El peor de los pecados de los Kirchner fue haber autodenigrado la investidura presidencial al
delegarla en un lúmpen como Luis D’Elía, acaso la figura pública de mayor desprestigio
social. Son muy difíciles de suturar las heridas profundas que esos comportamientos dejan en la
conciencia colectiva. Blindado de impunidad, más soldado de Hugo Chávez y de Mahmud Ahmadinejad que
de Kirchner, D’Elía reflotó las viejas patotas de tipo mussoliniano. Su declarado odio hacia
los blancos millonarios de Barrio Norte con 4x4 se hace patético si consideramos que los mismísimos
Kirchner son blancos, millonarios, vecinos de ese barrio y felices poseedores de esas camionetas.
Hace algunos meses, D’Elía dijo que Cristina, Alberto Fernández y Héctor Timerman eran el ala
derecha del Gobierno, y que respondían al Partido Demócrata de los Estados Unidos y al lobby de
Israel. El jueves fue premiado con un lugar de privilegio en el palco de Parque Norte, donde los K
pusieron toda la carne al asador.
Esto es simbólico. Resume la confusión de un gobierno a la defensiva que muestra su peor cara
lastimándose a sí mismo y pagando altos costos políticos por convertir en un tsunami un problema
con el campo que era un vaso de agua si se aplicaba sentido común.
Asusta el rosario de torpezas cometidas. Es legítimo preguntarse, a la luz de lo que pasó,
cuál será la reacción de los Kirchner si en el futuro tuvieran que enfrentar una crisis económica
más o menos seria.
Teniendo todo a favor, fueron hasta el borde del precipicio. Así es este matrimonio: redobla
la apuesta y construye casi desde el abismo. Por eso lograron todo lo contrario a lo que buscaban.
Se preguntaban quién estaba oculto detrás del conflicto sin ver que ellos mismos ayudaban a
multiplicarlo.
Es difícil diagnosticar cuál es la enfermedad que los lleva a hacerse expulsar de la cancha
cuando van ganando 5 a 0 y faltan diez minutos para el final del partido. Un viejo diputado
patagónico los define con una frase: “Siempre logran por violación lo que pueden conseguir
por seducción”.
Recién anteayer buscaron el diálogo y el consenso. Su metodología es quebrar al que se atreva
a desafiarlos y, si es posible, ponerlo de rodillas hasta la humillación. Algo de eso aplicaron con
la protesta agropecuaria. Aprovecharon el desgaste de gente mansa e inexperta en combates sociales
que no tuvo tácticas y se jugó al todo o nada a fuerza de bronca y falta de confianza en sus
representantes sectoriales. Esa clase de victorias, arrasadoras como la 4x4 del pingüino Varizat,
son triunfos pírricos que inoculan en los derrotados el veneno del resentimiento, que puede
reaparecer en posturas más exacerbadas o como una lluvia de votos-castigo.
Tal vez esa lógica de los Kirchner se pueda explicar por dos vertientes: la
generacional-militante y el carácter personal.La primera tiene que ver con su formación política en
los 70. “Ni sectarios ni excluyentes, Montoneros solamente”, solían cantar en los
congresos los integrantes de la Juventud Universitaria Peronista. Los que se definen como
vanguardia revolucionaria siempre sienten que son los elegidos. La metodología cerrada de la
“orga”, tan necesaria para preservar la seguridad de todo grupo político-militar,
también contribuye a forjar militantes con visiones conspirativas, acostumbrados al secretismo y a
resolverlo todo entre poca gente y cuatro paredes, casi en la clandestinidad. Eso muchas veces los
aleja de los problemas reales y de la vida cotidiana de sus semejantes y empuja a cometer errores
de diagnóstico. Y, en algunas ocasiones, puede llevar a un aislamiento que achica niveles de
inserción social.
Tal vez esa misma cuna lleve a los Kirchner y a varios de los suyos a tener la palabra
“traidor” demasiado a flor de piel. Cualquiera que, estando con ellos, modifique su
pensamiento en algún tema no será portador de ideas enriquecedoras: es un traidor. Fue lo primero
que dijeron del gobernador de Córdoba, Juan Schiaretti, cuando, producto de la racionalidad que le
impuso la marca personal de los productores agropecuarios que lo votaron, envió varios mensajes de
prudencia y disposición al diálogo.
Aquel infantilismo revolucionario que sacrificó la vida de tantos jóvenes reaparece en estos
tiempos como una suerte de infantilismo funcionario, que ojalá no sacrifique el éxito de este
modelo económico por moverse a fuerza de espasmos, de enojos y de actitudes sólo dignas de
arrepentimiento. Elisa Carrió definió esos gestos como de “adolescentes tardíos”.
