue liderada
por un joven llamado Pedro Antonio Marín Marín, luego conocido como Manuel Marulanda Vélez o
“Tirofijo”.
La guerrilla de Marín convergió con las del Partido Comunista, para dar origen a las FARC.
Casi de inmediato crearon poderes locales: “República de Marquetalia”, en una
muestra de su pertenencia al país del aislamiento y el regionalismo.
Su estrategia ha sido consistente con su origen histórico. Ha buscado desacelerar los
acontecimientos para conseguir una resistencia eficaz frente a un enemigo superior en lo
tecnológico y militar.
Raymond Aron resumió así la estrategia de la guerra prolongada: la guerrilla gana la guerra
cuando no la pierde, y quienes luchan con ella la pierden si no la ganan. Por eso, la insurgencia
cede espacio a cambio de tiempo, y desacelera las ofensivas de sus adversarios a través de un
esfuerzo sistemático de desgaste. La ofensiva que anuncia Marulanda implica un cambio integral de
estrategia; el paso de una a otra es para una guerrilla el momento de mayor debilidad. Puede ser la
ocasión para la victoria del Estado colombiano. La condición es que perciba que no se trata de
alcanzar la supremacía militar, sino de extender, por primera vez en la historia de Colombia, su
presencia a la totalidad de las regiones del país.
“En la guerra, la relación entre lo político y lo militar es 10 a 1”, señaló
Clausewitz, el maestro de Aron.
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