Hasta hace tres semanas,
Eduardo Buzzi era un dirigente agrario progresista, aliado de la CTA y hasta de
Luis D'Elía en el marco de la paritaria social,
Alfredo de Angeli uno de los referentes de los ambientalistas en la lucha contra
la instalación de Botnia y cualquier manual de historia caracterizaba a la
Federación Agraria Argentina como el movimiento de chacareros que se alzó hace
casi un siglo en el corazón de la Pampa Gringa contra los abusos de los latifundistas.
La obstinación, el oportunismo, la desinformación o una combinación de todos esos elementos
transformaron al movimiento agropecuario que encabezan, entre otros, esa entidad y esos dirigentes,
en una avanzada oligárquica. Como en una lección de Formación Cívica, la respuesta a la
inconsistente acusación oficial provino de un productor entrerriano a la vera de la ruta 14:
"Oligarquía es el Gobierno de unos pocos en su propio provecho". En la Casa Rosada
todavía están a tiempo para recapacitar sobre esta definición, antes de continuar con una
seguidilla de errores que los lleva a incurrir en una contradicción cada dos frases.
Una de ellas, tan irónica cuanto superficial, fue la de catalogar al cacerolazo que surgió
en todo el país como una iniciativa de los barrios porteños de Recoleta y Belgrano, días después de
que la propia presidenta Cristina Kirchner
se deshiciera en elogios a las ventajas de vivir en Puerto Madero.
La otra, con más sustancia, se refiere a la defensa que la presidenta hiciera de las
retenciones como supuesto instrumento de redistribución del ingreso,
cuando en realidad no son coparticipables. Las provincias, que se encuentran en
una de las peores situaciones históricas en cuanto a participación de los recursos fiscales, son
las convidadas de piedra de esta supuesta redistribución.
A la que, dicho sea de paso, la creciente inflación torna cada vez más regresiva.
Las comparaciones podrán resultar
odiosas en algunos casos, pero en otros pueden ser útiles para, por ejemplo,
comprender las diferentes evoluciones de las economías de los países. O para poner en duda
supuestas verdades reveladas, como que las retenciones son un instrumento de política económica
difundido en todo el mundo, que son una herramienta eficaz para frenar la inflación, que el dólar
alto es por sí solo la garantía de la competitividad y que las exportaciones argentinas crecen como
en ninguna parte.
La recaudación tributaria de la Argentina se compuso en 2007 de un 31,4 por ciento de IVA,
21,4 por ciento de Ganancias, 12,7 por ciento de cargas previsionales y 10,2 por ciento de derechos
de exportación o retenciones, entre los principales rubros. En el caso de Brasil, la recaudación se
integró con un 35,7 por ciento por diferentes contribuciones, 27,4 por ciento del impuesto a la
Renta y 26,2 por ciento de recursos previsionales.
No, no hay ninguna omisión.
El rubro "retenciones" no figura en la amplísima lista de impuestos y contribuciones de la
Receita Federal (la AFIP brasileña) y no porque la estructura impositiva del país vecino
sea un dechado de virtudes. Para un brasileño las retenciones son las deducciones que se realizan
sobre las liquidaciones en las declaraciones de impuestos. A
Lula, que de socialismo y distribución del ingreso algo sabe (y lo sabe desde que
enfrentaba a la dictadura de Geisel en las fábricas del ABC paulista, mientras otros preferían las
inversiones inmobiliarias), no se le cruza por la cabeza que las exportaciones puedan ser gravadas.
Ni tampoco que esas retenciones que se aplican en la vecina Argentina sean una herramienta
eficaz para combatir la inflación: desde su reimplantación en 2002 y hasta 2007, el índice de
precios al consumidor en nuestro país fue del 107,4 por ciento (tomando en cuenta los cuestionados
números del INDEC del último año, pero podría superar el 133 por ciento si se computa la inflación
real), más que el doble que el 50,7 por ciento acumulado en Brasil en el mismo lapso.
La fuerza de los hechos obligó al Gobierno a reconocerlo, pero una contradicción lleva a la
otra: se aseguró que eso se debe a que Brasil no tiene una política de dólar alto y que los
productores de soja de ese país tienen un 15 por ciento menos de rentabilidad que los argentinos.
Nuevamente, los
"promedios": esos números son el resultado de mezclar a minifundistas chaqueños
con los grandes emprendimientos de la Pampa Húmeda, con el mismo nivel de retenciones y cargas
impositivas en general pero un rinde absolutamente incomparable.
Los que acusan a los piqueteros del agro de "oligarcas" pueden tomarse el trabajo de
averiguar de qué lado esta cada uno de esos productores. Descubrirán que muchos de ellos ni
siquiera saben dónde está la Sociedad Rural, en una muestra de los cambios en la economía de los
últimos años, en los que la concentración pasó por encima de la representación gremial. Otras
muestra de la confusión quedó de manifiesto en la acusación basada en que el 80 por ciento de las
tierras está en manos extranjeras. Dato absolutamente cierto, pero que no tiene en cuenta que es el
20 por ciento restante el que realiza los cortes de ruta.
Pero las contradicciones no terminan ahí: los partidarios del dólar "competitivo", al punto
de sostenerlo artificialmente alto cuando baja en todo el planeta, no pueden explicar cómo Brasil,
con el dólar nominalmente más bajo que hace nueve años, no para de exportar. Desde que la Argentina
recurrió a la devaluación y las retenciones en 2002, sus exportaciones aumentaron el 110,9 por
ciento, menos de la mitad del incremento de la cotización del dólar. En Brasil, a pesar de que el
real continúa apreciándose, las ventas al exterior crecieron el 175,9 por ciento. Por si no bastara
esa comparación para demostrar que el "boom exportador argentino" es una falacia, podría agregarse
que en el mismo lapso las exportaciones mundiales subieron un 125,2 por ciento. De lo que se
desprende que la participación argentina en las exportaciones globales viene en caída (del 0,44 al
0,41 por ciento en seis años), pero en Brasil van en alza (del 0,96 al 1,18 por ciento).
Para el final, la principal contradicción. En su intento por desacreditar al paro
agropecuario, la presidenta remarcó que los exportadores venden en dólares y pagan en pesos. Una
verdad a medias (según el refranero popular, la peor de las mentiras),
ya que muchos insumos son importados, pero que desnuda el viejo truco de los
devaluadores: con una moneda local depreciada, disminuyen en la misma proporción los ingresos
reales de los tenedores de esa moneda. Y quienes reciben ingresos en pesos, si hace falta
recordarlo, son los trabajadores.
Del campo, la industria, el comercio y los servicios. A confesión de parte...