El análisis informático de los primeros cien discursos de Cristina Fernández de Kirchner permite
detectar las pautas de un
estilo comunicacional singular. Es evidente que ese estilo no está consolidado y
que la presidenta busca aún definirlo y precisarlo. Sin embargo, ya se perciben tendencias
significativas que confirman, por un lado, el giro “K” del discurso presidencial
argentino desde 2003 – es decir una continuidad entre Néstor y Cristina y una ruptura frente
a la primera década democrática – pero también ciertas particularidades llamativas.
La lista de las diez palabras más utilizadas por la presidenta presenta rasgos comunes a las
de
Alfonsín, Menem y Kirchner (“todos”, “argentinos”,
“Argentina”, “país”), pero se distingue por no incluir la palabra
“pueblo” y por la presencia de dos verbos conjugados (“creo” y
“quiero”). Más allá de la lista de las diez primeras palabras, el verbo más utilizado
por Alfonsín fue “puede”, una referencia a la potencialidad objetiva de la acción,
mientras que el más usado por Menem fue “quiero”, obviamente más centrado en la
voluntad y capacidad individual de quien lo enuncia. Es interesante notar al respecto que Menem
empleó usualmente el pronombre “yo” en sus declaraciones públicas, pero no tan
asiduamente como Kirchner y su esposa. Néstor Kirchner combinó de manera equilibrada los diversos
pronombres personales (“nosotros”, “ustedes”, “yo”), mientras
que Fernández de Kirchner prioriza netamente “yo” sobre “nosotros”.
Alfonsín y Menem se identificaron discursivamente a la República, refiriéndose a la investidura
presidencial en la tercera persona y marcando así la distancia entre la palabra presidencial y la
del resto de la sociedad.
En un contexto muy distinto, luego de la crisis de 2001, Néstor Kirchner se posicionó como el
enunciador dominante en una relación comunicativa en la que reconocía la presencia del otro (no
siempre para darle cabida). Dentro de ese modelo, Cristina Fernández de Kirchner se distingue sin
embargo de su marido al replicar en cierta medida el autocentramiento retórico de Menem (un
“yo” que “quiere”) pero con un tono más intimista y sin su pretensión de
infalibilidad:
el uso repetitivo de “creo” sugiere a la vez fuerza de convicción y posibilidad
de error.
Cuando se compara a la actual presidenta con los mandatarios argentinos que han gobernado
desde 1983, se advierte en su lenguaje una ausencia relativa de términos abstractos como
“nación”, “democracia” y “pueblo”, típicos del lenguaje
republicano. Es interesante notar que la referencia al pueblo irrumpe en el discurso presidencial
en su respuesta a la crisis del campo. De modo general, se observa en el discurso de Cristina
Fernández de Kirchner un acercamiento comunicacional a los usos políticos norteamericanos, en los
que se intenta proyectar al mismo tiempo autenticidad, sentido común y cercanía a la gente. En
efecto, una comparación estadística de sus principales discursos al Congreso (asunción y mensaje a
la Nación) con los de otros 35 presidentes latinoamericanos que han ejercido el poder desde el año
2000 confirma la neta preferencia de la presidenta argentina por un lenguaje subjetivo más que
formal (como vimos por ejemplo en el uso frecuente de la primera persona del singular) y revela un
estilo argumentativo más que declarativo (oraciones con proposiciones subordinadas e incisos,
empleo abundante de la negación y de la disyunción, etc.), así como la ausencia relativa del
vocabulario de la gestión pública (“gobierno”, “programa”,
“obras”, “proyectos”, “millones”), característico del discurso
tecnocrático (como el de Fernando de la Rúa).
La presidenta pone el énfasis en el “mensaje” y en la “visión” que
intenta transmitir, pero como bien lo saben los asesores de imagen del norte, esta estrategia
comporta un
riesgo: cuando los ciudadanos pueden percibir la espontaneidad calculada como
oportunismo, la calidez programada como hipocresía y la importancia del “mensaje” como
ausencia de verdadero contenido.
* Investigador de la Universidad de Québec, Canadá
Vea el especial:
Los 100 discursos
de Cristina Kirchner.