Se estaba en el entretiempo de Boca-Atlas, y aún flotaban las palabras de Mauricio Macri que
anunciaban su acuerdo con Pompilio, en la conferencia de prensa previa al partido. Había material
para este domingo. Las traiciones y las conveniencias que las resuelven bailaban en el aire fresco
y prepotente que cruzaba por la Bombonera. Sin certezas sobre quién podría derrotar a quién, Macri
y Pompilio se abrazaban como Correa y Uribe en la Cumbre del Grupo de Río. Tan sólo hombres parecía
un buen título y, como la noche de a ratos, el domingo y la urgencia de la columna lucían
despejados.
Fue entonces que llamó telefónicamente Sebastián Srur, un joven periodista del equipo que se
ocupa de la información de River, para hablar con este cronista.
La voz del periodista era la de aquel que ha visto un plato volador y se siente solo en medio
del desierto. El presidente de River, José María Aguilar, se había comunicado con él, y lo amenazó
con juicios por injurias, en el mejor de los ejemplos de cómo pensaba aplacar su fastidio.
¿Qué había sucedido para el gesto nocturnal y descontrolado de Aguilar? Srur había puesto al
aire un rato antes la nota con un colega de Télam en la que acusaba a los dirigentes de River de
haber actuado ante la agencia para que lo separaran de la información relacionada al club. Era
fácil tranquilizar al joven, al que ahora miraba fijamente un marciano: sólo era necesario pasar de
nuevo la entrevista que había realizado al colega Pomarés. Así se hizo, y el pibe durmió tranquilo.
No todos han adquirido entrenamiento ante los desbordes de Aguilar.
Sin ir más lejos, este periodista recuerda la carta documento que Aguilar le mandó alguna
vez. A otro relator, ahora destinatario del aprecio más alto de Aguilar, dudoso elogio, le inició
una querella.
Al comentarista más famoso de la televisión le destinó una gestión ante un directivo de TyC
–aquel que supo crecer con Avila y al que al final le dio un tiro con la frialdad de Javier
Bardem en su última película–, reclamando “pare a este tipo que me está matando”.
Más enfático, una vez denunció que le pagaba a un periodista. Enojado, Aguilar es capaz de
hacerse el harakiri. Si fuera cierto, pobre presidente de River. Si fue mentira, pobre Aguilar.
Ahora, más de un informante de la vida de River es señalado como un hombre al servicio del club a
cambio de un salario. Si bien algunos actúan como para alimentar la sospecha, es injusto que la
infamia caiga sobre un inocente.
Hace poco, anunció ante uno de sus periodistas preferidos que pensaba escribir un libro sobre
la doble moral de un periodista que lo menciona muchos domingos en su columna. El tema se supone
pobre. Aguilar podría lanzarse a la literatura con algo del realismo más puro como “origen,
ascenso y muerte en las barras bravas”, o incursionar en el estructuralismo con
“deconstruccion de las fortunas del fútbol”.
Aguilar tiene la energía de esos hombres que, rodeados, se defienden a tiros por todas las
ventanas. Tira y espera.
Las balas de los de afuera le zumban y rebotan en las paredes, pero sigue vivo. Incluso, no
parece incomodarlo afrontar un juicio por apropiacion indebida de tributos.
Es mencionado en cuanto expediente se monta sobre la violencia en River. Y está lo de las
inmensas fortunas de Zahavi y los suyos volcadas a expensas de River en cuentas millonarias que el
israelí y algunos de sus allegados dejan un tiempito en un banco y al rato en otro.
Aun así, con oficialistas que se van al poco tiempo, con la oposición agitando papeles de
negocios incomprensibles de obras que se denuncian como pequeños Skanka, tiene fuerza para meterle
presión a un muchacho.
Mañana, Aguilar viene a PERFIL a discutir sobre informaciones del diario y sobre comentarios
de quien firma este artículo. Es curioso lo que tiene para decir y un poco más previsible lo que
tendrá que oír. Como un centro a la olla, sobre la expiración del tiempo de juego, la pelota está
en el aire y el suspenso invade. No es para engancharlo para el próximo domingo, pero el lector no
puede negar que podrá estar muy bueno.
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