A los piquetes de desocupados de los primeros años de este siglo no podía aplicárseles la idea de
que, perteneciendo el espacio público a todos, nadie tiene derecho de apoderarse de él por ningún
motivo. Porque no tenían a su disposición los recursos de productores, comerciantes o banqueros,
los expulsados del mercado de trabajo y del consumo no estaban en condiciones de formar un lobby.
Hacían visible su reclamo ocupando las calles y acudir al piquete no significaba solamente cumplir
con la obligación impuesta por los jefes piqueteros para conservar los planes sociales o
conseguirlos, sino reestablecer alguna forma de organización social que la crisis había
pulverizado. Ir al piquete implicaba pertenecer a alguna parte, aunque el jefe del piquete fuera un
puntero que hacía valer los planes sociales que manejaba, hacia abajo para reclutar personas
movilizables, y hacia arriba para exhibir su poder de movilización al servicio de algún sector del
gobierno.
El espacio público no es una abstracción geométrica. Salvo en las utopías, es un paisaje de
conflicto y de enfrentamiento. Los intereses, en general, se contraponen y los derechos pueden
colisionar. Si esto no fuera así, viviríamos en un mundo donde la extensión de la soberanía y del
poder de unos sobre otros sería desconocida. Vivimos, en cambio, en un mundo de intereses
contrapuestos y de derechos desigualmente ejercidos.
Por eso, en estos años preferí moderar la crítica a la ocupación por piquetes del espacio
público, aunque eso no implicó moderarla respecto de las dirigencias piqueteras que, como en el
caso de D’Elía (para nombrar al emblemático profeta del odio), muestra ser tan ambicioso como
tornadizo en la selección de sus patrones, exceptuadas su inalterable fidelidad al venezolano
Chávez y su devoción por Irán. Pero las organizaciones piqueteras no son iguales ni se manejan con
esa mezcla irrestricta de asistencialismo y clientelismo. D’Elía no es el único dirigente
piquetero, ni todos responden exactamente a su estilo provocador hasta el desparpajo irresponsable.
Nadie como él disfruta tanto de la protección del Gobierno.
Cuando sucedieron los cacerolazos del 2002, no pensé que de las movilizaciones al ritmo del
estribillo “¡Que se vayan todos!” y “¡Que me devuelvan mi plata!” iba a
surgir necesariamente una nueva política. Pero habría sido una respuesta caricaturesca negarles a
quienes golpeaban y pintaban las puertas de los bancos que no tenían derecho a hacerlo porque su
mismo reclamo demostraba que tenían muchísimos más recursos ahorrados que los millones de
argentinos que sufrían hambre en ese mismo momento. Y mientras unos volvían intransitable el
microcentro reclamando por sus depósitos, otros cortaban las calles y los puentes reclamando comida
o trabajo. Está claro que eran circunstancias extremas.
Hay otros piquetes, cuyo impulso no fue la miseria. Enviada por este diario, asistí en Arroyo
Verde a una de las asambleas de los ciudadanos que cortaban el paso a Fray Bentos. Más que criticar
el fundamentalismo ecologista de Gualeguaychú, me interesó ver por qué la asamblea era tan rígida.
La estrategia de “ni un paso atrás” debió ser evaluada por los límites que imponía a
quienes la propiciaban. El aislamiento de los asambleístas tuvo que ver con la creencia de que nada
era negociable. Ni siquiera festejaron cuando la empresa española ENCE se retiró de su primer
emplazamiento, hecho que podía ser evaluado como una victoria de las movilizaciones entrerrianas.
Nadie pensó en esa victoria parcial porque la perspectiva que los impulsaba era absoluta y, por
eso, antipolítica, en la medida en que toda política, que no se defina como revolucionaria o que no
reclame origen divino, se sostiene en la negociación de los conflictos según la fuerza social,
cultural y económica de los implicados. En el caso de Gualeguaychú la intransigencia fue un
pasadizo hacia la soledad.
El cualquierismo argentino extendió el método del corte y del piquete para los reclamos más
variados, que incluyeron a estudiantes secundarios tanto como a los camioneros que maneja la
dinastía Moyano. El encuadramiento sindical no parece un reclamo que vuelva ineludible la táctica
del piquete; pero el Gobierno no se ha atrevido a malquistarse con un sindicato que ahora es su
aliado; el cambio de rector de un colegio secundario no equivale a la construcción de una pastera
potencialmente contaminante. Pero el hecho de que un método sobrepase la dimensión del conflicto, y
por lo tanto sea poco justificable, no invalida necesariamente ese método para otra reivindicación
y en condiciones diferentes (o extremas).