Miopía. En su gigantesca metida de pata, el Gobierno ha dejado jirones de su musculatura
política. Al obligar a intendentes y gobernadores a que sostengan posturas equivocadas con
subordinación y valor, los Kirchner los sometieron a un desgaste inesperado a poco de haber sido
legitimados electoralmente. José Alperovich, en Tucumán, perdió dos ministros. También Sergio
Uribarri, en Entre Ríos. Raúl Rivara, ex ministro de Felipe Solá, se puso del lado del campo. El
senador por Córdoba Roberto Urquía, quien hasta hace unas horas era el preferido de la Presidenta,
se quedó del lado del campo (es el dueño de Aceitera General Deheza). Varios intendentes K y
Radicales K no tuvieron más remedio que diferenciarse de Cristina para que no se los llevaran
puestos sus vecinos chacareros. Por si fuera poco, lograron el milagro de hacer hablar a Carlos
Reutemann, quien superó la cobardía de muchos y desde su experiencia de hombre de campo aportó una
visión distinta. Tal vez eso reciba el castigo del freezer y de no ser invitado al santuario de
Puerto Madero por un largo tiempo. Hasta Roberto Lavagna salió a advertir sobre los riesgos de la
fractura social, corriendo el riesgo de ser otra vez marginado. Algunos que habían tomado distancia
de Kirchner, como Luis Juez, apuraron sus pasos hacia la otra vereda y, en la opinión pública, los
números van a reflejar en las próximas encuestas una caída fuerte de la imagen de Cristina,
profundizando la tendencia de los dos últimos meses.
Néstor Kirchner se metió en la refundación del PJK para ampliar las bases de sustentación del
Gobierno de su esposa y no le estaba yendo mal. Pero la miopía e impericia para afrontar los
reclamos del campo les hicieron perder mucho de lo que habían logrado.
La crispación oficial, las palabras cargadas de pólvora y el río revuelto de las operaciones
de prensa, las cadenas de mails y mensajes de texto fueron el caldo de cultivo para algunos
nostálgicos de la dictadura militar que aprovecharon para rapiñar algo de prensa. Es el caso de la
minúscula Cecilia Pando.
Hubo un genuino y pacífico rechazo al estilo intolerante y mandón de los Kirchner. La
historia ya demostró que, cuando los gobiernos no escuchan, sólo terminan obligando al pueblo a
levantar la voz. Y, luego, a golpear cacerolas. La industrialización del miedo para imponer
disciplina tiene patas cortas.
La altanería está en el ADN de Néstor y Cristina. Puede más que ellos mismos. En Parque
Norte, el jueves, ella quiso hacer una broma distendida y le salió un reto: “Ya es hora
compañeros de que vayan actualizando las consignas y comprendan que tienen una Presidenta”,
dijo con excesiva rigidez facial cuando los muchachos identificados con la gloriosa Jotapé le
reclamaban “huevos” para liberar a la Patria.
Los otros Cristina y Néstor. Norma Morandini es una lúcida diputada que no perdió su tonada
cordobesa ni en el exilio. Sus dos hermanos desaparecidos estudiaban periodismo conmigo y se llaman
igual que el matrimonio presidencial: Cristina y Néstor. Todos ellos militaban en el peronismo
universitario que seguía a Montoneros. Su madre es de Plaza de Mayo, pero en Córdoba. Por lo tanto,
nadie puede sospechar que Morandini tenga posturas derechosas o antipopulares. Desde su banca
confesó que su corazón latía con angustia y dolor por lo que estaba pasando, por la pobreza extrema
de los pueblos rurales de Tulumba y Río Seco que aportaban fortunas al Estado nacional con las
retenciones de las que después no veían ni un centavo. Pero lo más conmovedor fue el final de su
discurso. Sus ojos transmitieron una tristeza sincera al decir: “Ojalá que la sensatez, la
cordura y una palabra que es ajena a la política –el amor al otro, al cualquiera–
sirvan para que nuestros compañeros del oficialismo desactiven esa bomba de tiempo que son los
matones puestos en nombre del pueblo. No puede ser que la Justicia esté juzgando a la Triple A, de
la que muchos compañeros han sido víctimas, y hoy tengamos que ver a estos matones que en nombre
del pueblo no garantizan lo único que tenemos que garantizar: la democracia”.
Lo dicho: los Kirchner cometieron el peor de los pecados. Tienen tiempo de arrepentirse. Es
urgente que la Presidenta recupere y lleve a la práctica su mejor discurso, el que pronunció el día
que asumió, cargado de promesas institucionales y llamados a desterrar el odio. Sería trágico
partir la sociedad a la venezolana. Tirar para siempre por la borda el lastre de la violencia
fraticida es una responsabilidad de todos, pero, ante todo, del Gobierno. Antes de
que sea demasiado tarde para lágrimas.