Algún tiempo atrás, en Colombia, alguien tuvo una extraña idea: convertir a Bogotá en la capital
mundial del libro. Lo que a priori no parecía más que una expresión de deseos fue tomando cuerpo
hasta que, finalmente, la ciudad colombiana consiguió de la Unesco y para 2007 lo que se había
propuesto (el 23 de abril pasado, Día Mundial del Libro, Bogotá le cedió la posta a Amsterdam).
Dicho sea de paso, el jueves 24 inauguró la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Fue con
un discurso de Ricardo Piglia en el que el escritor habló de la importancia de la poesía y del
trabajo de editores como Daniel Divinsky (del sello De la Flor), José Luis Mangieri (Tierra Firme),
Manuel Pampín (Corregidor), Francisco Garamona (Mansalva) y Washington Cucurto (Eloísa Cartonera);
editores que “mantienen viva la tradición de la literatura argentina, más allá de los
avatares y la modas”. (No deja de ser por lo menos sorprendente escuchar nombres como los de
Garamona o Cucurto, poetas, escritores y editores independientes, en un recinto como el de la feria
y frente a autoridades políticas nacionales y municipales que seguramente se enteraron de su
existencia, si es que estaban atentos al discurso, en ese preciso momento.)
Pero no es eso de lo que hablábamos, sino de Bogotá como capital mundial del libro. Una de
las tantas actividades realizadas durante el año pasado en el marco del encuentro se llamó
“Bogotá 39”, y la idea fue reunir a los 39 escritores de ficción menores de 39 años más
relevantes de América latina (nadie entendió del todo bien nunca el porqué de la arbitrariedad del
número). Los nombres eran propuestos por editores, críticos y periodistas culturales, y en la lista
final hubo tres argentinos: Pedro Mairal (el único que por entonces vivía en el país), Gonzalo
Garcés y Andrés Neuman. Fueron sólo tres, y si bien nadie pensó que había que impugnar la
elección, bien podrían haber sido varios más. Pero, a la hora de mencionar a los escritores
chilenos, nadie se sorprendió de que uno de los dos narradores seleccionados fuera Alejandro Zambra
(el otro fue Alvaro Bisama).
El nombre de Zambra (foto) resuena cada vez más fuerte desde que Anagrama publicó su primera
y breve novela (Zambra, como casi todos los escritores chilenos, se dedicó desde muy joven a la
poesía), Bonsái, en 2006. Al año siguiente, volvió a llamar la atención (o, en verdad, a redoblar
su propia apuesta, ya que un libro es como la continuación y prolongación del otro) con La vida
privada de los árboles. También crítico literario y profesor de Literatura en Chile, Zambra pasó
por Buenos Aires días atrás en el Encuentro de Crítica y Medios que organizó Fogwill para el
Gobierno de la Ciudad (habrá que reconocerle siempre a Fogwill su gusto literario y su capacidad
para estar siempre atento a descubrir y recomendar nuevos autores). Allí, intervino en una
inteligente charla sobre su experiencia como periodista cultural.
Tiempo después, con la excusa de una entrevista, le pregunté a Zambra por Roberto Bolaño.
Respondió: “Bolaño desordenó la literatura chilena. Por su vía se ha recuperado el vínculo
entre la poesía y la prosa, y es una influencia muy importante. Ahora, claro, se discute mucho
sobre Bolaño, e incluso ha empezado la onda de no leerlo, porque está de moda”. También lo
consulté sobre “Bogotá 39”: si se puede hablar de alguna afinidad estética o ideológica
entre escritores que hasta entonces no se conocían, y que casi ni se habían leído. Zambra, a su
modo, dijo que sí, que con algunos se habían hecho amigos, y que en el encuentro hablaron más de
sus propios países que de literatura. Y agregó: “Sobre todo, nadie anduvo entonces ni anda
ahora improvisando manifiestos. Y eso, a mí, me parece muy saludable”.
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