| Al día siguiente de D’Elía vs. las cacerolas, la Presidenta, ambos Fernández, Zannini y una delegación de Madres y Abuelas. Segunda a la izquierda, Victoria Donda. |
Desde el inicio del gobierno de Kirchner, repetidas veces escribí para elogiar su voluntad por
concluir la tarea que comenzó y dejó trunca Alfonsín de enjuiciar y condenar a todos los
responsables por la desaparición, asesinato y apropiación de personas durante la última dictadura.
Percibí que el kirchnerismo utilizaba esta causa para ganar popularidad, y a veces esconder
sus flaquezas en otros campos. Pero jamás pesó en mi ánimo esa manipulación más que el hecho de que
la causa fuera justa.
No simpaticé con las opiniones de Hebe de Bonafini sobre diversos temas que no tenían
estrictamente que ver con la desaparición, asesinato y apropiación de personas durante la
dictadura. Pero nunca pesaron en mi ánimo sus declaraciones, a veces hasta aberrantes, más que la
lucha que encarnó.
Hebe de Bonafini simpatizó aún menos con las defensas que las publicaciones de Editorial
Perfil hacen del texto original del informe de la Conadep, donde también se critica a la guerrilla,
y personalmente, junto con Robert Cox, fui criticado por llamar terroristas a quienes desde
Montoneros o el ERP dispararon contra otras personas. Pero nunca pesó en mi ánimo mi aversión a
cualquier guerrilla más que la emoción que siempre me produjeron esas frágiles mujeres que nunca
claudicaron.
Tampoco coincidí con el uso que se hacía de la denominación Madres de Plaza de Mayo para
tareas poco y nada relacionadas con su esencia, como la construcción de viviendas con fondos del
Estado, con el riesgo de que alguien de su organización –no una Madre–, corrompido por
la utilización que hace de la caja el oficialismo para cooptar voluntades, hiriera el legado sin
manchas que ellas deben dejar en la historia. Pero nunca pesó en mi ánimo ese excesivo deseo de
protagonismo de alguna de las Madres de Plaza de Mayo más que mi admiración por aquella gesta de
345 jueves manifestando solas frente a la Casa Rosada durante la dictadura.
Pero por primera vez, este martes pasado, algo pesó más en mi ánimo. El discurso de Cristina
Kirchner llamando golpistas a quienes habían manifestado en contra de las retenciones o apoyaron
esa protesta con cacerolas, teniendo como escolta en el escenario a las Madres de Plaza de Mayo me
generó aprensiones que ya ningún otro sentimiento positivo logró aplacar.
Al Gobierno se le cayó una máscara. Carcomió la sinceridad de su sentimiento por el drama que
las Madres de Plaza de Mayo representan. ¿Las seducen para poder usarlas de inviolable escudo ético
ante cualquier ataque que el Gobierno reciba? ¿Por qué aceptó Cristina Kirchner que Hebe de
Bonafini le entregue su pañuelo personal justo ese día, justo en ese acto? ¿Todos los que estén
contra las medidas de la Presidenta están contra las Madres de Plaza de Mayo?
Fue triste ver al Gobierno dispuesto a utilizar los más nobles símbolos para pegar los más
bajos golpes. Y que al verse amenazado, no repare en confundir, manipular y abusar de los buenos
sentimientos de las personas con su ensalada retórica.
La semana anterior, en la Plaza de Mayo, pude palpar el combo de esa confusión: primero me
agredieron los partidarios de D’Elía y pocos instantes después me insultó la diputada
Victoria Donda, del Frente para la Victoria, la primera nieta de desaparecidos que llega al
Congreso. Horas más tarde, D’Elía, en el clímax de su alegría por haber desalojado los
cacerolazos, argumentó: “La Plaza es de las Madres de Plaza de Mayo”.
Conté que no sabía quién era Victoria Donda hasta la mañana siguiente, cuando hablé con ella
por teléfono: me pidió disculpas porque la noche anterior estaba emocionalmente conmovida y
combinamos encontrarnos al día siguiente en la editorial, para intercambiar experiencias sobre las
consecuencias que la dictadura tuvo para nuestras vidas y plasmarlo en un reportaje.
Lo que no conté es que ese día, a la noche, llamó el jefe de prensa de la diputada para
avisar que cancelaba el encuentro. Imaginé lo que había sucedido: esa tarde, Victoria Donda
apareció fotografiada en la Casa Rosada, como lo ilustra la imagen de esta página. Pedí a la
redacción que trataran de encontrarla en los actos en que participaría al día siguiente y le
pasaran un celular para poder hablar con ella. Así fue, y la diputada pudo explicarme que se iba a
Córdoba a un acto oficial que no estaba planificado, pero prometió a su regreso llamarme y
encontrarnos esta misma semana. No llamó, y el miércoles la redacción repitió el operativo hasta
encontrarla: “Ahora no, me aconsejaron que no lo hiciera, más adelante quizá sí”, dijo
Victoria Donda.
El día anterior, cuando tras su discurso Cristina recibió el pañuelo de Bonafini y luego
agradeció al puñado de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo que la acompañaban, estaba la diputada
Donda. A pesar de haberme insultado, por la conversación que pude mantener telefónicamente con
ella, me quedó la impresión de ser una persona bienintencionada a la que el Gobierno manipula,
confunde y usa. Cuando hablé por teléfono, le dije: “No tenés nada de qué disculparte, vos
también sos víctima de la confusión que crea este falso enfrentamiento”.
Estoy seguro de que algún día podré repasar con Victoria Donda lo hecho en la dictadura, y
que su opinión no será la misma que hoy le inculcan desde el Gobierno. Pero la herida que el
kirchnerismo dejó al usar a las Madres para acusar de golpistas a todos los que no lo apoyan no se
reparará en un encuentro.
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