El viernes 14, una semana después del Día Internacional de la Mujer, Violeta resolvió pasar por la
peluquería antes de su fiesta de cumpleaños. Se puso una minifalda rayada en blanco y negro que
destacaba sus piernas largas y bien torneadas, una remera ajustada que enfatizaba su delgadez,
sandalias, y, en el tobillo izquierdo, una cadenita plateada con dijes tintineantes. Llevaba las
uñas pintadas de rojo estridente, un gran anillo, el largo pelo castaño suelto y un flequillo largo
hacia el costado que le daba un aire de mujer fatal.
La peluquera le exhibió el catálogo de peinados. Violeta lo revisó con excitación apenas
contenida, pero fue meticulosa. Eligió unas torzadas adelante y media docena de bucles cayendo por
la espalda; la peluquera se puso manos a la obra.
Inmóvil en su asiento, Violeta buscó en el espejo la mirada de su madre y le ofreció una
sonrisa de felicidad absoluta. Cumplía seis años.
Había conocido la peluquería del Barbie Store –500 metros rosados y cuadrados dedicados
a la muñeca Barbie en Scalabrini Ortiz y Cabello, de esta ciudad– un mes antes. La había
llevado una tía que colecciona Barbies desde su juventud. Era el cumpleaños de la prima de Violeta,
pero la tía había pagado para que la peinaran también a ella. Esa vez, las chicas habían elegido
batidos de princesa.
Al llegar a la fiesta de su prima, Violeta había comenzado a angustiarse. Mientras los demás
chicos jugaban, ella, naturalmente extrovertida y llena de energía, se había sentado en un costado,
cabizbaja. Su mamá le había preguntado qué pasaba. “Nada”, había musitado Violeta. Su
mamá tuvo que insistir para que largara el motivo de su pena: “¡Quiero que sea MI
cumpleaños!”. Media hora más tarde, Violeta dejaba la fiesta entre lágrimas en brazos de su
papá.
Ahora, al fin, era su cumpleaños. De ella y de nadie más. Y en su fiesta, me dijo, exultante,
mientras la peluquera le espolvoreaba la cabeza con brillantina, “ninguna” otra estaría
peinada igual.
Barbie Store es una idea argentina. A Tito Loizeau (38), ex alumno del La Salle, se le
ocurrió que “las necesidades en materia de ropa, make up, peluquería y fiestas de
cumpleaños” de niñas de entre 3 y 12 años estaban insatisfechas, y convocó a un viejo
compañero del colegio, Fernando Bosc (38), y a otro amigo, Diego Améndola (36), para pensar cómo
atenderlas. La idea de “niñas” los llevó enseguida a la idea de “Barbie”, y
se presentaron en Mattel, dueña mundial de la muñeca, a proponer un “espacio temático”
dedicado a ella. Así surgió, en septiembre pasado, con una inversión de un millón y medio de pesos,
Barbie Store, que contiene, además de peluquería y centro de maquillaje, un negocio de ropa
exclusiva –Violeta podía comprarse un conjunto y una Barbie vestida exactamente igual; a eso
se le llama Barbie and Me–; un salón de té que vende alfajores rosados en forma de corazón y
galletitas fucsias en forma de camiseta; y, al fondo del salón, la Casa Barbie, blanca, rosa y
fucsia, 250 metros cuadrados con el cuarto de Barbie, disfraces de Barbie, películas de Barbie, el
vestidor de Barbie, los maquillajes de Barbie y las esbeltas muñecas saliendo en manojos de cajas y
cajones. La Casa se alquila para festejar cumpleaños y, cuando no está ocupada cualquiera puede
entrar a jugar a razón de 15 pesos la media hora.
“Vienen a peinarse en pañales –me contó la peluquera de Violeta, sobre la edad de
las clientas --. Las madres también aprovechan y se peinan”. Bosc me contó que, en promedio,
visitan el local 3.000 personas por mes, y que la principal sorpresa que se han llevado es que la
edad de las clientas se extiende mucho más allá de lo esperado: señoras de 60 festejan su
cumpleaños en el salón de té. “En Barbie Store, las grandes quieren ser niñas y las niñas
juegan a ser grandes”, recitó. Barbie Store también educa. Cuelgan del techo rosados carteles
que adoctrinan: “No te olvides que una verdadera Barbie girl siempre sale con su
cartera”; “El color fucsia es ideal tanto para rubias como para castañas”;
“Los zapatos siempre deben hacer juego con la ropa”.
La mamá de Violeta se apresuró a pagar los 25 pesos del peinado mientras su hija recorría con
codicia las estanterías de carteras con lentejuelas, zapatos y valijas. La carterita más pequeña
costaba 30 pesos, en liquidación; los precios resultaban prohibitivos para su mamá.
“La mayor proporción del público del barrio es ABC1 –aclaró luego Bosc–,
pero no está sólo para ellos. Hoy festejo cumpleaños de chicas de Belgrano”.
La mamá de Violeta, titiritera y actriz de teatro, que no pertenece al ABC1 ni vive en
Belgrano, asistía a la nueva pasión de su hija con disimulada sorpresa; Barbie ha sido durante
décadas el estereotipo por excelencia de la mujer previa a los movimientos de liberación femenina
de los 60 y que nació con (¿contra?) ellos.
¿Era sólo consumo? Cuando Violeta apenas comenzaba a hablar, su mamá había librado la batalla
contra Barney, el muñeco color púrpura que por entonces invadía la casa y el mundo; Violeta lo
quería como a ninguna otra cosa, y a ella le ponía los pelos de punta. Había vencido a Barney, pero
Barbie la había derrotado. ¿Había algo más? ¿Sería una epidemia generacional? ¿Un problema de
clase?
Fue un segundo al baño para reponerse. En la puerta, encontró a la mujer encargada de la
limpieza, que empujaba un carrito con líquidos y trapos de piso. No era ni por lejos una niña del
ABC1, pero meneaba las caderas al ritmo de la música ambiente, mientras coreaba, feliz:
“Barbie girl/ Barbie girl”.
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