Miles de pequeños, medianos y grandes productores salieron a las rutas con un fundamento legítimo e
irreprochable: que el Estado no se apropie, por la fuerza y sin consenso, de más de la mitad de su
renta, incluidas retenciones e impuestos. Negarles el derecho a manifestarse sería condenarlos a
ser habitantes sin ciudadanía de un gobierno signado, no por la democracia, sino por el
autoritarismo.
Hubo dos discursos: el primero, violento y auténtico. Con una sinceridad inhabitual en el
poder K, la Presidenta expresó lo que creen y sienten: los que están contra ellos son golpistas,
oligarcas o traidores; y el campo, pueblos y ciudades que los apoyan, enemigos conspiradores. Se
puede no compartir ese discurso, de hecho estamos en las antípodas, pero no se le puede negarle
autenticidad. A no confundirse: lo que dice D’Elía lo piensa Kirchner, que lo comunica a
empresarios de su riñón.
El otro discurso, hecho desde un acto partidario y con el respaldo de sus fuerzas de choque
en el escenario, ahora se demuestra mentiroso. La misma lógica de división en tono menor y un
llamado cínico a un diálogo que de antemano sólo pretendía quebrar al campo y su alianza con la
ciudad. Cuando finalizó, sentí la misma sensación de aquel “Felices Pascuas, la casa está en
orden”. Sentí que el llamado al diálogo desde la humildad era falso. Callé frente a la
opinión pública, hasta ver si esa intuición se correspondía con la realidad o si me equivocaba.
No fue sólo el discurso: el aparato de la mentira se montó comunicacionalmente como nunca vi
en Argentina. El diálogo parecía un mandato desde los títulos de la televisión, que mostraba cómo
los piquetes desaparecían como por arte de magia. Los productores en las rutas se preguntaban
desorientados si era cierto que los demás se retiraban de las rutas. La tele mostraba uno o dos
productores, pero muchos estaban en las rutas sin detener el paro, ofreciendo una tregua y
esperando que el Gobierno entendiera que eran trabajadores del campo; hombres y mujeres con las
manos endurecidas por el trabajo. Por ellos, somos Nación.
La reunión del viernes desnudó la jugada. Hicieron esperar a las entidades una hora para
decirles nada. Para no ceder. Para comunicarles que la caja de Kirchner no se toca. La gran mentira
del discurso del jueves es que ese dinero lo recaudan para distribuir ingresos: la plata no vuelve
a pueblos, provincias, escuelas, hospitales o a políticas sociales universales. Va a negocios
corruptos de De Vido y Kirchner. Brasil ni Uruguay, con gobiernos progresistas, han puesto
retenciones.
Castigan a mansos que no quieren violencia, sólo el legítimo derecho a ganar lo que produce
su trabajo. No reclamaron cuando impusieron retenciones del 35% a la soja. Salieron cuando la peor
política agropecuaria de la historia quería – literalmente– llevarse puesto al campo.
La soberbia, cualquiera sea el tono, consiste en no ver la realidad e imponer como relato la mente
presidencial conyugal. Los que carecen de inteligencia y humildad pueden terminar presos de su
necedad, rodeados de obsecuentes, pero no podrán contar, en el corto o en el mediano plazo, con el
respaldo de una ciudadanía que quiere salir al futuro.
En el mejor momento de la Argentina, en términos de posibilidades de crecimiento económico,
un grupo faccioso domina la Nación llevando en forma peligrosa a un pasado que no debe volver.
Pero lo peor fue tratar de golpistas a jóvenes que son hijos de la democracia, aman su país y
no quieren ser habitantes, quieren ser ciudadanos. Que la Presidenta se haya confundido tanto es un
despropósito y un agravio a la Nación.
Ojalá exista diálogo en serio, sino sería una traición.
*Líder de la Coalición Cívica.
*Presidenta de la Coalición Cívica.