El Sr. Fogwill, gracias a cuyo desafío público disfruto ya de una computadora libre de las
inmundicias que la empresa Microsoft desparrama por el mundo, anunció la aparición de tres libros
en el mismo mes. Dejé de lado las reediciones y me apresuré a leer Los libros de la guerra (Buenos
Aires, Mansalva, 2008), porque la contratapa incluye un texto mío y quería saber qué peregrinos
vuelcos de la imaginación y la opinión aparecía yo avalando. En algún momento del proceso de armado
de ese libro, el editor me pidió que le escribiera un Prólogo. “Si lo escribís vos, debería
llamarse Trólogo”, intervino el Sr. Fogwill, con la velocidad de réplica que tanto le
envidiamos. Pero después la idea se disolvió en los calores del verano. Por fortuna, porque Los
libros de la guerra no necesita de prólogo alguno y mucho menos de uno mío.
Hace muchos años (tantos que ninguno de los dos llevamos ya la cuenta) recibí una carta
firmada por el Sr. Fogwill en la que me reprochaba una lectura que yo hacía sobre El entenado de
Saer y, más precisamente, sobre el artículo de Frege “Uber Sinn und Bedeutung” que yo
usaba apresuradamente para justificar mi desagrado por esa novela.
Hace unos meses, el Sr. Fogwill me obsequió una cajita de los asquerosos bocadillos de
regaliz que un amigo le trae de Francia para ayudarlo a combatir su tabaquismo. Los adopté para mi
propia cura y hace unas semanas Edgardo Cozarinsky (que aparece elogiado tres veces a lo largo del
libro) me proveyó una partida entera de Cachou Lajaunie. Gracias a esa acción concertada, ha
disminuido considerablemente mi rendición a ese placer que (como todos) me perjudica un poco.
Los libros de la guerra recopila veinticinco años de intervenciones públicas sobre sexo,
tabaco, políticas culturales, literatura, Estado y guerra. Leído de corrido, es de una lucidez y
una coherencia que espantan (decir que está muy bien escrito sería caer en obviedades). Las
personas de mi generación recordaremos sólo algunos de esos textos (las intervenciones del Sr.
Fogwill, cuando creyó oportuno realizarlas, se inscribían en la lógica del terrorismo discursivo:
aquí o allá, sin previo aviso). Pero los ejercicios de pensamiento vivo del Sr. Fogwill, sus
educadísimas y elegantes argumentaciones, su confianza en la verdad y en la belleza, nos han
formado. No diré que Los libros de la guerra es uno de los libros más importantes de este año ni
que los jóvenes lo leerán con provecho. Diré sólo que debería ser de lectura obligatoria en todas
las escuelas de la Patria.
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