En la noche del lunes 21 de abril manejaba su auto desde Saavedra hasta Montserrat, cubriendo un
amplio trecho del entramado porteño. Eran las 23.30 aproximadamente, el humo ponzoñoso que estuvo
mortificando la Ciudad se había replegado y se sentía bastante en paz consigo mismo, mientras
encaraba el retorno al Centro después de un asado con amigos.
Los cronistas tienen que ver, deben mirar y, en particular, es su obligación registrar de
alguna manera lo que aparece delante de sus ojos. Eso procuraba recordar.
Lo primero que vio fue mortificante: un hombre muy mayor se desplazaba con muchísima
dificultad y empujaba rumbo a una esquina oscura un pesadísimo contenedor de residuos,
ostensiblemente atareado en culminar el robo del recipiente. Al verlo resoplar mientras que con una
doliente renguera empujaba el carromato, le preguntó qué hacía, de dónde había sacado el contenedor
y adónde lo llevaba. Los coloca el Gobierno de la Ciudad en lugares predeterminados. Aunque tienen
ruedas, no pueden ser llevados de un lado a otro por los vecinos.
Balbuceó, confuso y poco inteligible. Dijo que le habían pedido que lo llevase de una esquina
a la otra, pero que él no tenía problemas en dejarlo ahí. Lo hizo y lo estacionó en medio de la
calle. Se fue lentamente, arrastrando una pierna, y se perdió en la penumbra, indigente, anónimo,
semihumano, fotografía de la precariedad existencial.
Ya en inmediaciones de Chacarita, antes de que Corrientes cruce Juan B. Justo, la noche
inesperadamente cristalina proyectó una imagen cruda, hiriente, opaca y sin embargo elocuente.
Estacionados prolijamente, a metros de las vías del tren, no menos de 50 carromatos de basura
ocupaban el espacio de una meticulosa operación comercial.
Los hombres descargaban sus pertenencias y aguardaban que fuesen pesadas por los operadores
clandestinos de residuos. Otros regresaban lo ya pesado a esos vehículos inestables y precarios.
Uniformados, los objetos recolectados tras horas de hormiguear por la calle eran sacados y puestos
en unos rústicos y fuertes bolsones de lona gris.
La escena de medianoche era de laboriosidad y aplicación. Niños varios revoloteaban por entre
los cartoneros, como apéndices involuntarios de episodios sobre los que nadie tiene gobierno ni
conducta.
Esta es la Argentina de abril de 2008, un carrusel de estampas miserables que no pueden ser
vistas a menos que uno se acerque a ellas, las verifique, tome nota de que la esclavitud más
abyecta, condiciones “laborales” descriptas por Dickens en el Londres del siglo XIX,
vive y goza de buena salud en la Buenos Aires del siglo XXI.
Miles de personas recorren las calles de la Ciudad viviendo de y para la basura. Una
estupefacción repulsiva rodea su andar. Trabajo infantil, condiciones sanitarias paupérrimas,
superexplotación de una gente a la que no protegen leyes, convenios ni obras sociales de ninguna
naturaleza.
Imposible ver esta realidad fantasmagórica desde el aire. No se puede acreditar la
profundidad de la miseria y la superexplotación yendo y viniendo de inauguraciones demagógicas y
oportunistas mediante helicópteros poderosos desde los que no se huele ni se siente nada.
Encapsulados socialmente por el buenismo que demoniza toda política activa de combate contra
la miseria concreta de cada día, los cartoneros son rehenes, evidencia cruenta de un colosal error
político, maquillado con afeites ideológicos supuestamente progresistas.
Buenismo es travestir de compasión la inacción criminal. Si es cierto que la exclusión social
sólo se combate con trabajo y políticas activas de protección a los seres humanos más frágiles (que
en la Argentina son legión), es una mentira grosera pretender que la pasividad conservadora es una
forma del respeto a los pobres.
Buenismo es aceptar la indignidad profunda que supone la existencia simultánea de esa gruesa
costra de miseria. Mejor dicho: verla, pero creer que tolerarla hasta que la
“inclusión” llegue, dentro de varios mandatos presidenciales, es una manera de servir
al pueblo, para usar una frase proverbial del maoísmo de la China revolucionaria de hace medio
siglo.
En resumidas cuentas: buenismo es estigmatizar como accionar ordenancista y
“represivo” toda estrategia seria, resuelta y fornida en el terreno del espacio
público. Los buenistas alegan que aplicar la ley, el orden y el sentido común al infierno de la
superexplotación callejera que tapiza Buenos Aires de un ejército de vasallos desdentados y
silentes equivale a suprimirlos y deportarlos.
Los italianos han hecho una experiencia aleccionante en la materia. En la península se estima
que son 300.000 los gitanos de origen rumano y balcánico que se apiñan en unos 700 “campos de
residencia” en todo el país. Un 20 por ciento de ellos vive en barracas de chapa y cartón.
Son fábricas de criminalidad, abuso de niños, violencia de género y prostitución.
¿Qué hacer, además de no tocarlos, sacrosanta consigna orientada a
no-criminalizar-la-pobreza, como si no fuese ya un crimen perfecto que en función de una
seudopiedad canallesca esas muchedumbres vivan atornilladas a la precariedad más insultante?
El problema con esos corazones sangrantes que solapadamente identifican el orden activo
ejecutado por un Estado legal, con represiones antipopulares y políticas antidemocráticas, es que
expresan en definitiva la esencia del conservatismo más brutal.
Prolongan y eternizan con un inmovilismo reaccionario la situación de calle de densas
columnas humanas.
Atormentados porque nada puede hacerse ante el espontaneísmo del trabajo esclavo en la calle,
cristalizan de modo irreversible ese panorama de marginalidad atroz. Por su parte, obsesionado por
el “relato” de los periodistas, el Gobierno nacional se maneja en helicóptero,
¿calculando quizá que la paquidérmica exclusión social que hoy exhibe este país es la válvula más
segura para perpetuar un poder dadivoso y clientelístico para el que la pobreza no deja de ser un
negocio maravilloso?
No se salva de este diagnóstico el Gobierno porteño, al que se lo percibe tartamudeante y
prudente hasta la exasperación en una ciudad sucia, transida de miseria, y pasivo ante la
ilegalidad indignante de una esclavitud explícita.
Con las excusas que quieran, esos ejércitos estremecedores de recogedores de basura siguen
siendo la metáfora más contundente del atraso. Tolerarla con pretextos buenistas es la manera más
cínica de asegurar el statu quo.