El final del demócrata Eliot Spitzer en la gobernación de New York estaba anunciado desde que el
New York Times informó el lunes a la tarde que estaba siendo investigado como parte de una
operación anti-prostitución. La renuncia de hoy llegó en medio de creciente presión para que diese
un paso al costado. Será reemplazado por el vice-gobernador David Paterson, un hombre ciego quien
se convertirá en el primer gobernador negro del estado.
La caída del gobernador de Spitzer es tanto más brusca porque su figura tenía un simbolismo
único dentro de la arena política estadounidense.
Hasta el estallido del escándalo, para muchos el destino del ex gobernador estaba marcado: lo
veían convertido en el primer presidente judío de los Estados Unidos. Todavía no era seguro que lo
lograra, pero muchos analistas políticos creían que sí lo sería. Contaba con la fama y la
exposición mediática necesarias, ganadas con sus campañas contra la corrupción corporativa cuando
estuvo al frente de la fiscalía general neoyorquina, tarea por la cual la revista
Time lo tildó "el máximo policía de Wall Street". El resto del mundo lo conocía,
simplemente, como "el sheriff de Wall Street".
Spitzer construyo su fama de forma parecida a como lo hizo Rudy Guiliani: desde una fiscalía
general (puesto que se cubre por elección directa en EEUU, no por concurso). La diferencia entre
ambos yacía un poco en el tipo de criminales a los que perseguían (grandes empresas, como la
aseguradora AIG, en el caso del ex gobernador, mafiosos en el caso del ex alcalde), y otro poco en
la forma en que ambos remataban a sus perseguidos: Guiliani era un cazador nato, disfrutaba
mostrar, metafóricamente hablando, la cabeza de sus presas; Spitzer no buscaba sentarlos en el
banquillo de los acusados sino que quería que fuesen castigados pero, más aun, que sus crímenes
sirviesen como piedra de toque para realizar cambios estructurales contra la corrupción de sus
industrias.
Spitzer llegó desde la fiscalía a la gobernación del estado a fines de 2006, con el margen
más amplio en la historia electoral estadual. Era desde la fenomenal plataforma ofrecida por la
gobernación que se esperaba que tendiera su camino hacia la Casa Blanca.
Para tener una clara percepción de cuan sólida era la imagen de Spitzer alcanza con tener en
cuenta que en 2004, cuando se hizo pública la denuncia contra AIG y otras aseguradoras, ya era
considerado el personaje con mejor imagen política en un estado donde había figuras tan respetados
como Michael Bloomberg (el exitoso alcalde de Nueva York), George Cuomo (por entonces gobernador
del estado) y Hillary Clinton.
Su primer año en la gobernación no fue sencillo. No sólo se enfrentó con republicanos, sino
que también se peleó con muchos demócratas, quienes lo acusaban de arrogante y que no estaban de
acuerdo con algunas de sus ideas progresistas. Su imagen publica siguió siendo sólida.
Pero esa imagen de Spitzer, hijo de un adinerado empresario inmobiliario cuya riqueza utilizó
para ser elegido fiscal general, se evaporó en el mismo instante en que estalló el escándalo, ese
que convirtió a un símbolo de la justicia en el simple "Cliente número 9", el que arregló una cita
para que una prostituta volase desde Nueva York a Washington DC para saciar deseos
extramatrimoniales. Spitzer no cayó porque él estuviese siendo investigado, sino porque el cabaret
Emperor's Club era objeto de una investigación.
La prostituta de escándalo visitó a Spitzer el 13 de febrero en un hotel de Washington. La
mujer se llama Kristen y, luego de su cumplir sus servicios, llamó a su "jefa" para avisar que no
tuvo dificultades con el cliente, como sí les había sucedido a otras prostitutas. A Spitzer el
servicio le costó poco más de 2.700 dólares, más una "propina" de alrededor de 2.000. Según los
investigadores, en los últimos tiempos gastó 15.000 dólares en Emperor's Club.
Sus crímenes toman una dimensión mayor en el ojo público como consecuencia de su misma
imagen. A los votantes estadounidenses les molesta la hipocresía en sus gobernantes. Spitzer tuvo
infinitas posibilidades para hablar a favor de la legalización de la prostitución desde sus cargos
y no solo que no lo hizo, sino que incluso la persiguió. Los estadounidenses no suelen aceptar
tales contradicciones y por eso Spitzer está terminado políticamente. Ahora queda por ver si
termina tras las rejas.
*Editor de Perfil.com