La Presidenta debió haber repasado todo esto cuando condenó los piquetes rurales por la razón
que proporcionó en su discurso del martes pasado. Los llamó “piquetes de la
abundancia”. No conozco si los que cortaron rutas son multimillonarios o pequeños
productores; creo carecer de prejuicios sobre el aspecto de las personas; tampoco podría asegurar,
como lo hizo el Gobierno, que detrás de chacareros auténticos están los grandes de la Sociedad
Rural, institución que, por turno, silbó a varios presidentes de la democracia y no fue renuente a
los golpes militares. Pero también estoy dispuesta a admitir que las instituciones cambian y que
quizás los burgueses asociados al capitalismo kirchnerista podrían gustarme menos que los
integrantes de la SRA.
Antes de hacer la radiografía socioeconómica de los ruralistas que han cortado las rutas en
todo el país, hay que rechazar la idea de que si el que se moviliza no es un pobre o una víctima
del terrorismo de Estado, su activismo carece de legitimidad. Una nota publicada en Página/12, con
una dosis alta de tilinguería bienpensante e ignorancia, describía a los movilizados como
petimetres y señoras fashion vestidos por La Martina; esas observaciones frívolas ajustaron el foco
sobre Callao y Santa Fe, pasando por alto lo que mostraban las pantallas de televisión: un friso de
chacareros con las tonadas más diversas. El discurso presidencial también aplanó todas las
diferencias.
Ignoro si detrás de los chacareros están los socios del Jockey Club. Si la Presidenta lo
sabía cuando pronunció sus discursos, debió haber explicado al país cuáles eran los diferentes
sectores en conflicto, cuáles dirigentes de los muy ricos arrastraban a los medianos y chicos, por
qué la CRA se habría sometido a los intereses de los pulpos sojeros, y finalmente cuáles de ellos
ejercían una presión golpista. Resumir la protesta agraria en un repudiable y arcaico cartel urbano
que pedía el regreso de Videla es un despropósito mayor, una hipérbole que corresponde a la
diatriba más que al razonamiento. Si la Presidenta hubiera caracterizado racionalmente los sectores
unidos en la protesta, hubiera dado una clase (como les gusta afirmar a sus admiradores).
El Estado no debe propiciar la violencia de los ciudadanos. La Presidenta volvió a hablar el
jueves y no se refirió a la violencia gestionada y administrada, a partir del martes a la noche,
por algunos jefes de organizaciones kirchneristas. Además, habló desde un escenario inadecuado. En
lugar de dirigirse al país desde la Casa de Gobierno, lo hizo en un acto del PJ y sus satélites,
que están rememorando la marcha peronista ahora que los Kirchner ya no la consideran infectada por
un “pejotismo” ajeno a su proyecto. Un acto del “aguante” tanto como de la
investidura presidencial que Cristina Kirchner invocó con todo derecho.
Y volvió a cometer un exceso de interpretación, subrayando la naturaleza “política del
conflicto”; la razón no es sólo que toda distribución del ingreso supone el juego de fuerzas
políticas (lo cual es cierto), sino también porque una “parte de los caceroleros están en
contra de nuestra política de derechos humanos”. El conflicto es político, tiene razón la
Presidenta, pero de una índole que no toca la cuestión de los derechos humanos, salvo que se
comience a examinar el prontuario de cada uno de los movilizados o se atribuya importancia en el
conflicto a algunos impresentables de la derecha argentina que persisten en defender a la
dictadura.
¿Por qué traer los derechos humanos a esta coyuntura? Para los Kirchner funcionan como
fundamento de legitimidad ideológica, como si la legitimidad del voto (que la Presidenta repite
como argumento) y la legitimidad institucional (que la oposición considera endeble por el bloqueo
del Congreso) fueran en sí mismas insuficientes. Los derechos humanos ofrecen una legitimidad
sustancial, reforzada porque muchas de las organizaciones y sus dirigentes más famosos forman una
especie de guardia moral en los actos presidenciales, como si su presencia fuera un reaseguro de lo
que allí sucede.
Los Kirchner se abstienen de preguntar qué hicieron durante la dictadura todos los
empresarios con quienes no arman conflictos sino negocios; tampoco hay que sucumbir a la tentación
de preguntarles a los Kirchner por qué no militaron en las organizaciones de derechos humanos
durante la dictadura o cuáles fueron los actos por la memoria que realizó el ex presidente como
gobernador. Esta lógica de traer la política de derechos humanos cuando se discuten retenciones a
la soja no es buena ni para los organismos de derechos humanos, ni para sus dirigentes y
militantes. Es un uso oportunista (lo quiera o no la Presidenta) de un tema que no debería ser
arrastrado, en ninguna circunstancia, a los encontronazos por el porcentaje de las retenciones
aplicadas a los granos. Como sea, la Presidenta llamó al diálogo, que es lo que debería haber hecho
el martes pasado, en lugar de tolerar a D’Elía en la Plaza.
