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Aviso soviético justificando la colectivización del campo, y foto de partidarios del
gobierno. El cartel dice: “Vamos a liquidar a la clase kulaks (agricultores
ricos)”.
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El kirchnerismo encontró por primera vez un enemigo de peso. No es lo mismo enfrentar a
piezas de museo como los representantes de la dictadura o conceptos como el neoliberalismo de los
‘90, que al campo. La perplejidad del Gobierno ante tanta resistencia inesperada surgió de un
error de taxonomía, la ciencia que clasifica a los seres vivos. En su análisis incluyó a los
productores rurales dentro del rubro empresarios. A estos últimos, el Gobierno los tiene bien
catalogados y sabe cómo manejarlos apelando a su codicia, y a que “el capital siempre es
cobarde”.
Para muchos empresarios, la relación con sus fuentes de producción puede ser más o menos
abstracta. Sus máximos ejecutivos pasan de conducir una fábrica de galletitas a una petrolera. Lo
mismo hacen la mayoría sus accionistas: invierten en diferentes empresas guiados casi
exclusivamente por la rentabilidad de corto plazo. Si una actividad se convierte en deficitaria, no
entablarán una guerra santa por ella: migrarán a otra. Y en el caso de las multinacionales, si un
país deja de ser atractivo, siempre habrá otro mejor. Son tan previsibles como condicionables.
El problema para el Gobierno es que los productores rurales quieren ganar dinero como los
empresarios, pero son otra clase de personas. La relación con su medio de producción no sólo no es
abstracta, sino que es visceral. La incidencia que tiene la naturaleza en la suerte de su
producción genera vínculos religiosos con esa tierra que trabajan. Lo que entre los empresarios hoy
es la excepción, en el campo es la norma: el padre y el abuelo de esos productores se dedicaron a
esa misma actividad, y no pocas veces en ese mismo campo que puede albergar la casa donde viven o
se criaron sus hijos.
A las cuestiones emocionales se les agrega una dimensión metaideológica. El capitalismo rural
tiene una relación con la propiedad privada muy anterior a la del capitalismo como sistema político
y económico. La propiedad privada es vivida como absoluta y perpetua, de una forma muy diferente a
como, por ejemplo, Techint digiere la estatización de Sidor, su mayor acería en Venezuela:
dependiendo de cuánto pague Chávez de indemnización, los accionistas podrían tener motivos hasta
para festejar.
Es extraño que un gobierno que en su mesa chica cuenta con un maoísta como Zannini (por eso
le dicen “el Chino”) no haya advertido a Lousteau y a Alberto Fernández de que tanto
Mao como Stalin hicieron y deshicieron la industria y el comercio de sus países, pero al intervenir
en el campo tuvieron que enfrentar sus más duras batallas.
Mientras Lenin vivió, la economía soviética permitió que el campo fuera una actividad no
socializada. Bujarin, que fue junto con Stalin uno de los herederos preferidos de Lenin, para
motivar a los agricultores prósperos (kulaks, en ruso) a producir más alimentos para la creciente
demanda de las ciudades, llegó a recomendar: “Enriqueceos”. Pero en 1928, cuando el
Estado fijó un precio bajo para el trigo, los agricultores se negaron a vender. Stalin ordenó el
decomiso, algunos agricultores trataron de esconder su cosechas y luego pasaron a quemarla o
tirarla a los ríos. La escalada concluyó en 1930, con la colectivización del campo, durante la cual
150.000 kulaks fueron asesinados y 3 millones de campesinos murieron entre 1932 y 1933 por la
hambruna que provocó la colectivización. Recién en 1935 se levantó el racionamiento de pan, pero la
producción de todos los demás alimentos no sólo era todavía menor a la de antes de la
colectivización, sino inferior a la de 1914. En 1938, Stalin ordenó la ejecución de Bujarin por
desviaciones derechistas. Entre las pruebas, estaba aquel “enriqueceos” a los
agricultores.
Mao colectivizó la producción agrícola en 1958, como parte del plan Gran Salto Adelante. Los
resultados no fueron menos desastrosos: en 1960 murieron de hambre treinta millones de chinos. En
1971 se volvió a garantizar la propiedad privada de tierra para estimular la producción.
Tanto Stalin como Mao intervinieron el campo para capturar su renta y, con ella, subsidiar el
desarrollo de la industria y transferir recursos del interior a los centros de decisión. En todos
los casos, para vencer la resistencia de los productores fue necesario arrancarlos por la fuerza de
sus tierras y matar a decenas de miles de ellos.
La Argentina está infinitamente lejos de esa situación. Además, sería muy injusto para el
Gobierno compararlo con Stalin o Mao. Sin embargo, es útil para comprender que muchos ruralistas no
tienen una empresa del campo, sino una actividad que los integra culturalmente con sus raíces. En
las batallas por dinero, el coraje tiene un límite. En las otras, puede no tenerlo.