Charlas y más charlas. Congresos y más congresos. Designación de funcionarios en apariencia
“duros” para que corten “de raíz” el problema. Solemnes declaraciones
lamentando la última muerte y prometiendo investigaciones “hasta las últimas
consecuencias”. Críticas virulentas -o no tanto- hacia la AFA, Julio Grondona, los organismos
de seguridad, los dirigentes de los clubes, la Justicia. Todo eso se “hace” para poner
punto final a la violencia en el fútbol. Pero, ¿sirve de algo? ¿Hay una verdadera decisión de
terminar con este mal?
La respuesta, claramente, es negativa. Las cifras de muertos y heridos en las canchas siguen
incrementándose de un modo que parece imposible de controlar, incluso en circunstancias en las que
nada parece anunciar un hecho de este tipo. Y esto es posible gracias a un entramado siniestro del
que forman parte no sólo la AFA, Grondona, los organismos de seguridad y dirigentes de clubes, sino
también
políticos y sindicalistas.
Es esa compleja trama de intereses y relaciones más o menos ocultas según el caso lo que
realmente explica no sólo la constante repetición de casos de violencia y muerte en las canchas,
sino también un detalle clave para que el fenómeno se reproduzca: la impunidad con que se mueven
los barrabravas, solamente explicable a partir del uso y la protección que reciben desde la
política y el sindicalismo.
Si no se quiere ver o atacar sólo la punta del iceberg, en definitiva, es más que necesario
tomar en cuenta este verdadero “mapa de la connivencia” que hoy se presenta aquí, a
modo de anticipo de una investigación exclusiva de
Perfil.com que, con testimonios como el del ex juez
Mariano Bergés -quien investigara los vínculos con el poder de las barras de Boca
y Chacarita-, permitirá entender entre otras cosas por qué resulta imposible en la Argentina la
implementación de una solución “a la inglesa” para este problema.
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