Comentarios a esta nota: 8
31-03-2008 10:49:26 hs | blanca54 escribió:
Excelente como siempre Beatriz Sarlo. Coincido con teresinha. Yo agregaría la Revolución de mayo. Hasta la misma revolución bolchevique, mal que le pese a los zurdos vernáculos!¡Ay del gobierno que no da importancia a los mensajes que le da la clase media!
31-03-2008 10:40:38 hs | blanca54 escribió:
cgm1900, no le veo la salvajada en estos cortes de ruta:acá hay que ver más allá del corte y más allá de las cacerolas: tiene que admitir el gobierno el BASTA QUE HAY DETRAS DE TODO ESO. La gente quiere políticas coherentes de desarrollo, la redistribucion juiciosa de lo retenido, el cansancio por los corruptos, los violentos, los prebendarios y parásitos del Estado, las valijas, los aprietes, los gobernadores, diputados y senadores genuflexos por gusto o por necesidad. Cobren bien Ganancias, simplifiquen los impuestos y controlen la evasion, hagan la coparticipacion como manda la Constitución, gasten menos en pavadas, dejen trabajar en paz, no mantengan vagos, apoyen las economías regionales, dejen de subsidiar a Buenos Aires en detrimento del interior. ¡¡Eso les dice la gente!!Y lo del desabastecimiento, tampoco es el sitio de Troya. Comida pasa igual de una forma u otra.
29-03-2008 22:37:08 hs | jaimenberg escribió:
Beatriz Sarlo, conocida antisionista, que en su momento apoyó al Hetzbollah, ahora critica a D Elia. Que le pase, cree que no tenemos memoria, o es tan oportunista, que apela a la amnesia.Un poco de franqueza. Decídase si está del lado de la cordura, o de este gobierno, junto a Bonafini, Moreno, Pérsico, Ibarra, y toda la sinitra.
29-03-2008 20:35:02 hs | chechu escribió:
Adhiero a abrolosojos... y agrego que, de qué otro modo un ciudadano argentino hoy puede frenar el avasallamiento de sus derechos constitucionales, si la justicia no es independiente ni oportuna, si los poderes están cooptados y concentrados en un puñado de personas con perversas ambiciones mezquinas... que ya han llegado al punto de imponer fuerzas parapoliciales, o no emula DElía los primeros pasos de la Triple A???
29-03-2008 20:23:53 hs | teresinha escribió:
Excelente artículo.
Este gobierno también ignora un hecho: en la historia, muchas revoluciones tuvieron como detonante un impuesto excesivo y extorsivo. La independencia norteamericana. la Revolución Francesa, por citar algunas.
29-03-2008 18:19:11 hs | abrolosojos escribió:
LA VERDADERA SALVAJADA NO ES CORTAR LA RUTA. LA VERDADERA SALVAJADA ES ESTA CRUZADA KIRCHNERISTA DE ROMPER CON TODAS LAS FORMAS PACÍFICAS DE CONVIVENCIA PROPIAS DE UN ESTADO DEMOCRÁTICO, LIBRE Y SIN CORRUPCIÓN. EL PAÍS MARCHA HACIA LA CATÁSTROFE Y SE CONSOLIDA UNA DECADENCIA GENERALIZADA COMO LA QUE VIVIMOS EN LA PROVNCIA DE SANTA CRUZ. FEUDO DE ESTE MATRIMONIO DEL DOBLE DISCURSO Y DE LA DOBLE MORAL. ESTA ES A VERDADERA SALVAJADA.
29-03-2008 18:09:35 hs | Adile escribió:
cgm1900:
La capacidad dialéctica de Sarlo es un dato irrefutable, y también lo es el hecho que al que tiene la responsabilidad de gobernar -para la que se propuso y fue elegido- se le exige más prudencia, conocimiento y previsión para evitar o menguar el conflicto social estéril que al que está en el llano, defendiendo su posición, sea quien sea el que proteste.
¿O ya no recordamos para nada que el gobernante representa a sus gobernados, a todos ellos...
29-03-2008 13:58:22 hs | cgm1900 escribió:
Que maravillosa capacidad dialectica exhibe Sarlo para denostar los piquetes del ¨cualquerismo¨ argentino,sin esbosar la minima critica a la salvajada de cortar 15 dias las rutas con riesgo de desabastecer al pais. ¿O el fin (de una mayor renta para el agro) justifica cualquier medio?.
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