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Los sonidos se mezclan. La cumbia de Paola queda aplastada bajo el reggaeton que Giselle entona a dúo con el reproductor más potente. A unos metros, Sol –vestida de militar– baja el volumen del heavy metal para discutir el precio con un cliente. Arreglan por arriba de los US$ 30 y se cierra una puerta. El resto de las chicas sigue seduciendo en la entrada de otras 32 habitaciones, cada una decorada con su estilo. La cama redonda es un must.
Los pasillos tienen aspecto de laberinto en La Casa de Naná, el prostíbulo –conocidos popularmente como “quecos”– más tradicional de Punta del Este, donde hay oferta para todos los gustos y una clientela diversa: grupos que llegan en malón con la plata justa, hijos de empresarios de billetera acaudalada, los empresarios mismos y hasta famosos argentinos que no se avergüenzan de hacer una visita al local de Maldonado que convoca más gente que Casapueblo.
Chicas.
“¿Para qué hacer la foto de espaldas? Si todos saben...”, se ríe
desafiante Giselle de 22 años y habitación decorada con mariposas. Su profesión no es un secreto
para su familia: en Uruguay la prostitución es legal y cada chica tiene su libreta sanitaria y
aportes sociales. No hay tabú alguno y lejos de espantar clientela, los flashazos en su habitación
atraen a los curiosos que preguntan el precio. “Algunas se callan porque tienen hijos”,
trata de explicar ella. Es el caso de Micaela, una de las más grandes, con apenas 31 años y dos
chicos de 6 y 10. “El nombre es de mentirita”, advierte al presentarse. Es una experta
en verdades a medias: “Nunca digo exactamente de qué trabajo”, asegura.