"
Dicen los ancianos que el río lo sabe todo
", pronuncia un niño. Es la primera frase, y una de las únicas, que se escucha a lo largo
del film. Si el río todo lo sabe,
el espectador no.
En la película,
todos se espían. Se miran. Se miden. Se observan. Conocen del otro –y
conservan de los que ya no están- sólo eso que alcanzaron a captar con sus ojos o con la lente de
una cámara. Ese es el mismo juego del que participan –sin proponérselo- también los
espectadores.
Porque, una de las características del primer largometraje de Paulo Pécora es que
la historia se construye con retazos. Recuerdos, sueños, pinceladas de una
realidad pasada que lejos de formar un todo desconciertan y obligan al espectador a ordenar esas
piezas, aún cuando se adivine de entrada que
el rompecabezas jamás estará completo.
El sueño del perro
narra una historia simple, pero se aleja de la simpleza a la hora de contarla. Hay
un hombre que alguna vez tuvo una vida. Un niño que sobrevive y un perro que aparece y
desaparece. Hay, también, una ciudad inhóspita y un Delta más hostil aún.
Pécora se vale de las imágenes de ese "afuera" –la ciudad, llena de edificios y gente
que anda sin reparar en nada; las islas, con su maleza, sus habitantes parcos y sus tormentas- paradecir aquello que los personajes callan.
Los protagonistas están, siempre, a expensas de lo que el destino les depara.
Como si estuvieran a la deriva, en ese río que conocen y respetan. Pocas veces se
vuelven dueños de sus propios actos. Y son esos momentos los que los definen y los diferencian de
ese paisaje que los rodea y los ignora.
El Sueño del perro
compite en la Selección Oficial nacional del Buenos Aires Festival Internacional de Cine
Independiente (BAFICI).
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