El yo se ha puesto de moda. Al menos en la literatura. O más bien se ha puesto de moda hablar sobre
la moda del yo en la literatura. Así surge de la lectura de suplementos, columnas culturales y
blogs. Maximiliano Tomas en PERFIL, María Moreno en Radar y ahora Gonzalo Garcés en Ñ, entre otros,
se han ocupado del tema en las últimas semanas. Garcés lo hace a propósito de Derrumbe, la novela
de Daniel Guebel que, entre otras virtudes, tiene la de haber estimulado el debate crítico. En su
columna, Garcés me acusa de acusar a Guebel de utilizar lo autobiográfico como una estrategia
publicitaria. No es exactamente así: no creo que Guebel sea un mercachifle, como tampoco lo son
Pauls y Bizzio, dos escritores de su misma generación que vienen de publicar novelas cuyos
protagonistas tienen más de una coincidencia con la vida de los autores. Sin embargo, es posible
que el medio literario nacional haya creado la ilusión de que los escritores son gente interesante
y, por lo tanto, las ficciones que producen generan un plus de cholulismo si los incluyen como
personajes. Como la industria editorial y la prensa fomentan expresamente esa situación, la
contribución autobiográfica se habría convertido en una demanda abierta o implícita a los autores.
Pero tal vez haya un error en el planteo del problema. La inclusión de un narrador que se
parece al autor está lejos de ser una novedad, y el procedimiento ha sido utilizado en el último
siglo por numerosos escritores, gente como Proust o Sebald, insospechable de pertenecer a la
farándula literaria argentina. Sin embargo, es difícil no relacionar la extraña pulsión que hace a
los escritores locales acudir a confesarse en público al Rojas (perversión o excentricidad que ha
convocado una numerosa audiencia) con la vocación por ventilar en las novelas ciertos detalles
reales o ficticios de la intimidad, los que crean la ilusión de que nuestros autores se desnudan en
sus obras. Garcés, en otro texto sobre Derrumbe, niega lúcidamente esa posibilidad: “Cuando
alguien realmente hace autobiografía, el narrador suele ser amorfo, porque uno tiende a verse a sí
mismo como disponible, abierto a todas las posibilidades, en todo caso con rincones inexplorados.
Lo que distingue al personaje ficticio, me parece, es que quiere cosas más o menos definidas y en
número limitado…”.
Amorfo, disponible, abierto a todas las posibilidades son características que definen
perfectamente al protagonista de Baroni: un viaje, la última (y magistral) novela de Sergio
Chejfec, que terminé de leer unos minutos antes de descubrir la frase de Garcés. El libro cuenta la
relación del personaje con Rafaela Baroni, una (existente) escultora venezolana que es, además,
adivina, milagrera y creadora de curiosos espectáculos teatrales. El narrador, del que no hay
demasiados datos biográficos pero podría ser un doble del autor, se concentra en la fascinación que
el arte original y multifacético de Baroni ejerce sobre él. El viaje de Chejfec a las montañas
donde vive la escultora es también un viaje a lo que el autor identifica con una expresión también
usada por Godard, la “infancia del arte”: “No sólo en el sentido de ingenuidad, o
más bien excluyendo ese sentido, sino infancia como elocuencia, por un lado, como vitalidad, pero
especialmente como proveedora de vida; la vida como contagio”.
La belleza y la profundidad de la novela derivan en parte de la meditación filosófica de
Chejfec y del descubrimiento de un mundo oculto a partir de una artista compleja, instalada en la
naturaleza y cuya vida es parte de una obra abierta y misteriosa. Pero el placer de leer Baroni: un
viaje está ligado también al contraste con el asfixiante ambiente de la clase media profesional
argentina y los relatos saturados de sus neurosis, sus ambiciones y sus amores. La novela es un
descanso, hasta una alternativa liberadora frente a los escritores del yo